IMG_1484Los Ángeles

  1. L.A. es una ciudad plana, sin apenas relieve, con una cadena montañosa al norte, que le sirve de cuenca fluvial, y una costa serpenteante al oeste de cientos de kilómetros. Más allá de la conglomeración urbana, los desiertos, que ocupan varios estados federales, y las autopistas que, como remiendos o cicatrices solitarias, son el único paso a los núcleos habitados.
  2. Las carreteras son el verdadero centro de L.A. Tiene varios puntos (el Downtown, Beverly Hills, Santa Mónica, Pasadena), que atraen más consumo y comercio, pero en realidad el verdadero polo de atracción de la ciudad son sus autopistas, sus  carreteras y sus nodos de circulación, de una eficiencia impresionante, de cinco, seis, siete carriles en la mayoría de los tramos de las free highways, que se conectan unas con otras con exactitud y que transmiten a los conductores su espíritu de precisión y fluidez: en L.A. se conduce como si a todos nos guiara una radio de ondas electromagnéticas, de coordenadas fijas. Ríos de coches que respetan escrupulosamente la distancia, la velocidad máxima permitida, las orientaciones de seguridad. Inevitable acordarse de Crash y sus hibridaciones entre el asfalto y la carne, así como La isla de cemento, también de Ballard, en la que un conductor queda atrapado, tras un accidente, en una tierra de nadie cercada por un nudo de autopistas.
  3. L.A. es una ciudad en la que el centro gira, no se está quieto, circula a velocidad de automóvil.
  4. Impresionante cómo los lugares emblemáticos de L.A. (entendiendo emblemático en su sentido más vulgar) irradian iconografía cinematográfica. Es imposible separar esos lugares de su imagen nacida y multiplicada en las pantallas, primero IMG_1456porque los extranjeros de esta ciudad así los conocimos, y, segundo, porque nuestra atracción hacia ellos procede de esa imagen o visión, tal como sucede en Nueva York o en Las Vegas. No es el lugar en sí o el objeto real el que nos seduce, sino la imagen o el simulacro generado en torno a él. Sería ridículo defender que el objeto real supera a su signo, desde luego, eso ya lo sabemos desde hace tiempo, pero en ciudades como L.A. ese concepto cristaliza en su versión más radical: amamos el simulacro, lo Real es banal, sucio, contaminado de tiempo. Por un lado, por ejemplo, el famoso paseo de las estrellas en el Sunset Boulevard, plagado de turistas en busca de la fotografía definitiva, y nada, no existe, imposible atrapar algo tan prosaico como una baldosa cuya particularidad esencial es que tiene escrito el nombre de un famoso. En fin, ridículo: no te has hecho miles de kilómetros para mirar una baldosa. Por otro lado, quizá el lugar más icónico de L.A., el famoso cartel de Hollywood colgado en una colina, convoca oleadas de mirones al observatorio del Griffin Park, donde se pueden hacer los mejores selfies de la zona, aunque una vez allí comprobamos, algo consternados, que las letras son otro bluff, que su gracia está dentro de la pantalla, que su poder es ubicuo e inasible y por tanto su materialidad real no le hace justicia. Afortunadamente, contemplar la fotografía, que no el objeto real, de una baldosa del Paseo de las Estrellas o de las letras colgadas de Hollywood, restaura su aura mágica. Walter Benjamin se equivocó aquí por completo: en la sociedad del espectáculo, lo real es lo que carece de aura, no así su imagen (ya sé que esto es puro Baudrillard, pero qué quieren: los USA crearon a Baudrillard).
  5. Coincide nuestro viaje a Estados Unidos con el estreno de la última película de Star Wars de Disney, The force awakens, y la presencia de su merchandising es abrumadora. Imposible no enterarse del estreno de la película o de cualquiera de sus derivados: camisetas, muñecos, tazas con el logo de la película o con el dibujo de Darth Vader… Todo este acontecimiento forma parte, de alguna manera, de la ciudad, que, identificada con su simulacro, se empapa hasta los tuétanos de las imágenes que proliferan y se diseminan por todas sus calles y sus núcleos.
  6. Los barrios de L.A. se componen de manzanas de cuadrícula, con casas de porche y jardín en su trazado, casi siempre circunscritas en algún bulevar para el tráfico y las tiendas. Rara vez se mezclan estos conceptos: el barrio residencial (nacido casi siempre en las calles perpendiculares del bulevar) carece de comercio, y la carretera principal apenas alberga viviendas, y sí locales, la mayoría de una altura, que suelen ser alargados y coloridos. La ciudad tiene algo de mecánica pensada y previa al asentamiento humano, como sucede con sus carreteras, que parecen construidas en sus inmensas dimensiones mucho antes de que llegaran las coches y el crecimiento poblacional. La ciudad como mapa del futuro
  7. Difícil sentir el pasado. Lo tiene, por supuesto, pero quizá en su sentido más cinematográfico que urbano. El Dowtown de L.A., por ejemplo, una de las zonas más interesantes de la ciudad, acoge edificios antiguos junto con otros de nueva creación, como el famoso Disney Concert Hall. Sin embargo, es el barrio nuevo generado en torno al edificio de Frank Gherry el que ha atraído a residentes adinerados, mientras que edificios como el antiguo United Artists Theater envejecen sin apenas actividad.
  8. Inmensa, gigante, desaforada, L.A. es una de esas ciudades-cosmos, que contienen dentro varios países y culturas, todas a la vez y todas consumibles. Obvio que que su cosmopolitismo procede de su población inmigrante, la de ahora y de la entonces. Su falta de identidad cultural se ha convertido en una virtud.

