El exilio no siempre es dañino para los escritores. La lista de aquellos que han residido y escrito en tierra ajena, cercados por otra lengua y otra cultura, es larguísima. De Iain Fleming a Roberto Bolaño, escribir con pasaporte extranjero tiene sus ventajas para la literatura.

Bruce Chatwin

Pongamos primero las condiciones. Para ser incluido en este artículo, no basta con pasarse unas vacaciones en el extranjero, como hacía Truman Capote en Capri, donde escribió sus primeras novelas, ni siquiera ser un escritor viajero, como Paul Theroux o V.S. Naipaul, porque estos, aunque no cesaban de cruzar fronteras, al fin y al cabo terminaban regresando a sus países de origen. Tampoco sirve si luego te vuelves un adaptado o un asimilado a la lengua foránea, porque la idea es resaltar el extrañamiento y el modo de vida inherente a ser un “extranjero” toda tu vida. Así que no podemos aceptar a Vladimir Nabokov, por ejemplo, cuyas primeras novelas fueron escritas en ruso, pero que se pasó al inglés (lengua que aprendió desde niño) cuando comenzó su residencia en Estados Unidos y donde escribió sus novelas más famosas como Lolita, Ada o el ardor o Pálido fuego. Tampoco podemos permitir la entrada entonces a todo ese grupo de escritores que, como los pertenecientes a la “literatura chicana” (en la que se inscriben autores como Junot Diaz), usan la lengua de su país de adopción. Finalmente, tampoco se admite a aquellos que emigran a países donde la lengua oficial sea similar a la materna, pues, por mucha extrañeza que sea vivir en otro país distinto al nuestro de nacimiento, que te quiten tu propia lengua (“mi patria es mi lengua”, dicen) es uno de los hurtos más traumáticos de nuestra identidad. Si no, que le pregunten a Fernando Vallejo, colombiano de nacimiento, pero que terminó exiliándose  en la Ciudad de México, como su compatriotra García Márquez, por no mencionar las decenas de escritores ingleses que hacen de Estados Unidos su nuevo hogar, como Martin Amis, tan inglés como el aristocrático deporte de la caza del zorro, pero que hace años que se mudó de Londres a Brooklyn: esos son escritores extranjeros de paisajes, leyes fiscales y ecosistemas culturales, no de lengua. Ya lo dijo Sting: “I´m an alien, a legal alien, I´m an Englishman in New York”.

Nada que ver, en cambio, con los escritores convertidos en extranjeros forzosos, voluntarios o accidentales, a los que les borran de un plumazo no solo su país y su cultura, sino su propia lengua. Extraños, perdidos, como náufragos en islas remotas.

La gracia es que muchos lo prefieren así.

El caso más sonado quizá sea el de Iain Fleming, el creador de las novelas de James Bond. Militar, agente de los servicios secretos, periodista, Fleming se enamoró de la isla de Jamaica en uno de sus viajes y, en particular, de unos terrenos que compró y bautizó como Goldeneye, el lugar en el que, durante doce años y hasta su muerte, de febrero a marzo, se retiraba con su esposa a escribir las novelas de Bond. Tanto le gustaba aquel lugar que firmó en el contrato con su entonces empleador, el Sunday Times, su retiro dorado dos meses al año. Goldeneye era su musa.

Mucho más lejana y exótica es la residencia escogida por John Le Carré, otro funcionario de los servicios británicos de inteligencia reconvertido en escritor, autor de novelas como El topo, El espía que surgió del frío o El sastre de Panamá. Tras vivir más de cuarenta años en Cornwall, en Inglaterra, se refugió nada menos que en Sri Lanka, lejos de los curiosos y el mundanal ruido.

