Australia y carreteras. La primera película que dirigió George Miller, Mad Max (1979), cruzó esos dos componentes y del tubo de ensayo salió una road movie y un western, una historia de venganza en la que bandas de motoristas propagan el terror, y un policía, un jovencísimo Mel Gibson, en una interpretación soberbia, pierde lo poco que le queda de cordura dándoles caza. Sin duda de la primera película de Miller era difícil predecir la deriva estética de sus secuelas; es un thriller (otro ingrediente más para el cóctel de géneros), bien rematado, con un montaje preciso, propio de un perfeccionista, pero su relato estaba saturado de crudeza y violencia gratuita, con personajes extremos, que se movían por instintos básicos y un gusto por la crueldad, por lo que la película se agotaba por exceso emocional y histrionismo. Mad Max es como un mal viaje (y nunca mejor dicho), donde el final de la carretera termina cortado, con una valla y un aviso de peligro.

Sorprende, por esa razón, Mad Max 2 (1981), el verdadero filón creativo de la saga, la marmita de persecuciones de coches, personajes ataviados como punkies y desiertos sin horizonte en un futuro descarnado (y de la que bebe sobre todo la secuela de Mad Max 4: Fury Road). Porque si en Mad Max, la distopía está meramente insinuada, en Mad Max 2, estalla: el Estado ha colapsado, las bandas de grupos armados sobre ruedas mandan y el vacío de poder es la norma. En la cinta de 1979, Max tenía un trabajo, un salario, una familia; en la de 1981, la guerra por la supervivencia ha borrado toda señal de civilización, y los hombres han regresado a su animalidad y la gasolina es su única obsesión (y nunca la comida, lo que jamás se explica en la saga). Y si es en la estética del nofuture del punk donde Mad Max 2 encontró su sentido, solo había que sumarle una persecución alocada, que dura casi la mitad del metraje de la película, para darle la forma narrativa que le corresponde: la carretera como mensaje, el camino hacia ninguna parte como único final posible.

La tercera parte de la trilogía, Mad Max: más allá de la cúpula del trueno (1985) enseñó, pese a sus aciertos, muestras de agotamiento del modelo: en una visión más edulcorada y tibia que la de 1981, de nuevo Max tiene que escapar, esta vez de una caravana conducida por una Maléfica interpretada por una Tina Turner en estado de gracia. Otra vez la carretera y la huida, porque, ¿qué se puede contar si no en Mad Max?

Treinta años después, y tras varios bamboleos creativos, George Miller ha resucitado la maquinaria de Mad Max para pergeñar otro capítulo más. La trama es obvia, casi predecible: Mad Max acompaña a una Imperator Furiosa (Charlize Theron) y unos tipos malos los persiguen. Estéticamente, sin embargo, su director ha conseguido dar otra vuelta de tuerca, amparado en una poética idónea para el lenguaje cinematográfico: la imagen como sentido y pretexto, y la acción, su gatillo detonador. Plagada de hallazgos estéticos, desde su vestuario hasta su fotografía de tonalidades del azul al ocre, desde su imagineria en torno a las calaveras (volantes, tatuajes y muros) hasta el maquillaje, la cámara se recrea entonces en un espectáculo fascinante: la carretera desaparece y solo queda el camión y sus perseguidores avanzando hacia la nada, como en la impresionante escena de tormenta de arena que termina con una llama de una bengala apagándose. Desmesurada, atroz, meticulosa en su montaje y en su puesta en escena (los efectos especiales recuperan su brillo y su definición aquí), a Mad Max: Fury Road no le importan las causas del desastre (de hecho, no sucede en ninguna de las películas de la saga) sino la belleza de la destrucción y la cacería. En el año 1981, Mad Max 2 había convertido la gasolina en el macguffin por el que los personajes huían; en Mad Max 4, los ocupantes del camión huyen para salvarse a sí mismos, por un sueño disparatado y por esa palabra rara llamada dignidad. En tiempos de reciclaje de viejos relatos, cuando lo retro y lo vintage pega fuerte en Hollywood, George Miller supo que era su momento. Y no ha perdido la oportunidad de mejorar su original del año 1981.

*Artículo publicado originalmente en la web Perroverde.

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