[Repasamos, sin spoilers de por medio, algunas de las claves del éxito y de la caída de Homeland].

El soldado norteamericano Nicholas Brody, desaparecido en combate durante más de siete años, es liberado de una prisión de Al-Quaeda, donde había sufrido torturas y vejaciones. Regresa a su hogar con su mujer y sus hijos como un héroe de guerra, condecorado por sus acciones y valor. Al tiempo, la agente de la CIA Carrie Mathison desconfía de Brody porque, según sus fuentes, Al-Quaeda ha infiltrado un terrorista en suelo norteamericano y cree que podría ser él. De forma ilegal, comienza a vigilarlo día y noche con videocámaras, sigue sus pasos, registra todas sus visitas. Finalmente, la perseguidora y el perseguido se encuentran.

Al principio Homeland parecía el teledrama político que un pueblo, alimentado por las guerras y los conflictos, necesitaba. Como si fuera una sesión de terapia, la serie se atrevió a cuestionar dogmas patrióticos y a formular incómodas preguntas: qué es un terrorista, cuál es la naturaleza de la violencia, son los medios (incluida la tortura o los daños colateras, como la muerte de civiles) legítimos si el fin lo es… El enemigo también puede estar dentro, espeta Homeland, una afirmación que suelen olvidar los que sentencian a los monstruos. De esa manera, lo que en un principio es la descripción meticulosa y descarnada del estrés postraumático del regreso de un veterano de un guerra se transforma, con el paso de los capítulos, en la humanización del mal, en la eterna historia sobre cómo la verdad y la mentira cambian según la perspectiva utilizada.

Es difícil contar más sin que al lector se le revelen datos que pueden estropear sus placeres de espectador. Lo que está claro es que Homeland consiguió, sobre todo en sus dos primeras temporadas, convertir la guerra en Afghanistán, que sucede a miles de kilómetros de Estados Unidos y que llega filtrada por los mass media, en un conflicto cercano, hecho carne, y sobre todo, desmenuzado en sus causas y motivos. Homeland intenta comprender, entre otras cosas, qué mueve a un terrorista a hacer lo que hace. En ese sentido, la serie se parece a Breaking Bad en que, al igual que ésta, procura ir más allá del maniqueismo y los esteretipos sobre el mal para adentrarse en las razones humanas y en la disección de una metamorfosis. Por esa razón, ambas son relatos excepcionales, que giran en torno a la condición humana y sus abismos, pese a que la trama de Homeland trate, aparentemente, de terroristas, la CIA y los agentes dobles. En el fondo, sin embargo, es una serie sobre un tema tan universal como la imposibilidad de escapar de nuestro pasado.

Por desgracia, Homeland, a diferencia de Breaking Bad, no necesitaba tantos capítulos para desentrañar su misterio, y en la tercera temporada ya mostró signos de agotamiento y dispersión. Ya lo hemos dicho por aquí más de una vez: cuando termina la historia que daba sentido a la trama, es la máquina de hacer billetes la que enciende el rodillo de las siguientes temporadas. Por esa razón, y pese a que la serie mantuvo su altísimo nivel en la producción y el rodaje, Homeland se convirtió en otra cosa (¡cuánta gente me ha dicho que Homeland tendría que haber terminado en la primera temporada!). El hogar había desaparecido aunque lo siguiéramos llamando igual. Por eso no sé si veré la quinta temporada: la historia del soldado que regresa a su patria, el hombre que tiene que enfrentarse a quién es en verdad y no a la imagen que tienen los otros, hace tiempo ya que concluyó.

*Artículo publicado originalmente en la web Perroverde.

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