Lo ha contado muchas veces. Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) se hizo escritor por culpa del servicio militar obligatorio, que lo desterró a Melilla durante un año. Allí, aburrido, se puso a escribir un texto que, sin comas ni puntos, terminaría siendo su primera novela corta, Mujer contemplando el paisaje (1973). El cine, su verdadera pasión, se le resistía. Luego pasó una temporada en París, como mandan los cánones bohemios, en buhardillas diminutas, entre escritores, artistas y soñadores de variado pelaje, y escribió varias novelas que apenas tuvieron lectores. Vila-Matas era un autor secreto, desconocido, casi invisible, como muchos de sus personajes, que se empeñan en desaparecer. Hasta que llegó Historia abreviada de la literatura portátil (1985). Una historia sobre una conjura de escritores y artistas en los años veinte, que circularon por medio mundo en busca de cambiar la literatura y la vida, una novela corta que mezclaba ficción (y libros ficticios), crónica y sobre todo humor, se entendió y se celebró en México antes que en España. Historia abreviada de la literatura portátil es como juntar a Borges con el ritmo de una comedia de Billy Wilder y con una banda sonora pop, festiva. Vila-Matas había encontrado una veta fértil: explorar los juegos de la identidad (uno de sus libros se titula precisamente Impostura) con una prosa transparente y ligera. Después llegaron sus mejores libros, a mi juicio: Una casa para siempre (1988) y Suicidios ejemplares (1991), dos colecciones de cuentos extraordinarios. Suicidios ejemplares explora el suicidio con tanto humor, pastiche y homenajes literarios, que lo que el lector espera que sean tragedias se vuelven escenas jocosas y divertidas reflexiones sobre el absurdo existencial. El drama se convierte en comedia, y la vida, en un pretexto para hacer literatura.

El premio Rómulo Gallegos por su novela El viaje vertical (1999) le dio el reconocimiento internacional que ya no esperaba. En El viaje vertical de nuevo, como pasa en tantos de sus libros, el protagonista emprende un viaje (interior y exterior) en busca de su identidad. Poco después, Vila-Matas, agotado de explorar la literatura en busca de una respuesta que no existe, publica uno de sus libros más famosos, Bartebly y compañía (2001), donde, como le pasó al famoso personaje de Hermann Melville (el Bartebly del título), indaga en los escritores que dejaron de escribir, que renunciaron a la literatura y a la palabra, un tema que completó con El mal de Montano (2002) y Doctor Pasavento (2005). Al fondo de la identidad está el hueco de la máscara. Y el silencio.

Con Bartebly Vila-Matas inició una nueva etapa en su obra marcada por borrar radicalmente las fronteras entre el ensayo y la narración, y lo mismo pasó con sus libros de artículos y de no-ficción que, plagados de citas literarias y de narraciones, atesoran algunas de sus mejores páginas. Vila-Matas es uno de esos autores que han hecho de la reseña, la crítica y la columna de opinión un arte de lo mínimo, pues ya lo decíamos antes: la literatura lo sumerge todo, y creer que solo la ficción tiene categoría artística sería andar muy corto de miras.

Con aquella idea de Duchamp que decía que el arte es una mirada más que la creación de un objeto, Vila-Matas ha abierto con Aire de Dylan (2012) otra deriva en su obra, que lo ha conectado con el arte moderno, las galerías y Kassel, la célebre exposición de arte contemporáneo de Alemania, que lo invitó a participar y cuya experiencia inspiró su libro Kassel no invita a la lógica (2014).

Si te gusta la literatura, los juegos de espejos y pensar que muchas veces no sabes quién eres, te gustará Vila-Matas; de lo contrario, si quieres una historia y no tanta metaliteratura, si quieres que te metan dentro del juego y no te hagan pensar en sus reglas, entonces leerás a Vila-Matas con gesto cariacontecido y tal vez no sueltes ni una carcajada. Piénsalo bien.

*Artículo publicado originalmente en la web de Perroverde.

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