Wes Craven es conocido por ser el creador de Freddy Krueger, el protagonista de Pesadilla en Elm Street, y por la franquicia, no menos prolífica, de Scream y  la verdad es que, pese a que empezó su carrera con películas de bajo presupuesto, dentro de lo que se conoce popularmente como serie B, consiguió muy pronto éxitos comerciales, como La última casa a la izquierda (1972), producida con poco más de setenta y dos mil dólares y que recaudó más de tres millones de dólares, gracias al apoyo entusiasta y la confianza que le dio su primer compañero de viaje, Sean Cunningham, quien dirigió la primera película en la que trabajó Craven, Juntos (1971). Cunningham y Craven formaron uno de esos tándems creativos únicos, que no solo hacían oro con presupuestos reducidos, sino que supieron pulir una de las vetas del género del terror, esa en la que un asesino persigue a sus presas por un paraje desolado. Si en la película de culto, Las colinas tienen ojos (1977), (ahora Cunningham como productor y Craven en la dirección) ya aparecía el espacio inhóspito, en este caso, el desierto, y las víctimas que huyen, en Viernes 13 (1980), Cunningham (esta vez solo, sin la ayuda de Wes Craven), supo olfatear el público al que se dirigía, y un grupo de adolescentes, que han ido al campo a pasar un fin de semana grandioso de sexo y alcohol, se ven perseguidos por un loco con un machete y una máscara de hockey que oculta su rostro. Viernes 13, un taquillazo espectacular, enseñó por dónde iría el terror para adolescentes los próximos años.

Craven veía el éxito de su compañero desde la barrera y seguramente se mordía las uñas. Pero su revancha llegó con Pesadilla en Elm Street (1984), donde aparecería por primera vez Freddy Kruger, un icono cinematográfico del género como Jason o el Cara-cuero de La matanza de Texas. La película de Craven sublima otra vez los miedos adolescentes, agita la coctelera del perseguidor y la huida por la supervivencia, y le añade un ingrediente nuevo, mucho más terrorífico que la casquería y las vísceras del gore de sus predecesores: en Pesadilla en Elm Street, el asesino es un intruso de los sueños, irrumpe en nuestras pesadillas, y la víctima sobrevive mientras no se duerma, una idea que por lo visto tomó Wes Craven de víctimas del genocidio camboyano, algunas de las cuales preferían no dormir a tener que revivir en sus pesadillas las visiones del horror que habían presenciado.

Un juego a muerte situado en las fronteras entre el sueño y la vigilia, asentado en lo más hondo de nuestro inconsciente (que le pregunten a los niños por qué tienen miedo a la oscuridad), Pesadilla en Elm Street le dio un giro esquizofrénico al género: una vez dentro del sueño es imposible escapar, todo el espacio se vuelve claustrofóbico y delirante. Si encima le sumas un malvado como Freddy Kruger, feo, cargado de humor negro, con un guante con cuchillas y vestido siempre con su jersey a rayas y su sombrero, tienes un mito moderno, una actualización del hombre del saco y de cualquier coco (duérmete niño, duérmete ya) que vendrá a atraparnos.

A Craven le costó sobrevivir al éxito de su criatura. Si bien siguió dirigiendo películas de terror, ninguna logró adquirir la fama y la rentabilidad económica de la franquicia de Pesadilla en Elm Street, cuya última producción (por el momento) es del año 2010. Con Scream (1996), volvió a ensayar una nueva variante: la del serial killer guasón que nos vigila, nos llama por teléfono, nos sigue los pasos. Nada nuevo bajo el sol, que la tremenda solvencia de Wes Craven de nuevo hacía relucir espectacularmente y atrapaba a millones de espectadores, que ven películas de terror con una óptica posmoderna, es decir, con una bolsa de palomitas, para pasar un buen rato, para reírse de sus propios sustos. Por la razón que sea, Scream, de hecho, ya va por su cuarta entrega, tiene una serie de televisión emitida en MTV (y renovada para una segunda temporada), y la quinta ya está anunciada para el año que viene. Los chillidos de terror no cesan.

No sé qué tendrá el miedo que, aunque lo evitamos, también lo necesitamos, vivimos con él y para él, y de vez en cuando deseamos verlo surgir en un sótano o en un bosque de noche. Wes entendió como nadie esta ley, y supo que la vida, sin un susto de vez en cuando, es un muermo. Es hora de revisitar su filmografía.

*Artículo publicado originalmente en la web de Perroverde.

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