Nacidos a la sombra de la industria cinematográfica de los gigantes China y Japón, los tigres asiáticos llevan décadas haciendo un cine de una calidad técnica y narrativa impecables. Dejando para otra ocasión el caso especial de Hong Kong (que se merece un artículo aparte), queremos fijarnos ahora en la cámara oscura de Corea del Sur, un país que muestra una relación apasionada (y algo enfermiza) con el cine de crímenes. ¿Será cosa del hartazgo y del tedio de la bonanza económica y por encontrarnos en uno de los lugares con los índices de criminalidad más bajos del mundo?

Por la razón que sea, lo que está claro es que el cine negro coreano tiene una inclinación exacerbada por la violencia, convertida muchas veces en el verdadero tema explorado. Es el caso, sin duda, de la famosa trilogía de la venganza de Park Chan Woo, en la que se incluye Old Boy (con remake norteamericano firmado por Spike Lee) o las películas de Kim Ji Woon, que no hacen más que ahondar en un gusto extremo por la sangre y las vísceras, hasta el punto de provocar al espectador con escenas en las que el asesino golpea con un punzón en la frente de su víctima (The Chaser, 2008, de Na Hong-jin). El debate está abierto: ¿es un cine que refuerza la banalidad de la violencia o una mirada que provoca repulsión y asco, a la manera de la teoría contra la violencia de Michael Haneke? La respuesta no es clara: I saw the devil (2010) roza la ultraviolencia más complaciente, hasta el punto de que la película se vuelve una galería de asesinatos atroces; otras veces, como en la magistral Memories of murder (2002), la violencia (casi siempre velada en este film) es un pretexto para investigar los motivos y el carácter de los personajes.

Por otra parte, además de imprimir buenas dosis de acción, personajes atormentados y peleas interminables, el cine negro coreano rastrea en los tabús sociales y culturales dominantes, y en particular en la institución sagrada de la familia, que es pintada con pavor en películas como The Chaser o Old Boy. No basta con poner en escena asesinos brutales buscados por sus captores; casi siempre se muestra el origen, el contexto o las razones que conducen a la masacre, como en la genial A Bittersweet Life (2005), donde una historia trepidante de venganza se levanta sobre el telón de fondo de las relaciones familiares de la mafia coreana.

Pero quizá lo más sorprendente, pese a lo reducido de su industria, sea la factura técnica de este cine. La impresionante fotografía y montaje de Sympathy for Mr. Vengeance (2002), el trabajo de interpretación y el guión trabajado al extremo de Memories of Murder o la puesta en escena cruda y realista de The Yellow Sea (2010), evidencian que no estamos ante un cine exótico con difusión limitada a los festivales internacionales, sino ante directores con ambición y talento, y sobre todo inquietos, siempre dispuestos a estirar un poco más los límites difusos del género policíaco. El éxito internacional de directores como Park Chan Woo, Bong Joon Ho (quien ha dirigido la reciente Snowpiercer), o el esquivo Kim ki Duk (quien estrena thriller en el próximo Festival de Venecia) no hace más que confirmar la atención que acaparan sus películas, que conjugan narraciones de acción con estilos propios y personales. Los resultados dispares rara vez son anodinos o convencionales. El discípulo aventajado de Corea del Sur mira sin rubor, sin complejos, a los gigantes cinematográficos que le rodean y enseña los oscuros vericuetos por los que puede perderse la mente

*Artículo publicado originalmente en la web de Perroverde.

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