El perseguidor, ilustrado por José Muñoz.
El término de literatura portátil lo acuñó el escritor español Vila-Matas
 en una fabulosa novela breve para referirse a una sociedad artística secreta en la que, para ingresar, había que cumplir dos requisitos: que toda la obra del artista fuera transportable en un maletín, y que el artista funcionara como una perfecta máquina soltera.

De esto último no sabemos, pero lo cierto es que en Latinoamérica, además de novelas de tropecientaspáginas, encontramos modelos perfectos que encajarían con la condición de portátil.

Aquí va nuestra lista de ocho clásicos, una lista arbitraria, caprichosa y falible (como todas las listas, vamos) de novelas cortas, cuentos largos o como quieras llamar a un relato de no más de ciento y pico páginas.

18391351. El perseguidor, de Julio Cortázar.
Ya sabemos que el primer título es obvio. Pero, ¿cómo va a faltar este texto portátil de Cortázar? Y más este año, que se cumple el centenario de su nacimiento, es obligatorio citarlo por si acaso hay un despistado que aún no ha leído esta maravilla, un cuento largo sobre un músico de jazz que se pierde en el tiempo en busca de la inspiración. Como dice su protagonista, Johnny Carter, “esta canción ya la he tocado mañana”. Un relato prodigioso sobre entrar y salir de las líneas delgadas de la realidad, el tema central de Cortázar. Y busquen, si pueden, la edición de El perseguidor en la editorial Los libros del Zorro Rojo, con unas ilustraciones magníficas del argentino José Muñoz, el dibujante del cómic policial negro Alack Sinner.

2. Aballay, de Antonio Di Benedetto.
Otro ejemplo facilón, otro texto previsible con la salvedad de que, a diferencia de Cortázar, su autor es desconocido para muchos. Di Benedetto es el candidato idóneo para la sociedad portátil: cinco novelitas, un centenar de cuentos breves y poco más. Pero esa escueta obra basta para encumbrarlo como uno de los grandes prosistas argentinos del siglo, a la altura de Borges y Mújica Lainez. En lugar de Zama, su obra maestra, una de las mejores novelas del siglo XX, hemos escogido Aballay, que narra una anécdota tan absurda como magníficamente contada: tras matar a un hombre, un gaucho hace el voto de no bajarse jamás de su caballo, mientras cruza la pampa durante años a la espera de una señal que dé fin a su promesa.

3. El lugar, de Mario Levrero.
Es una de las primeras novelas de Mario Levrero, el escritor uruguayo más singular de las últimas décadas, que contiene ya todas las virtudes destacables de su obra: los destinos kafkianos, el narrador minucioso, la fuerza de las imágenes… Pero, además, quizá sea El lugar su novela más sugerente, con ecos en el imaginario cinematográfico reciente. En ella, quien narra despierta en una habitación cerrada, que da paso a otra habitación idéntica a la anterior, y ésta, a su vez, a otra idéntica a la anterior, y no sabe por qué está allí ni cómo podrá salir.

4. Los pichiciegos, de Fogwill.
Lo que pretendía ser una novelita de urgencia sobre la guerra de las Malvinas escrita a toda velocidad (en doce días y bajo los efectos de la cocaína, según confesó su autor), se convirtió en un relato brutal sobre un puñado de desertores, soldados que, negándose a combatir contra los ingleses, se esconden en galerías subterráneas, como si fueran topos, a la espera de que todo termine. La novela avanza en la narración vívida de estos hombres convertidos en disidentes frente a la dictadura militar que los había enviado como carne de cañón.

5. El coronel no tiene quien le escriba, de Gabriel García Márquez.
Los primeros relatos de García Márquez son un ejemplo de escritura portátil perfecta, igual que los de sus admirados Rulfo y Kafka, pero luego la moda de la novela le tentó, y se lanzó con Cien años de soledad. Antes de dejarse encandilar por los boleros exóticos e interminables, escribió relatos secos, depurados, de prosa austera, cortada a machetazos. Tal vez el mejor intento de su primera etapa sea El coronel no tiene quien le escriba, una versión calurosa sobre el tedio y la espera de personajes atrapados, que comienza, como no podía ser de otra forma, con una frase memorable: “El coronel destapó el tarro de café y comprobó que no había más de una cucharadita“.

6. Estrella distante, de Roberto Bolaño.
Otro como García Márquez: empezó escribiendo novelitas, alguna de ellas hasta lumpen, y luego traicionó con  Los detectives salvajes, pues 2666, su obra cumbre, estaba planeada como cinco novelas cortas que deberían haberse publicarse por separado, pero ya se sabe que los escritores proponen y los editores disponen. Estrella distante es, sin duda, una de sus obras maestras, y tal vez la mejor entrada a su obra: escritores que investigan y viajan detrás de un escritor fantasma, sueños de perros románticos que son golpeados por el fascismo de Pinochet, una prosa juguetona de fácil lectura para adentrarnos suavemente en el horror.

7. Salón de belleza, de Mario Bellatín.
Hay que reconocerle al mexicano-peruano Mario Bellatín una cosa: que siempre ha hecho literatura portátil, desde sus inicios hasta ahora. Escritor inclasificable, muy irregular, con subidas y bajadas, ha conseguido que su prosa desgarbada, antiliteraria a conciencia, sea una de sus señas de identidad. Muchos de sus relatos encajarían en este artículo, pero quizá uno de sus más conocidos sea Salón de belleza, un título pomposo sobre eso, un local de belleza, reconvertido en un moridero, así, tal cual, donde van a morir los contagiados con una enfermedad incurable.

dedocolor258. Informe sobre ciegos, de Ernesto Sábato.
Para terminar, otro clásico. Es cierto que está inserto en Sobre héroes y tumbas, la obra maestra de Sábato, pero ya lo demostró Antonio Breccia, quien ilustró con sus dibujos este relato, que Informe sobre ciegos permite una lectura independiente, desgajada de su matriz. Porque, ¡menudo relatazo! Aquí, el narrador persigue los pasos y las pistas que confirmen las sospechas que siempre ha tenido: las que le conduzcan a descubrir la conspiración secreta que han tramado los ciegos. Nunca Buenos Aires brilló tanto con tantas sombras.

Y, en fin, estos son solo algunos ejemplos de literatura portátil latinoamericana. ¿Que dónde están los demás? ¿Y por qué faltan escritoras portátiles? ¿Por qué no hay relatos de Clarice Lispector, Elena Garro o Gaudalupe Dueñas? Pues porque me falta mucho por leer, no hay más.

*Artículo publicado originalmente en la web Perroverde.

Anuncios