En un capítulo de Better Call Saul, su protagonista, James McGill, el abogado cínico y lenguaraz que ayudaba a Walter White en Breaking Bad, acude a la llamada de un cliente, que vive en una mansión inmensa a las afueras de Alburquerque, con miles de hectáreas de desierto a su alrededor. El cliente es un ricachón que le habla de libertad, de ser un empresario, de la constancia del emprendedor. McGill asiente a todo. Luego el ricachón le explica que necesita un abogado como él para un trabajo muy particular: quiere independizarse de Estados Unidos. ¡Que sus tierras sean como el Vaticano en Roma! McGill, perplejo, arquea las cejas, chasquea la lengua. El ricachón le pregunta por sus tarifas y McGill le da una cifra altísima por hora. “No, no, no hablemos de horas, hablemos del trabajo completo. ¿Qué te parece un millón de dólares?”, le pregunta el obstinado independista. Saul, más pobre que una rata, no puede negarse ante tal proposición indecente. “¿Qué te parece medio millón de dólares ahora y el otro medio cuando termines el trabajo?”. Ahora los ojos de McGill brillan: aquí llega el fin de todos sus problemas. El ricachón se incorpora de su sillón, camina por un largo pasillo, abre una caja fuerte, regresa con un cajón repleto de fajos de billetes. McGill deja de sonreír cuando comprueba, estupefacto, que todos los billetes tienen impreso, en lugar de la cara de Benjamin Franklin, el rostro del ricachón con el que está hablando. Medio millón de dólares idóneos para un futuro estado independiente.

Esta escena muestra a la perfección el tono con el que está construida Better Call Saul: debajo del realismo más atroz de una sociedad norteamericana sumamente desigual, salta la carcajada ante la derrota, el timo o la tragedia. Así, con aires de comedia negra, comienza la historia de James McGill (aún no sabemos cuándo se llamará Saul), un abogado de poca monta, que se ha sacado el título por correspondencia, y que vive a la sombra de su hermano mayor, un abogado prestigioso, al que, sin embargo, una extraña enfermedad le mantiene en casa. McGill tiene que mantenerse a flote haciendo de abogado de oficio en los tribunales, encerrado en una oficina minúscula sin ventana a la que accede a través de un salón de manicura, y sin perspectivas de mejora. Así que tiene que hacer todo lo posible para medrar. El diablo y el azar se encargarán de liarlo todo.

Las similitudes con Breaking Bad saltan a la vista. El creador de ambas, Vince Gilligan, vuelve a la carga con las mismas obsesiones. Otra vez la historia de un hombre que intenta labrarse un futuro en un país en el que el esfuerzo laboral ya no promete nada, la comunidad se va al garete y el dinero es lo único que salva. Otra vez, la familia y la traición como telón de fondo; otra vez el cinismo y la amoralidad como única vía de escape. No todos se engañan: como le cuenta Mike (otro personaje venido de Breaking Bad) a un advenedizo al mundo del delito: “Ahora eres un criminal. No he dicho que seas un mal tipo. Eso depende de ti. Pero te has convertido en un criminal: has cometido un delito”. La verdad, como pasaba en Breaking Bad, termina saliendo. Por dura y fea que sea. Lo que pasa es que en Better Call Saul la verdad viene con una risotada, con un humor negro y despiadado que desnuda a todos los reyes. Vince Gilligan ha conseguido lo que parecía imposible: que no pidamos otra vez a Walter White y que amemos a Saul, que sepamos quién es, que compadezcamos su mala suerte. En fin: Vince Gilligan es un genio, y lo mejor es que, a diferencia de David Simon o Mathew Weiner, lo consigue sin que nos enteremos, sin apenas ruido. Un tipo dotado para meterse en el alma humana y salir calladido. Un monstruo humilde.

En la edición 2016 de los premios Emmy, y a pesar de que el primer capítulo de Better Call Saul tuvo la cota de audiencia más alta en la televisión por cable, pasó sin pena ni gloria y no cosechó ni un miserable premio, y encima en beneficio de la quinta temporada de Juego de Tronos, que es tal vez la peor de todas hasta ahora. Ya saben: la suerte no acompaña a los audaces. ¿O era al revés?

*Artículo publicado originalmente en la web Perroverde.

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