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Las Vegas

  1. Después de muchas horas de desierto en la autopista, después de horas de colinas pedregosas y escarpadas en algunos tramos, secas y sin rastro de agua en todos, irrumpe Las Vegas como un truco de ilusionista,  una visión resacosa o, simplemente, como un delirio urbanístico. La identidad de simulacro que está en potencia en Los Ángeles se multiplica en Las Vegas: todo tiene un aire de ensoñación, de copia (no disimulada) y de atrezzo cinematográfico. Tiene algo de escenario perpetuo, sin envés. Las Vegas existe por y para la representación. Si caminar Nueva York es como entrar por fin en la película y pasar al otro lado, y circular por Los Ángeles es sentir esa luz blanca y transparente que necesita el cine, Las Vegas es un lugar hostil (levantado en mitad del desierto) que sobrevive gracias a su naturaleza de ficción. Las mentiras nos salvan, dicho de otro modo, y Las Vegas es una maqueta de principio a fin.
  2. Curioso que la fama de Las Vegas proceda sobre todo de los casinos: el juego del dinero llevado a los altares, que es de alguna manera la metáfora perfecta de la sociedad del espectáculo. Cualquier número puede ser elegido por la bola en la ruleta, cualquier combinación desencadenada por el azar materializarse… Jugar con el dinero, a ganarlo o a perderlo, pero jugarlo hasta el fin y hasta sus últimas consecuencias (los casinos están abiertos 24 horas todos los días del año) como complemento perfecto del simulacro, de la imagen llevada aquí a su reproductibilidad más radical, esto es, el pastiche. Una copia de la Estatua de la Libertad de Nueva York se alza a unos cientos de metros de una de la Torre Eiffel de París: como en Wonderland, Las Vegas tiene algo de capricho infantil y pasajero.
  3. Los símbolos accidentales que ha generado la ciudad son bien llamativos. Dos modelos conviven en Las Vegas: uno es luminoso (de noche y de día) y exterior, de puertas afuera, ocupado mayoritariamente por turistas, fiesteros, vagabundos y Las Vegasmirones; otro es sombrío e interior, de moquetas y luz artificial, hecho de puertas adentro, impulsado por los casinos y la vida privada de los hoteles, y los ludópatas se han hecho fuertes en él. Muchas veces los dos mundos no se encuentran: hay jugadores de casino que apenas ven la luz solar en las Vegas, que solo abandonan el hotel de vuelta a sus hogares cuando se han fulminado la plata o han ganado algún tipo de consuelo; hay también turistas en busca de las huellas míticas de Las Vegas, de las salas de Elvis Presley, de los rótulos del Flamingo. Estos tal vez jueguen algunos dólares en los casinos, sin duda, pero nunca tendrán la fe grabada en los ojos de los verdaderos jugadores, quienes les rechazan con su indiferencia.
  4. Las Vegas es pequeña, encogida. Si encima le sumamos la oscuridad de los casinos, tiene algo de receptáculo de madriguera. Los Ángeles es desaforada y extensa como una mancha de aceite; Las Vegas granjeó su fama en torno a una milla de oro, a un paseo de no más de dos kilómetros donde se concentran los casinos y los hoteles más famosos.
  5. Las Vegas es un lugar turístico. Mal dicho: el turismo existe por lugares como Las Vegas. Una ciudad para ser fotografiada, llena de antros cutres y de restaurantes carísimos, de franquicias y de marcas, un espacio que nunca duerme, que ha hecho del hotel y de su idiosincrasia su ADN. Creo que fue en Cool memories, su cuaderno de viaje por Estados Unidos, donde Baudrillard acuñó aquella famosa frase de “Bienvenidos al desierto de lo Real”. Yo creo que no hay mejor definición de lo que es Las Vegas.
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