Agarra dos detectives protagonistas que dialoguen por contraposición, que se odien y discutan, y a la vez se tengan el afecto dado por una amistad de años. Por un lado, el lunático, visionario y seductor Rust Cole (Matthew McCougnahey), con un pasado oscuro y turbulento; por otro, Marty Hart (Woody Harrelson), el mundano con los pies en el suelo, gracioso, padre de familia, que arrastra sus propios demonios interiores (“Tú también eres obsesivo”, le dice Rust. “Solo que no con el trabajo”).

Ahora la atmósfera. Marismas, pantanos y fábricas de Luisiana como primera capa; debajo, territorios anónimos (moteles, aparcamientos, ciudades planas) borrados por el peso del mundo rural, casitas de madera perdidas en los bosques de secos árboles alargados. Y cosidos en el paisaje como costuras, las carreteras, nudos de autopistas o caminos de tierra, que atraviesan espacios desolados, aún salvajes. Bajo una paleta de grises metalizados, inspirados en los trabajos sobre las zonas petroquímicas de este estado sureño, la fotografía de True Detective es inspiradora y deslumbrante, desde la cámara que retrata en plano medio a sus protagonistas (nunca hubo un fumador más expresivo que Rust) hasta la que se sumerge en la espiral de Carsona (y hasta ahí puedo decir).

Y escoge, al fin, un buen pretexto para colocar a esos personajes en acción, un resorte como el policiaco: las pistas que nos lleven al asesino o los asesinos de mujeres y niños desaparecidos, algunos de los cuales han sido encontrados en extrañas circunstancias, bajo la apariencia de un sacrificio satánico. Para rizar el rizo, además, la historia debe contarse con varios puntos de vista, saltos cronológicos y un arco temporal de más de diecisiete años, desde el inicio del caso en 1995 hasta su resolución en 2012 (estos datos están en el primer capítulo). Con estos ingredientes, ¿se entiende el éxito de True Detective?

Examinados los ocho capítulos en su totalidad, vistos como conjunto, creo que al final la primera temporada de  no está a la altura de las expectativas y del talento exhibido en sus dos primeros capítulos, y se repite sobremanera en ciertos gestos, escenas y giros (nunca hubo un fumador más reiterativo que Rust). Pese a los aciertos de su escritura (un Nic Pizzolatto en estado de gracia) y a su dirección artística, soberbia en todos los episodios, True Detective no termina de cuajar como el gran relato al fin de la noche que prometía. Sin embargo, consigue algo que está al alcance de muy pocos: trasciende una trama narrativa para rozar el relato mítico, lleno de símbolos y arquetipos que van hasta lo más hondo del hipotálamo, pura música hacia lo desconocido con billete de vuelta. De esa manera, se entiende la fascinación que ejerce True Detective sobre miles de seguidores, que escriben toneladas de textos en la Red en busca de sus claves narrativas y estéticas. Pues cuando un texto deja leerse de muchas formas, con estratos y lecturas tan diversas, es porque tienes delante de las narices un maldito clásico, no importan sus defectos.

El relato detectivesco tiene su origen en el género criminal y de terror. Edgar Allan Poe, escritor de cuentos macabros y grotescos, fue el primero en imaginar en El hombre de la multitud y Los crímenes de la calle Morgue las herramientas necesarias para rastrear a un monstruo suelto en la ciudad. La inteligencia como instrumento contra el miedo, la deducción y el raciocinio contra el horror. True Detective da una genial vuelta de tuerca a los cimientos del género, y la ejemplar serie detectivesca, con protagonista lúcido y nihilista al frente, se metamorfosea lentamente en un relato gótico, demonio incluido, donde el miedo es infinitamente más poderoso, sobrecogedor y letal que la inteligencia.

*Artículo publicado originalmente en la web de Perroverde.

 

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