Hay imágenes que tienen la cualidad de transitar entre la realidad y la ficción. No sabemos si ya estaban dentro de nuestro inconsciente y de alguna forma lo único que hacemos es reproducirlas a la hora de soñar, crear mitos y también, por supuesto, a la hora de comprender la realidad. Eso es lo que pensaba Joseph Campbell, por ejemplo, que buscó los patrones de los mitos aplicando las enseñanzas de Jung.

Stalker-5Más raro es cuando esas mismas imágenes, que no sabemos dónde se originaron, si en nuestra cabeza o en la visión diaria, se vuelven premonitorias. Han adquirido la función del oráculo. Decía Pushkin (cito por boca de Tarkovsky) que los poetas tienen la obligación, a veces en contra de su propia voluntad, de ser proféticos. Solo es una frase, cierto, pero de las que hacen elucubrar: la poesía aspira a la memoria, al canto (que es una formas más instintivas de la memoria), pero para conseguirlo tiene que romper las barreras del tiempo, saltarlas anunciando el futuro… Quizá eso es lo que hace que esa poesía perdure: porque es capaz de ver el tiempo como si fuera un disco plano, sin bordes, no una línea, sino un círculo en el que todo está sucediendo ahora mismo, en línea con la teoría alocada del Rust Cole de True Detective. Esas imágenes con naturaleza de augurio irrumpen, no las escogemos, caen por su propio peso. Y luego el futuro nos dice si hemos acertado o no, como aquellos romanos que buscaban hechos funestos recientes para anticipar los acontecimientos. El presagio estaba ahí: solo faltaba leerlo.

Es el caso de la imagen de La Zona. Desconozco si se había usado ya en la ficción antes de la novela Picnic extraterrestre (publicada por primera vez en 1972) de los hermanos Strugatski, pero ahí tiene un uso muy original y, sobre todo, profético. Lo que parecía solo una imagen elocuente para describir un lugar prohibido y lleno de peligros, se convertiría con el tiempo en el más usado para aludir al inmenso territorio contaminado tras la catástrofe de Chernóbil. La Zona se volvería real. Dirán que es solo una palabra, que sirve para un roto y un descosido, que “zona” tiene a la hiperonimia. Sí, es verdad: lo extraño de todo este asunto es que la Zona descrita en Picnic extraterrestre se parece mucho a la zona prohibida de Chernóbil.

En el invierno de 1970, los hermanos Strugatski se encerraron en el pequeño pueblo de Komarovo, a unos cuarenta kilómetros de San Petesburgo, para escribir su novela Ciudad maldita. Mientras charlaban en uno de sus paseos vespertinos por el pueblo, tal como cuenta el propio Boris Strugatski en las notas de la edición de la novela, se les ocurrieron varios argumentos, entre ellos el de Picnic. Lo primero que tenemos es una breve nota, donde aún no se vislumbra la trama, que merece copiarse entera por la sugerencia de sus imágenes y la solidez de algunas certezas:

“Un mono y un tarro de conserva. Treinta años después de la visita de unos extraterrestres, solo queda la basura que dejaron, que es objeto de caza y de búsqueda, de investigaciones y de calamidades. Crecen las supersticiones, hay un departamento que quiere poseer la basura para adquirir poder y una organización que quiere destruirla (el conocimiento caído del cielo es inútil y perjudicial; lo único que pueden conllevar los descubrimientos es el mal uso). Los buscadores de oro se consideran magos. La decadencia de la autoridad científica. Biosistemas abandonados (como si fueran pilas gastados), muertos resucitados de distintas épocas…”

Aún no aparecía por ningún lado la palabra de Stalker (que acuñaron a partir de un cuento de Kipling), pero el título definitivo  y la idea fundamental ya estaba: un lugar de la Tierra había recibido una visita extraterrestre y habían dejado, tras su paso, además de gran basura tecnológica, que los humanos no sabían cómo funcionaba, un lugar inservible para la vida, contaminado, lleno de extraños fenómenos contrarios a nuestras leyes de la termodinámica, y en el que si uno se aventuraba sin saber lo más probable que encontrara es la muerte. Las autoridades (en la novela especialistas de la ONU) han acotado el territorio, que todo el mundo conoce como La Zona. Nadie puede entrar sin permiso, aunque hay ladrones especializados en robar restos de esa chatarra tecnológica. Son los llamados stalkers.

¡Un mono y un tarro de conserva! ¿Se acuerdan del monolito de 2001? Aunque la película de Kubrick es de 1968, y no es descabellado pensar que alguna relación puede tener la idea original de Picnic extraterrestre con el argumento de Arthur C. Clarke, la novela de los hermanos Strugatski se centra más en los efectos de esa visitación extraterrestre: cómo manejaríamos esa tecnología; el control y vigilancia que se ejerce sobre los residentes de la pre-zona, a los que se les prohibe con el tiempo emigrar; el uso militar de los hallazgos… La acción de la novela recae sobre Redrick Schuhart, un stalker, pero no pierde de vista en ningún momento el poder de la Zona, la verdadera protagonista de la historia, que se ha tragado, igual que un vórtice, toda vida humana anterior a la visitación. Hay pasajes que parecen escritos sabiendo lo que sería Chernóbil:

“De día parece un barrio como cualquier otro, con casas normales y corrientes que piden reparaciones a gritos, con casas normales y corrientes que deberían repararse, como todas, pero nada en particular, excepto que no se ve a nadie (…). Cuando cundió el pánico, todos los vecinos del barrio salieron de casa en ropa interior y corrieron hasta el puente, seis kilómetros sin descansar. Después el Coma estuvo mucho tiempo enfermo de peste y se le cayeron la piel y las uñas. Casi todos los vecinos de aquel barrio cogieron la peste; por eso el barrio se llama así. (…). Y luego están los barrios donde la gente se quedó ciega. (…) Entre otras cosas, cuentan que no se quedaron ciegos por un fogonazo (aunque dicen que también fue un fogonazo), sino por un ruido tremendo. Dicen que fue tan fuerte que se quedaron todos ciegos de golpe”.

Es obvio que los Strugatski tenían en la cabeza un escenario posnuclear, un lugar sacudido por una bomba o un estallido y con un enemigo invisible que produce algo similar a radiaciones (un efecto que se niega en un pasaje de la novela) y muta a los que viven allí, confiriéndoles extraños poderes. Además, ¿seríamos capaces de manejar de forma inteligente esa tecnología?, se pregunta el profesor Valentine Pillman en unas páginas hiperlúcidas sobre el verdadero significado de la inteligencia. Y la respuesta es que no. Nuestra torpeza podría poner en peligro a la humanidad entera, o como escribiría Antonio Escohotado en el revelador artículo de junio de 1986 titulado “Una grieta en los cofres de Pandora”

“La conducta de nuestros Epimeteos con el cofre nuevamente ofrecido no ha sido abrirlo (salvo para hacer estallar algunos centenares de bombas), sino tratar de ponerle un enchufe con adaptador para electrodomésticos. Pero precisamente ahora comenzamos a enterarnos de lo que ya sabía a su manera el mitógrafo griego: el cofre tiende a resquebrajarse en todo instante”.

Otra vez, en fin, el mito para hablar de desastres anunciados. Volvemos atrás para decir lo que ya sabemos qué sucederá. O como dice un personaje de Picnic extraterrestre como si estuviera hablando de una central nuclear: “Tener la Zona aquí al lado es como vivir junto a un volcán. En cualquier momento puede estallar una epidemia o algo peor…” ¿Hacen falta más pruebas?

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