El modelo paradigmático (y el más mítico) de “escritor extraño en tierra extraña” es si acaso el de Paul Bowles, el autor de la novela El cielo protector, de la que Bernardo Bertolucci hizo una adaptación al cine tan misteriosa y hermosa como su original. Paul y su mujer Jane (la que por entonces era la única escritora oficial en la pareja) dieron por azar con el Tánger de finales de los años 40, por entonces un protectorado independiente de Marruecos, refugio de buscavidas y artistas errantes. Fascinados con la ciudad y el modo de vida que les permitía (un poco como el París de entreguerras), decidieron establecerse allí, y lo que parecía un alto en el camino (los dos eran viajeros impenitentes) se convirtió con el tiempo en su lugar en el mundo, en el que recibían las visitas de Truman Capote, William Burroughs o Tennesse Williams, entre otros. En Tánger Paul abandonó una prometedora carrera como compositor musical para internarse en la literatura; Jane, por su parte, dejó de escribir, sufrió varios episodios de esquizofrenia y terminó internada en un manicomio de Málaga durante dieciséis años hasta su muerte.

A Paul Bowles el aislamiento cultural le sentó estupendamente. Su primera novela, El cielo protector, fue un éxito internacional; aprendió árabe y tradujo a varios autores marroquís, entre otros al sensacional Mohammed Chukri; se volvió un autor de culto, con legiones de lectores fieles. Conocido por todos los tangerinos, a la manera de una estrella de rock, era una especie de extranjero perpetuo. Un extranjero para siempre.

Aunque quizá el destino más jubiloso de expatriado lo representa el escritor inglés Robert Graves, que mantuvo una relación de enamorado con la isla de Mallorca, a donde se refugió tras la Segunda Guerra Mundial, y en la que vivió prácticamente casi el resto de su vida hasta su muerte en 1985. Y aunque sus libros más famosos los escribió en Inglaterra (Yo, Claudio, por ejemplo), Robert encarnó ya para siempre la figura del escritor bucólico, enamorado del paisaje, la buena vida y la soledad placentera que le permitía el pueblo de la sierra mallorquina, Deia, donde se había exiliado.

Mi historia favorita de escritor en tierra extraña, sin embargo, la protagoniza el inglés Bruce Chatwin: vividor, viajero incansable y escritor de prosa deslumbrante, cruzó varias veces el mundo, desde la Patagonia argentina (donde escribió su primer libro de viajes famoso, En la Patagonia) hasta Australia (el país sobre el que trata Los trazos de la canción). Escribía donde podía, en casas de amigos en la Provenza francesa, en hoteles de la India, en compartimentos de tren o en refugios de montaña de los Himalayas, como si su inspiración y su trabajo solo surgiera en movimiento y, por supuesto, en tierra extraña.

No siempre esta relación ha sido cordial, por supuesto. A veces el exilio de muchos escritores ha sido involuntario, forzoso y traumático. Y también luminoso para su carrera literaria. Como le pasó al polaco Witold Gombrowicz, quien terminó en Argentina por accidente (la Alemania nazi invadió Polonia poco después de su desembarco en Buenos Aires), y allí, aislado, en una lengua y una cultura extrañas, no dejó de de explorar los confines de la literatura. Y será precisamente con su traducción al español en 1947 de su obra cumbre, Ferdydurke, con la que comenzará a sonar su nombre en los círculos internacionales.

Algo parecido le pasó al irlandés Samuel Beckett, exiliado en Francia (hasta tal grado que se pasó incluso al francés como lengua de escritura) o a James Joyce, quien terminó sus días entre Trieste y Zúrich, donde concluyó las dos obras más ambiciosas de la literatura del siglo XX: Ulises (publicado en París por una librería especializada en libros en inglés) y Finnegans Wake, que salió a imprenta en 1939, dos años antes de su muerte.

Otro grande, Guillermo Cabrera Infante, se volcó en la literatura cuando se exilió de Cuba, y entre Barcelona, Madrid y Londres no dejó nunca de escribir sus memorias de la Habana. Tuvo que perder su país para encontrarlo con las palabras.

El exilio puede machacar al humano y redimir al escritor. Déjenme que termine esta retahíla incumpliendo una de las reglas del principio. Roberto Bolaño, quien vivió su juventud entre Chile y México, y escribió casi toda su obra en Blanes, en Cataluña, siempre dijo que la escritura procede del exilio. Del estado de ser extranjero. Nuestro es el exilio, no el reino, que decía el otro.

Quizá eso explique por qué tantos escritores han buscado, de manera consciente o inconsciente, el destino del expatriado.

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