Cour du Dragon - Eugene Atget

El aura

Walter Benjamin, fundamental para entender la deriva de la investigación académica sobre la estética de la modernidad, sobre el estudio de procesos actuales como el urbanismo, la publicidad o la comunicación política, es una figura sagrada en ciertos círculos, así que hay que tener mucho cuidado de no tomar su nombre en vano. Sin embargo, aquí nos proponemos blasfemar: esta nota pretende llevarle la contraria a Benjamin en uno de sus textos más famosos y relevantes, “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, publicado por primera vez en 1936. No más de diez mil palabras que han tenido el peso de un meteorito, incrementado por la capacidad visionaria de Benjamin y por su trágica muerte en Portbou, que cortó de un tajo su prometedora carrera y dejó inconclusa su gran obra, El libro de los pasajes. Es un autor, además, caracterizado por lo fragmentario (que hizo del corta y pega un arte) y por el artículo plagado de intuiciones poéticas y citas luminosas, por lo que no se deja leer a la manera ortodoxa: sus textos siempre enuncian más de lo que dicen, se resisten a la conceptualización simplona. A la manera del artefacto artístico, las imágenes de la escritura de Benjamin lo protegen contra el método hermenéutico. El crítico, en fin, que se arma contra las futuras lecturas del crítico, conocedor del oficio y sus manías.

En el artículo “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, Benjamin acuña un concepto que se ha hecho muy popular: afirma que en la época de su reproductibilidad técnica el aura de la obra de arte se atrofia. Que la obra de arte sometida a su reproducción mecánica pierde su halo mágico irrepetible, único, que él llama “aura”, a la que define (atentos) como “la manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que pueda estar”). Vale, muy bien, hermosa la imagen, ¿pero qué demonios quiere decir? Benjamin es consciente de que su concepto-imagen no es muy claro, porque retorna a él varias veces para subrayar el significado ritual implícito en el término “aura”, pero desiste de desentrañarlo más. El término “aura” cumple una función dentro del texto, más que ser una herramienta útil para el análisis: remarca esa idea de que la reproductibilidad técnica destruye una autonomía que la obra de arte previa a la industria cultural tenía. De esa manera, Benjamin postula su tesis: si la fotografía o el cine, procesos mecánicos y por tanto industriales, carecen de ese aura, es imposible que sostengan su autonomía. La obra de arte mecánica podrá usarse como se quiera desde la política, incluso con fines fascistas, en esa “estetización de la guerra” de la que habla Benjamin al final del texto, en una de las páginas más lúcidas y premonitorias de toda su obra, levantada como un muro de resistencia frente al auge del fascismo. Así, ese arte de puras imágenes nos lleva a la destrucción de lo individual y de los individuos, es decir, a la guerra, frente a la que se opone el comunismo que defiende “una polítización del arte”. Y ahí justo termina el texto, en un silencio tan elocuente como enigmático, pues en lugar de argumentar la necesidad o los fines de esta politización, Benjamin prefiere callar. Que las soflamas políticas las hagan otros; lo suyo es el análisis cultural.

Atget
Eugene Atget

La imagen

Aura destruida por el proceso industrial, el “arte por el arte” usado con fines fascistas, el campo de batalla para un arte consciente de su poder político: esa son las líneas de fuerza del texto de Benjamin, que en cada relectura ofrece gozosas y singulares intuiciones. Pero esto no es un ejercicio de exégesis, no hemos venido aquí para eso. Mi punto de partida es muy sencillo: ¿y si Benjamin estuviera equivocado? ¿Y si el aura no reside en el objeto único, como él sostiene, sino en su icono? El aura no como una emanación de lo Real, sino como una cualidad de lo imaginario, en su sentido etimológico. Al fin y al cabo, ¿qué es una imagen sino una “manifestación de una lejanía (por cercana que ésta pueda estar)”. He suprimido el atributo de “irrepetible de la cita original de Benjamin, pero ¿de verdad creemos que porque una imagen se multiplique, su aura desaparece? ¿No es justo al revés? ¿No es cierto que cuanto más prolifera una imagen, su poder aurático aumenta?

De acuerdo: estamos malinterpretando a Benjamin. Éste usa la expresión de “aura” para designar un poder, una emanación, una aureola que despierta lo único, lo auténtico (frente a la copia), lo que no ha nacido de un proceso industrial o mecánico. Entender “aura” en su sentido más amplio, con un valor de atracción o seducción de la imagen, en un significado que apela al vórtice de lo visual, es descontextualizar el sentido que tiene en “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”. Puede ser. Y, sin embargo, nos chirría con todas sus fuerzas la afirmación de Benjamin de que un cuadro tiene un aura que el cine jamás tendrá, que el teatro encaja mejor dentro de un sentido ritual o tradicional que cualquier proceso mecánico, como la fotografía. ¿Quién puede sostener ya esto en el siglo XXI? Benjamin no ha quedado caduco, para nada, pero en este texto clásico ignora el inmenso poder que las imágenes y lo Imaginario adquirirán a lo largo del siglo XX, hasta el punto de que podemos afirmar, sin tapujos, sin vergüenza, que el icono, y no el referente real, es lo que de verdad resulta fascinante al Imaginario. Es más: muchas de las obras de arte no-mecánicas, como los cuadros o las esculturas, alimentan su poder aurático de las imagenes que las reproducen, de las visiones que intentan, desesperadamente, atraparlas. De ahí la paradoja, citando a Pascal: buscamos la caza y no la presa. Y es la imagen (por repetible que sea),  no el referente de ésta (por único que sea), nuestro verdadero arrebato.

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