Las películas de terror ya no asustan. Lo sabemos y no nos importa. La cartelera cuenta cada semana con la enésima versión del psicópata suelto por la ciudad, el sótano oscuro de una casa maldita o los fantasmas que se revuelven en su tumba hasta encontrar la paz merecida. Ninguna de estas películas destaca por su originalidad o sus riesgos, pero hacen su taquilla, dan satisfacción a su público fiel, y todos tan contentos. Es como si el género hubiera mutado: cuando avisaban de que llegaba una película de terror (imagínate lo que fue el estreno de El exorcista o la primera aparición de Freddy Krueger) antes el público asistía ya asustado, predispuesto, con miedo al miedo. Ahora es como leer una lista de convenciones que no pueden faltar, mientras el espectador devora sus palomitas y sonríe después del sobresalto en el asiento o del grito colectivo en la oscuridad de la sala. Terror para liberar endorfinas, el susto como una gimnasia mental.

Es verdad que los japoneses (con una larguísima tradición en el cine y en el manga), y sus discípulos aventajados en la industria, los coreanos, supieron abordar el género con talento, e hicieron películas tan geniales como The Ring o Dark Water, cuyo éxito hizo que los americanos hicieran su correspondiente remake. Pero, la verdad, llevamos un tiempo sin noticias de sangre nueva asiática. Y en el 2014 aparece una película de cine independiente norteamericano, una cinta de bajo presupuesto, que se cuela en el Festival de Cannes, es aclamada por la crítica y, sorpresa, también por el público, y comienza a circular por medio mundo. Su secreto es misterioso: parece otra película más de coctelera con fantasmas y miedos adolescentes. Pero solo parece. Porque bajo su envoltorio inofensivo de cine comercial, en It follows hay una mirada oscura, turbadora, que juega con nuestra percepción, que asusta no tanto por lo que enseña, como en la legión de películas de casquería gore, como por lo que oculta. Cine de terror psicológico, que se te queda coleteando en la cabeza, resistente al olvido, durante días.

El planteamiento es muy interesante: si en la película Las vírgenes suicidas de Sofia Coppola, las jóvenes morían incapaces de satisfacer sus deseos sexuales, en It follows sucede justo lo contrario: hay una especie de maldición, como si fuera un virus, que se contrae después de hacer el amor, y desde ese momento, presencias extrañas, fantasmales, te perseguirán hasta matarte. A no ser que le pases la maldición a otro, a otra. Follando. Lo que parece un absurdo trauma adolescente se convierte, en las manos habilidosas de su director, en un relato de atmósfera en un Detroit depauperado y suburbial, en una fábula sobre la culpa, que, entre sus muchos niveles de lectura, habla de la opresión y el encerramiento y la incapacidad para escapar de algo que, como en su acertado título en inglés, te sigue. Siempre te sigue. Al final, el estilo lo es todo, e It follows trasciende el relato convencional para convertirse en una película despojada de artificios y espectáculo gratuito, a la que le sienta estupendamente su bajo presupuesto.

*Artículo publicado originalmente en la web de Perroverde.

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