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La agorafobia es un trastorno de la ansiedad provocado por el miedo a los cambios, a los sucesos que no controlamos, y que suele despertarse ante situaciones desconocidas y nuevas, en las que estamos solos para afrontarlas. Por eso el miedo a los espacios abiertos suele ser uno de los síntomas (que no la patología en sí). La cosa es que quizá no haya una rutina más agorafóbica como la de los escritores,que suelen encerrarse en sus cuartos solitarios en busca de concentración y vapores mentales. Pero, ¿esa rutina del encerramiento cuántas veces habla sobre sí misma? ¿Cuántos textos literarios desembocan en un retrato de la celda, la metáfora del espacio habitual del escritor? Aquí van unos cuantos textos sobre espacios cerrados, y rara vez con vistas al exterior.

1. Falconer, de John Cheever.

John Cheever, uno de los mejores cuentistas norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX, apenas escribió novelas. Una de sus últimas, que alcanzó cierto éxito y lo sacó de su fama de maldito, fue Falconer, escrita sobre una prisión en la que ingresa Ezequiel, un drogata acusado de asesinato y un trasunto ficiticio de Cheever, quien usó la narración para expiar numerosos miedos, culpas y tentaciones. Falconer adquiere, según se avanza en su lectura, una trascendencia simbólica inusual, casi mágica, que ahonda más en las cárceles interiores y mentales que las de ladrillo.

2. La novela luminosa, de Mario Levrero.

Este es el diario de un deprimido, de un escritor visiblemente tocado, al que le cuesta escribir cada vez más, y que pierde la mayor parte de su tiempo en jugar con el ordenador y en sus atroces ansiedades. La novela luminosa es el perfecto ejemplo de literatura agorafóbica, donde Levrero cuenta, sin trampas ni cartón, sus inmundicias, sus temores y sus fobias constantes, encerrado en una casa de la que le cuesta salir horrores para dar un paseo siquiera por el centro de Montevideo. Mi descripción no invita a leerla, pero la aconsejaría por una sencilla razón: para aprender cómo hasta del tedio absoluto se puede escribir con ingenio.

3. Poemas, de Emily Dickinson.

Leyendo sus poemas, muy breves y de una belleza inquietante y casi perfecta, uno no pensaría que su creadora vivió encerrada la mitad de su vida en la casa de sus padres. La suya no se siente como una literatura melancólica, sino como la celebración de la vida. Detrás de todos sus textos, sin embargo, late un malestar y casi podemos ver, si entornamos los ojos, a Emily hechizada por sus palabras e incapaz de abrir y salir de su casa.

4. El resplandor, de Stephen King.

No podía faltar en esta lista una novela sobre casas encantadas o malditas, y como apenas recuerdo Horror en Amytiville, de Jay Anson, el clásico por excelencia del género, qué mejor que El resplandor, de un jovencísimo Stephen King, que estaba empezando su carrera y donde se atrevió por primera vez no solo a explorar la locura del escritor (el protagonista intenta escribir en medio de la soledad más absoluta, en un hotel cerrado por el invierno) sino a pulverizar el sagrado tema norteamericano de la familia. A la prosa de Stephen King aún le faltaba mucho oficio, pero las obsesiones de su autor se desparramaron en este relato, del que Stanley Kubrick hizo una lectura para el cine sobrecogedora. Por cierto, Misery, la historia de un escritor secuestrado por uno de sus fans para obligarle a escribir, también sería un ejemplo modélico de literatura agorafóbica.

5. El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa.

Pessoa es muy grande. Mucho. Quizá uno de los mayores poetas del siglo XX, que como escribió en portugués y no en inglés (lengua que también dominaba, por cierto) no se le ha alabado hasta la extenuación como a otros. Entre sus muchos libros, Libro del desasosiegorecientemente reeditado en una nueva edición, es la mejor muestra de cómo convertir una neurosis desquiciante y una ansiedad que incapacita para la vida en páginas deslumbrantes, lúcidas y corregidas incontables veces. Una obra maestra transida de agorafobia de arriba abajo.

6. La isla de cemento, de J. G. Ballard

Aunque hay muchos libros de Ballard que giran en torno al espacio como centro narrativo (sin ir más lejos, El imperio del Sol, su libro más popular, son sus memorias del campo de concentración de Shangay, donde estuvo encerrado de niño), quizá La isla de cemento sea su fábula más original y cautivadora, que comienza como una pesadilla: un conductor tiene un accidente en la autopista y queda atrapado bajo los nudos de las carreteras y en tierra de nadie.

7. El pozo y el péndulo, de Edgar Allan Poe.

La agorafobia literaria empieza aquí. Si no lo has leído aún (¿pero es posible que aún haya lectores que no conozcan este relato?), estás tardando.

Al final, nos ha salido una lista que parece más claustrofóbica que otra cosa. Quizá por esa razón los escritores, encerrados en sus camarotes, escriben.

*Artículo publicado originalmente en la web de Perroverde.

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