En 1990, el guionista Alan Moore, en el estrellato de su carrera después del éxito de Watchmen, publica, con Bill Sienkiewicz como dibujante, el primero número de Big Numbers, una historia sobre cómo la construcción de un gran centro comercial viene a alterar la vida cotidiana de un pequeño pueblo inglés. Proyectado en doce números y en más de quinientas páginas, de Big Numbers solo se publicaron dos números, se convirtió en uno de los proyectos inconclusos más famosos de la historia del cómic, y los lectores nos quedamos sin saber cuál fue el futuro comercial de los vecinos de aquella localidad trasunto del Northampton natal de Moore.

Veinticinco años después, el productor y guionista David Simon, con ayuda del periodista William F. Zorzi, también rastrea la genealogía de un fenómeno urbano acontecido a finales de los ochenta: la construcción de doscientas viviendas públicas en el lado este de Yonkers, al norte de la ciudad de Nueva York, en una zona eminentemente blanca y de clase media. El proyecto, aprobado por un mandato judicial del juez Leonard Sand, fue aplazado en numerosas ocasiones hasta que las multas y las sanciones judiciales obligaron al alcalde electo en ese momento, Nick Wasicko, cuya oposición al proyecto le había aupado precisamente a la alcaldía, a aprobarlo con grandes dificultades. Yonkers no se lo perdonaría y perdería la reelección dos años después. El miedo a los efectos que podía arrastrar la población negra negra, como delincuencia o drogas (lo que ocasionaría la pérdida de valor de sus propiedades), pero también el puro racismo, hicieron que una gran parte de la comunidad de Yonkers se opusiera a la construcción de las viviendas sociales. Un proceso urbano que traducía dramáticamente un problema de clases sociales, que en Estados Unidos es también eminentemente racial. Nick Wasicko (interpretado en la serie por un templado Oscar Isaac), por su parte, se convirtió en el héroe accidental de la historia, no tanto por su voluntad o empeño, sino por su creencia en respetar la ley. El político más joven de la historia estadounidense vio cómo se arruinó su carrera política por seguir sus convicciones y no los deseos de los votantes.

Show me a hero es, en muchos sentidos, una miniserie fallida. Excesivamente prolija en sus primeros capítulos en escenificar el marasmo judicial, tediosa en su puntillosa fidelidad a las fuentes, adolece de ciertas soluciones escasamente dramáticas, y la autoría de Paul Haggis (director de películas como Crash o En el valle de Elah) apenas se siente. Sin embargo, es uno de los mejores relatos políticos de los últimos años, uno de esos que, como diría un psiquiatra, necesita el pueblo norteamericano para dialogar consigo mismo, para hablar de heridas abiertas y profundos problemas que no se arreglan creando guettos. El semanario The Economist (no acusable de izquierdista ni antisistema, precisamente) alertaba en un artículo sobre el aumento de la población carcelaria en Estados Unidos, pese a que la criminalidad ha descendido considerablemente en las últimas décadas. De hecho, el veinticinco por ciento de toda la población encarcelada en el mundo está en Estados Unidos. Uno de cada cuatro presos es norteamericano.

Show me a hero desata, en tiempos de grandes turbulencias raciales y sociales en Estados Unidos, un debate incómodo, pero también urgente y necesario, en la llamada tierra de las oportunidades. Por eso Show me a hero es una serie soberbia ideológicamente que, como ya pasaba en la monumental The Wire, usa la ciudad para hablar de sus estratos y conflictos sociales, sin caer nunca en el maniqueismo ni en la simplificación entre héroes y villanos. Aquí viven y discuten humanos, que se enfrentan a sus trabajos, a sus destinos y a sus vidas con tantas contradicciones como cualquiera de nosotros, e inmersos en su ring particular. Show me a hero tararea esa canción (con música de Bruce Springteen): dime dónde creciste, en qué barrio y te diré lo que probablemente te espera.

*Artículo publicado originalmente en la web de Perroverde.

 

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