Hace unos meses un vídeo de un candidato de Podemos, David Bravo, se hizo viral. Lo que iba a ser un mitin en Almería se convirtió en un monólogo propio del Club de la Comedia, lleno de ocurrencias y chistes ingeniosos. Lo mejor, de todas formas, no era solo su uso del humor como herramienta política, sino que David Bravo había conseguido, con grandes dosis de didactismo, explicar muy bien a su audiencia multiplicada por Youtube qué demonios es la neolengua de los políticos, un término que se hizo famoso por la novela de George Orwell 1984, escrita en 1948. En este libro, en el que aparece por primera vez el televisivo término de Gran Hermano, Orwell narró una sociedad totalitaria obsesionada con la memoria y con el control de la mente, aferrada al miedo y a la paranoia. Para que no quedaran dudas de que la lengua sufriría un control exhaustivo en una dictadura como la que imaginaba, Orwell introdujo un apéndice a la novela titulado “Los principios de la neolengua”. Curiosamente, en 1947, un año antes de la redacción de 1984, se había publicado en Alemania La lengua del Tercer Reich, un diario en el que el filólogo Víctor Klemperer exponía con todo detalle la obsesión que padecían los nazis con la lengua y con los eufemismos que usaban como estrategias de persuasión. No sé si Orwell conocía el diario de Klemperer, pero desde luego ahí está también la neolengua. Solo que esta vez no era ficción.

Por otro lado, que a nadie se le olvide que el régimen estalinista también estaba obesionado con la lengua, hasta el punto de que un error terminológico podía conducirte a un Gulag en Siberia. A las utopías no les gustan los juegos de palabras, ya saben.

En contra de lo que muchos creen, las democracias occidentales no se libran de este virus de la neolengua. Sería fácil mencionar el cuidado extremo que debemos tener hoy en día con los chistes contra ciertos grupos religiosos o étnicos, sobre todo si el comentario se retuitea o queda grabado. Pero lo cierto es que la política contemporánea no practica tanto una hipercorrección contra las ofensas (ahí tenemos a Donald Trump amenazando con vetar la entrada a los musulmanes en los USA), como la utilización sistemática de ciertas palabras para censurar a movimientos sociales o enemigos políticos. Se echa a funcionar lo que en semántica se llama la connotación: el valor figurado, y, sobre todo, las asociaciones que nos despiertan ciertas palabras. Si tildo a cierto partido de “radicales”, ¿qué más tengo que argumentar?

Cada época política tiene su vocabulario predilecto, y la nuestra también. David Bravo, en el vídeo de Youtube que mencionábamos, hace un análisis muy agudo de cómo se ha manipulado el término “antisistema”. Ha pasado de referirse a un tipo que quemaba un contenedor en la calle o lanzaba un cóctel molotov, a referirse a cualquiera que ponga en peligro la llamada “democracia”. Es decir, que si acudes a una manifestación ya puedes ser calificado de “antisistema”, “radical”, “violento” y si me apuran, y tengo un mal día, “cachorro de ETA”. Parece todo un chiste, pero ahí está la hemeroteca para comprobarlo si no me creen. La cosa es que el uso ya se les ha ido de las manos, hasta el punto de que César Luena, el secretario de organización del PSOE, llamó a Rajoy “antisistema” por rechazar la candidatura de la investidura ante el Rey. Tanto se abusa de ciertos términos que ya no significan nada, vamos, así que o se exagera el grado del siguiente insulto (¿qué llamaría entonces Luena al líder de ERC, Oriol Junqueras, que incluso se negó a ir a ver al Rey?) o se deja de usar esta neolengua política. Pero ya sabemos perfectamente que esto no va a pasar.

El término más recurrente ahora entre políticos y tertulianos periodísticos es “populista”. Todo lo que tenga un halo de reivindicación de derechos sociales es populista, todo lo que invoque el rechazo de ciertas reglas heredadas es populista, plantear una reforma constitucional es populista (ahora, ya, por fin, lo admiten todos los partidos políticos) y hasta consultar a las bases o a los electores es populista. Eso es lo que hizo el domingo el periódico El País en su editorial del 31 de enero de 2016 titulado sutilmente “El PSOE no es la CUP” donde afirmaba, entre otras lindezas, que “esa tendencia de acudir a las bases cuando el dirigente tiene problemas es recurso de políticos mediocres y de organizaciones populistas, no de un partido serio y comprometido en la gobernabilidad de España”. En fin, que consultar a los militantes es populismo, y que es mucho mejor, dónde va a parar, tomar decisiones sin consultar a nadie. Dentro de poco, ya lo verán, hasta convocar elecciones o referéndums será populismo.

En fin, para qué vamos a discutir si ya tenemos términos que lo simplifican todo. La neolengua ha triunfado y el debate ha muerto. Aunque sin duda el vocablo que se merecía un Óscar otorgado por los Académicos de la Lexicografía Política es “casta”, usado hasta la extenuación por Pablo Iglesias en el 2014. No se sabía bien el alcance de su polisemia, si se refería a todos las élites del poder o solo a las del PP y a los del PSOE, pero es un hecho que desapareció después de las elecciones municipales y autonómicas del 2015. A veces también hay que negociar con la casta (aunque suene fatal), así que mejor dejar de usarlo. Empezó a extenderse, en cambio, el término de “partidos viejos”, y todos sabemos que nadie quiere ser asociado con el mundo viejuno.

El nuevo marketing político ha demostrado que también sabe inventar sus términos y colar de su cosecha nuevas palabras en el diccionario de los políticos. Otra señal más, supongo, de que la neolengua está en constante lucha. Eso sí, que no se nos olvide de que a los imputados en un caso ahora se los debe llamar “investigados”, según la nueva Ley de Enjuiciamiento Criminal. “Investigado” es, qué duda cabe, una palabra mucho más limpia y aséptica, sin esas desagradables connotaciones que despierta la fea “imputado”. Dejaremos, en cambio, antisistema y radical para las declaraciones ante los micrófonos.

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