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Después de la ceremonia 88ª de los Óscar, donde Leonardo Dicaprio recibió la codiciada estatuilla, publico íntegro el artículo que escribí para el número 11 de la revista Perroverde, en enero de este año. Sin recortes de edición y con las actualizaciones obligatorias.

Leonardo Dicaprio ganó en la 88ª edición el Óscar por su interpretación en la última película de Alejandro Iñárritu, El renacido. Porque si no lo gana, Leonardo se nos hace el harakiri, seguro. El empeño y el trabajo que le ha puesto el actor a conseguir la estatuilla roza la demencia: ha trabajado con los más grandes directores en la última década, ha evitado volver a hacer blockbusters para ganarse el respeto del gremio, ha hecho de demente, ludópata y hasta de despiadado esclavista en Django de Tarantino para optar a los Premios. Pero nada, sin éxito. ¿Cómo es posible que la Academia sea tan cruel? ¿Es que no ven que Leo lo intenta con todas sus fuerzas? En la edición 86ª estuvo muy cerca: acarició con los dedos la estatuilla tras su papel del financiero sin escrúpulos en The Wolf of Wall Street (es por la aliteración, ya saben), de Martin Scorsese, su aliado y compañero de armas en el giro a su carrera, empeñado en que el público olvide al niñato guapetón de Titanic (1997). Pero tampoco pudo ser: Leo no contaba con la ambición de Mathew McConaughey, otro actor que, como Dicaprio, harto de su encasillamiento como galán en películas comerciales, decidió aceptar papeles mucho más arriesgados, como los que escogió en Killer Joe (2011), Mud (2012), Magic Mike (2012) o en Dallas Buyers Club (2013), con el que la Academia le recompensó con un Óscar. Era previsible: Mathew había adelgazado hasta quedarse demacrado para meterse en la piel de un enfermo de sida, mientras que Leo interpretaba a un cínico ricachón, drogadicto y mujeriego, que en la primera escena sale esnifando cocaína con el culo de una jovencita como mesita. Políticamente incorrecto, vamos. Leo seguro que se mordió los puños recordando esa escena de The Wolf of Wall Street en la que Mathew McConaughey, que interpreta a otro tiburón financiero, se da golpes de pecho y en solo cinco minutos se zampa con su presencia maligna al inocente DiCaprio. Era toda una señal, porque, reconozcámoslo: DiCaprio siempre ha luchado por librarse de esa imagen de baby face que le acompaña desde sus primeras películas. Ahora por fin con El renacido, lo ha conseguido: le ha hecho falta morirse casi de frío entre Canadá y Argentina, dejarse que la piel se le agriete, que el pelo le crezca más allá de los hombros y hasta que rumores malditos como que un oso lo violó tengan que ser desmentidos por la propia productora. En fin, Leo consiguió el Óscar por interpretar a un tipo hundido, salvaje y animalizado, lo que no dice nada bueno de hasta donde tiene uno que arrastrarse para conseguir la aprobación del gremio, ¿no creen?

La gracia de todo este asunto es que Leo lleva rozando la estatuilla desde su más tierna edad. En uno de sus primeros papeles protagonistas, en el que interpreta a un joven con un leve retraso mental en la fabulosa ¿A quién ama Gilbert Grape? (1993), Leo fue nominado como actor de reparto al Óscar, aunque tuvo que conformarse solo con el Globo de Oro. Quizá aquí empieza esta batalla de Leo por conseguir la estatuilla: rozarla, sentirla tan cerca, y plaff, que se desvanezca. De hecho, en el año 1995, Dicaprio hizo uno de sus mejores papeles en la magnífica The basketball diaries, sobre los años de drogas y vida salvaje del escritor Jonathan Carroll, y no logró una nominación siquiera. Leo está sobresaliente en un papel hecho a la medida para consagrar su talento como actor: escenas de borracheras y juergas a tutiplén, peleas, dolor y paranoias. Pero funcionó bastante mal en la taquilla, así que Dicaprio pareció retroceder en el riesgo de sus papeles.

