Cada década tiene su particular héroe cinematográfico, figuras catárticas que encarnan miedos e ilusiones colectivas, muñecos de feria para que el público desate su inconsciente y libere sus deseos más profundos. No hay duda de que el gángster, el cowboy o el vampiro serían algunos de los símbolos con los que el cine ha traducido el malestar cultural de su época. Ahora es el turno del hacker. Desde la visionaria novela de Douglas Copland, Microsiervos, (publicada en la lejana fecha de 1995), ya sabíamos que los nerds tecnológicos, los geeks, los freakies de lo techi tendrían la atención que merecían; lo que desconocíamos acaso es que los personajes de la novela de Coupland (que recuerdan los cumpleaños de sus amigos gracias a una aplicación del ordenador, y que prefieren chatear a conversar en la cafetería) éramos nosotros en el futuro, convertidos en cyborgs, nacidos con un smartphone. La primera temporada de Mr. Robot  capta esa melodía que venía oyéndose desde mucho antes de Wikileaks, antes de Julian Assange, antes de que Edward Snowden revelara un sistema global de rastreo de información que viola todos los derechos de privacidad: el hacker (que no el simple pirata informático o el delicuente cibernético) se infiltra en redes y se salta protocolos de seguridad en busca de la verdad que se nos hurta, es una suerte de anarquista o libertario (antisistema es un término vacuo) que lucha por la libertad. O esa es la imagen romántica del hacker al menos y la razón por la que Anonimous, un movimiento social nacido en Internet, usa la máscara del personaje de V de Vendetta, la novela gráfica de Alan Moore y David Lloyd, donde su protagonista (otro anarquista) socava los cimientos de un gobierno fascista en una Inglaterra distópica. Esos son los mimbres de donde Mr. Robot toma su primer aliento: en la serie escrita por Sam Esmail (un perfecto desconocido, casi sin currículum artístico), hay también una maligna corporación responsable de la muerte del padre del protagonista, un grupo de hackers dispuestos a cambiar el mundo (como se repite cada poco en la serie), pantallas parpadeantes de ordenador con líneas de código para entrar en servidores prohibidos, identidades hackeadas para rastrear los emails que escribimos, nuestro perfil de Facebook, las páginas porno que visitamos…

Mr. Robot está enraizada en su tiempo, habla de la generación norteamericana ahogada por sus deudas, con trabajos precarios, salarios ínfimos y sin otra perspectiva de futuro más que comer mierda, como se oye en un capítulo. Una generación que se parece bastante a la nuestra, en fin. Y el hacker es acaso el último héroe que nos queda, capaz de ver más allá del desierto de lo real, como decía un personaje de Matrix parafraseando a Baudrillard, y por eso Elliot, el protagonista de Mr. Robot, es un raro y un solitario, un inadaptado, con trastornos graves de personalidad (y que recuerda tanto al protagonista de Fight Club), pues, ¿quién querría cambiar el mundo si estuviera feliz en él? Elliot encima tiene una grave adicción a la morfina, por lo que nuestro hacker es un antihéroe en toda regla. Mr. Robot es una serie emo, con un protagonista que siempre tiene la mirada del alucinado y viste con sudadera negra, más que ciberpunk (pese a la descripción de la Wikipedia), ese apelativo tan flashy que acuñó Gibson en la seminal Neuromante, porque Mr. Robot no concede toda la oscuridad paranoica que sus primeros capítulos prometen, y se deslavaza, según avanza la trama, en varias líneas argumentales, algunas insípidas. He leído que Mr. Robot fue concebido en un primer momento como película, y ese estiramiento violento del largometraje al teledrama se nota. A Mr. Robot le falta reescritura. En cualquier caso, Mr. Robot es una de esas series de nuestro tiempo, que, con todos sus errores (los villanos deberían estar trazados con más sutilidad, por ejemplo), habla un lenguaje inquietantemente cercano. Como dice el protagonista, “yo solo quiero escapar de mi soledad”. Eternamente comunicados y así estamos.

*Artículo publicado originalmente en la web Perroverde.

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