Los médicos  siempre se han entendido bien con la televisión. Desde hace décadas la pequeña pantalla ha acogido con agrado el desfile de personajes en bata blanca. Me acuerdo, por ejemplo, a bote pronto, de ER (Urgencias), que se emitió desde 1994 hasta 2009, donde un encantador George Clooney se dio a conocer; Anatomía de Grey, ya por la temporada 12, ese culebrón sentimental de relaciones esporádicas y pornografía blanda; o House (concluida en el 2012), con un protagonista inteligentísimo, carismático y guasón, que era una especie de Sherlock Holmes de las enfermedades más raras. Y de pronto, en el año 2014, en plena eclosión de canales de pago por hacerse con un nombre en la producción de series, Cinemax lanza The Knick, dirigida en su totalidad por Steven Soderbergh, sobre las miserias y milagros de The Knickerboker, un hospital del Nueva York de 1900, cuyo principal protagonista es el doctor Thackery (interpretado por un imponente Clive Owen), un cirujano aficionado a la cocaína, al opio y a los prostíbulos, un apasionado investigador y un dios cuando entra en el quirófano. Se huele desde el principio: The Knick está pensada para espantar a las grandes audiencias.

Steven Soderbergh es capaz de lo mejor y de lo peor, y cuenta en su registro con películas formidables y grandes bodrios, pero siempre se ha caracterizado por ser un profesional concienzudo. Ese amor por el trabajo se nota en la serie, sobre todo en lo que más empeño se ha puesto (y seguramente más dinero): su ambientación de época. La dirección artística de The Knick es, simplemente, sublime: habitaciones de techos altísimos, un Nueva York de calles sin asfaltar y carros tirados por caballos, vestuarios cuidados al detalle, una fotografía sombría, gótica, como corresponde a una serie cuyo tema principal es el trabajo a diario con la muerte.

Uno de los escenarios principales lo resume todo: el quirófano, que, como correspondía a la época, es también un teatro y tiene gradas escalonadas para el público, que puede asistir a las operaciones, justo como también sucedía en la obra maestra de Lynch, El hombre elefante (1980), ambientada en el Londres del XIX, y me atrevo a decir que la principal inspiración estética de The Knick.

“Bienvenidos al circo”, repiten varios personajes a lo largo de la serie, y eso es The Knick, sin intención alguna de disimularlo: una parada de fieras y domadores, donde asistimos desde sus primeras escenas a una operación de placente previa, a un pinchazo de cocaína en el pie de su protagonista, a una desigualdad social extrema, al racismo, a la muerte como asunto banal y cotidiano. Casi nada. No es una serie para todos los públicos, y no pasa nada, está bien que así sea. De hecho, creo que la serie se desbarata porque no logra mantener esta premisa: su calidad estética en lo visual (una serie que apuesta por que se note la autoría del director, una película de diez horas) no tiene detrás un guión a la altura, y pierde el foco muy pronto: a ratos parece una serie costumbrista, otros, una serie existencialista, sobre el sinsentido vital, y da tumbos, con escenas maravillosas y con largas secuencias que, más allá de su belleza visual, se vuelven erráticas. The Knick comete el error de pretender ser alta cultura a toda costa, con personajes que citan a Shakespeare, pero que están lejos de tener los matices de los personajes shakespearinos. En cualquier caso, The Knick es, solo por su atmósfera (con las texturas electrónicas de la música de Cliff Martinez) y su ambición, una pieza de arte. Que fracase en conjunto, no importa. Si hace poco comentábamos por acá que Show me a hero estudiaba un proceso urbano para hacer política, The Knick hace lo mismo en una regresión hasta el 1900. El tiempo ha pasado, pero para comprender el presente hay que rastrear los orígenes oscuros y violentos de la ciudad, casi de guerra, tal como escribió Herbert Ashbury en Gangs of New York (1928), una crónica de una extrema violencia sobre la ciudad a principios de siglo, y otra de las grandes inspiraciones de la serie. A la manera de un obrero de la construcción que encuentra, excavando en el suelo, una fosa de la que solo quedan huesos y un cráneo agujereado.

*Artículo publicado originalmente en la web de Perroverde.

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