“¿Cuándo se jodió el Perú, Zavalita”, pregunta un personaje de la novela Conversación en La catedral, de Mario Vargas-Llosa, y el interrogante colea a lo largo de todo el relato. Algo parecido se pregunta el espectador de Mad Men, una de las series de televisión más fulgurantes, mejor escritas y con un protagonista excepcional, Don Draper, un teledrama soberbio que, pese a todo, se derrumbó, a mi juicio, después de sus tres primeras temporadas para arrastarse desnortada hasta su final, que llega más tarde de lo que corresponde. Un principio básico: prolongar artificialmente la vida de una serie será bueno para la industria y la caja registradora, pero un mal negocio para el público, que espera lo mismo que despertó su adicción y no lo encuentra.

Mad Men comenzó como música celestial en el 2007. Ambientada con un extraordinario buen gusto en la década fulgurante de los sesenta, la serie arranca con un equipo de hombres (sobre todo hombres, porque retrata un mundo machista y dominado por egos fálicos) que trabajan en la incipiente industria de la publicidad, el altar de la sociedad de consumo. Pronto las reuniones creativas sobre marketing y la construcción de una marca dejan paso a las vidas secretas de estos varones ingeniosos, divertidos, obsesionados con el mando y el triunfo y, sobre todo, con la seducción, unos hombres perdidos y desorientados, que lo tienen todo y, sin embargo, no son felices, como decía el Calígula de Albert Camus. En el centro, Don Draper, protagonista absoluto de la serie, lleva una doble vida: por un lado padre de familia y por otro un mujeriego atormentado, quien se ha hecho a sí mismo, como mandan los tópicos, en el sentido más profundo de la frase, porque ha robado la identidad de otra persona y vive con sus secretos y mentiras hasta que estallan por los aires, descubierto por su mujer Betty. No es el único personaje que padece un conflicto entre la realidad y el deseo, como todo buen anuncio: ahí está Roger Sterling, uno de los jefes de la agencia de publicidad, que persigue mujeres como una droga, para terminar tan vacío como al principio; Peggy, la chica que empezó como secretaria de Don, lucha por abrirse camino en un mundo machista mediante su talento y sus armas; Peter, el joven frágil e inestable, que quiere medrar a toda costa; o Joan, la secretaria, usada por unos y por otros, cuya inteligencia emocional la convierten en una perfecta superviviente. Y a todos encima les conceden unos diálogos magníficos, escritos por hijos de Tenesse Williams, unos diálogos que siempre se mueven entre la insignificancia y la revelación, porque el espectador sabe casi en todo momento cuándo los personajes engañan, con tanta frecuencia que pasma.

Sin embargo, toda historia tiene su arco dramático. Una vez que Mad Men desvela la trama profunda, los secretos de Don Draper y el carácter profundo del resto de sus personajes, se le acaba el conflicto que articula la serie. Sí, claro que les siguen pasando cosas a los personajes, y por supuesto que sigue habiendo destellos y foganazos de talento, pero a partir de la cuarta temporada Mad Men se vuelve una sucesión de episodios sin rumbo, sin riel para las vidas y los acontecimientos de sus protagonistas, y si algo hemos aprendido de la televisión moderna, sobre todo a partir de Twin Peaks (1990), es que, una vez descubierto el asesino, ¿para qué seguir contando? El teledrama moderno fija tramas de largo recorrido, que necesitan horas para profundizar en sus personajes, como pasa en Breaking Bad, una serie que, con sus altibajos, requiere sus cinco temporadas completas para culminar. No es el caso de Mad Men. Su final será todo lo interesante y enigmático que quieran, su dirección artística es tan impecable que seguro que solo por eso merece la pena insistir, pero a las series hay que pedirles que mantengan su nivel en todas las temporadas. O dejar de verlas y morder otras. Sus noches y sus placeres se lo agradecerán.

*Artículo publicado originalmente en la web Perroverde.

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