1. La tribu

La serie de televisión Antidisturbios, dirigida por Rodrigo Sorogoyen, es, en buena medida, un relato sobre las trampas de la tribu.

Un grupo de policías son mandados al alzamiento de un deshaucio. Algo sale mal, algo se tuerce. La reacción del grupo es apiñarse, volverse una unidad. «Una familia», corean algunos. Una tribu en la que, para la supervivencia, actuar como un solo cuerpo fuera esencial. Con el tiempo, sin embargo, la disolución de esa tribu será la clave para que sus miembros puedan sobrevivir a la caída. La ruptura adopta varias formas: la expulsión, en el caso de Rubén; la asunción de la verdad y sus consecuencias, en el caso de Diego (Raúl Arévalo); la traición en nombre de la tribu, en el caso de Alexander… Otros personajes, es cierto, tienen un rol más pasivo, mucho más espectadores que engranajes de la disolución, como le pasa al advenedizo Moreno, el nuevo, el recién llegado al grupo y del que no se sabe si respetará la lealtad y las leyes de la tribu… Evidentemente, hace falta un mecanismo externo, un dispositivo que desactive tanta hormona masculina arracimada. Esa grieta es Laia Urquijo (Vicky Luengo), que funciona como un elemento externo, enemigo y hostil (viene desde fuera a violentar la integridad del grupo) y a la vez como una escurridiza voz que se cuela dentro del grupo y lo hace implosionar… Es una Lilith implacable: llama a Diego y despierta sus dudas; se topa con Alexander para demostrarle sus debilidades; acaba con Úbeda llevándolo hacia sus contradicciones… Pero nadie sale indemne después de intentar quebrar leyes de la tribu; Laia también tiene que pagar un precio… Y está dispuesta a traicionar a los de su tribu (compañeros concienzudos que trabajan escrutando datos irregulares o anómalos) por salvar a los de la tribu contraria. De nuevo, se impone un valor que está por encima de la lealtad al grupo, a la tribu o a la familia: la supervivencia. Solo que para el personaje de Laia no es una superviviencia material o que funcione en un plano tan simple como el de la obediencia. Laia tiene que demostrarse que ha luchado hasta la extenuación, su forma de sobrevivir… Y para ello la traición y otros subterfugios sirven…

2. El poder

Es fácil ver que la serie Antidisturbios tiene la pretensión de destripar varios estratos del poder. Al igual que pasaba con el proyecto anterior del tándem Sorogoyen-Peña, la película El reino, en la que un político corrupto servía de cifra simbólica de la corrupción de todo un sistema, en Antidisturbios también el funcionamiento de la cadena de mando en un grupo de policías produce ecos y resonancias en otros territorios de poder. Para empezar, el grupo de policías trabajó, sin saberlo, para los intereses de un grupo empresarial. Los hombres de Salva son marionetas de un entramado mayor… «Los paletos de la porra tienen que hacer un trabajo incómodo, pero necesario» sentencia Revilla en una escena. El conflicto surge cuando ese trabajo sirve al beneficio de unos pocos, el monopolio de la violencia al servicio de intereses empresariales determinados…

3. Las manos

El poder se materiliza en manos concretas, de carne y hueso, manos de policías con nombres y apellidos. Y ahí es donde la serie alcanza el vuelo. La serie Antidisturbios pretende hacer vivo un cuerpo de la policía, los antidisturbios, que suelen ser invisibilizados por la opinión pública, usados para hacer el trabajo sucio, y abandonados cuando la cadena de mano falla o se oxida… Los personajes de Antidisturbios son la baza más sólida de la serie, incrementada por la mirada de su director y por el buen hacer de sus actores: hay miedo, rabia y violencia en ellos, pero también compañerismo, un padre al que le cuesta llegar a fin de mes, uno con problemas de ansiedad y depresión, otro con dudas y con preocupaciones… Nada es sencillo. Solo criticaría el dibujo del personaje de Rubén, el alevín del grupo, el niñato irascible que desencadena el conflicto de la escena clave del primer capítulo… No resulta creíble que la serie solo nos enseñe de él su afición a los deportes de riesgo o su querencia por la soledad y el hachís. Falta más comprensión del personaje, más claroscuros de un chaval reducido en la serie a poco más que el arquetipo de la ira…

4. La mirada

La otra gran baza de la serie, a mi juicio, ya lo decíamos antes, es la mirada de su director. La puesta en escena, los largos planos secuencia, la cámara al hombro, la visión hiperrealista a los espacios, a la atmósfera y a los movimientos de los personajes, todo ello contribuye a dotar a la serie de una respiración natural, no artificial, que la hace tensa, inquietante y a ratos cruda como relato televisivo. Sorogoyen ha conseguido llevar a la televisión a su terreno estético y ha logrado dejar una huella propia, personal, en el relato. Es verdad que el final de la serie se antoja un tanto abrupto y precipitado, y que el armazón narrativo se desvela en sus últimos capítulos deudor de otras estéticas y antojos narrativos ya vistos, lo que desarma la máquina trepidante que anunciaban los primeros capítulos. No obstante, el objetivo se ha alcanzado con creces: mirar alrededor y no quedarnos en la superficie. Cortar, abrir y hurgar.