Leo-4En el año 1996 protagonizó Romeo+Juliet, la película que le trajo la fama y la aureola de Narciso adolescente. ¡Leo intrepretaba nada menos que a un Romeo moderno, qué quieren! Pero los actores saben que la fama puede ser tan dañina como el fracaso. Seguramente por la atracción que despertó en Romeo+Juliet, James Cameron lo escogió como polizón seductor para Titanic (1997). Pero aquí no creo que Dicaprio imaginara siquiera el éxito que le venía: convertida en la película más taquillera de la historia del cine del momento (superada después por Avatar, también de Cameron), pasó a convertirse en un arrollador fenómeno mediático, uno de esos que estuvieron a punto de terminar con la carrera de sus actores protagonistas, asociados durante muchos años a sus personajes. Encima, en una película que obtuvo once Óscars, en la que Kate Winslet no consiguió el premio como actriz protagonista, Dicaprio ni siquiera estaba en la lista de nominados. Y eso duele. Mucho. Es como esa leyenda sobre El guardián entre el centeno, quizá la novela más leída en Estados Unidos: dicen que Salinger se pasó el resto de su vida arrepintiéndose tras haberla publicado. Algo así le debió pasar a Leo, que nunca más quiso volver a interpretar a un galán. Perseguido por su fama, Dicaprio decidió entonces que trabajaría solo con directores respetables, (quienes lo aceptaban con los brazos abiertos porque Dicaprio atraía público), y así se labraría una fama de actor serio, dispuesto a expiar sus pecados del pasado. Primero fue con Woody Allen, en Celebrity (1998), en un pequeño papel que anunciaba su propósito de enmienda; después llegó Danny Boyle, en La playa (2000), una película menor, pero en la que Dicaprio mostraba su disposición a hacer proyectos alejados del cine blockbuster. Y por fin Martin Scorsese, que confió en él para Gangs of New York (2002) junto a ese tótem de la interpretación que es Daniel Day Lewis, el mismo año que rodó Catch me if you can (2002), enfrentado a Tom Hanks, el actor fetiche de Spielberg. Y aunque aquel año no hubo suerte tampoco en las nominaciones, Dicaprio iba por el buen camino. En cualquiera de esas dos películas Dicaprio está soberbio, y una prueba de su versatilidad es la diferencia abismal entre los dos papeles.

Dicaprio siguió perseverando, en especial al lado de Martin Scorsese. Esta es una relación interesada, por supuesto: Scorsese, a quien se le resistían las grandes productoras, contempla cómo ceden cuando asoma Dicaprio, protagonista de cinco de las seis últimas películas de Martin Scorsese; Leo, por su parte, se asegura candidaturas y premios. Curiosamente, no será con El aviador (2004), de Scorsese, con la que obtuvo su siguiente nominación como actor protagonista, sino con Diamantes de sangre (2006), de Edward Zwick, con la que estuvo a punto. Leo, que ha ganado una presencia inimaginable comparado con su papel en Titanic, salió derrotado en los Óscar por Forrest Whitaker, quien, por ironías del destino, actuaba en una película ambientada en África como la de Dicaprio.

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Pero Leo no se rinde. En J. Edgar (2011), dirigida por Clint Eastwood, pasó por todas las edades del famoso director del FBI, pero fue por fin con The Wolf of Wall Street (2013) cuando ya parecía anunciado, encima con una película de Scorsese, su compinche, su padrino artístico de la última década. Si no hubiera aparecido McConaughey y su Dallas Buyers Club.

Es fácil imaginarse a Dicaprio perdiendo el paso detrás de Iñárritu, implorando el papel, porque este era uno de esos llamados al Óscar: la Academía tiene debilidad por las interpretaciones de vida o muerte, y ésta lo era.

Luego salió al escenario, recogió la estatuilla con aire distraído, sin que le temblara la voz, interpretando un papel y no dejando sacar al humano que lleva dentro, y terminó pergeñando un discurso para tomar acción contra el cambio climático. La emoción desbordada que esperábamos no sucedió. No es que sea un desagradecido; era su venganza, finalmente cumplida. Que pareciera insensible ante un premio al que lleva aspirando más de viente años, que después de todo no son nada.