Juan Tallón

Los gallegos se han rebelado. Aunque también podría escribir “revelado” y seguiría manteniendo la misma idea: cansados de su marginalidad en su Barataria prodigiosa, han decidido asaltar la capital, como otros querían conquistar Manhattan o Berlín, y sus nombres han empezado a relucir en las brillantes páginas de los periódicos nacionales. No sé si fue primero Manuel Jabois, del que ya hemos hablado por aquí, pero luego, a la zaga, o juntos, o casi en comandita, ha llegado Juan Tallón, un autor que he descubierto este verano por El País (ya lo sé, eso no dice nada bueno de mi reducida lectura de prensa), pero que venía escribiendo desde hace tiempo en Jot Down, en el Progreso de Galicia y en otros medios digitales y de papel. Es una vergüenza que me entere tan tarde de que hay un escritor tan formidable como él por ahí. Un delito por mi parte. Pero lo es aún más que su obra (por incipiente que parezca) no se conozca más, que haya tardado tanto en alcanzar grandes medios o que de sus libros (los cuales, por desgracia, aún no he leído ninguno) no se haya escuchado apenas nada. Es todo un síntoma. Casi igual que ciertos nombres se anquilosen en suplementos literarios, en páginas de dominicales o en los grandes lanzamientos editoriales, como si estuviera pasando lo mismo en la última década y, por tanto, necesitáramos a los mismos de siempre para contarlo. Como ver el mismo telediario todos los días. No digo el de la misma cadena; digo el mismo programa: con los mismos presentadores, los mismos políticos, las mismas noticias (las deportivas, con presentadores exclusivos), los mismos clichés en torno a los miedos que atenazan la patria. Alguien decía una vez que la literatura nunca es un problema de sintaxis. “La literatura se escribe con palabras solo en apariencia”, decía Mario González Suárez, y ahí está contenida una verdad absoluta para seguir avanzando, para derrumbar prototipos, repeticiones machaconas y enésimas variantes del mismo relato. Y para que esa idea salga de los cenáculos vanguardistas y llegue no solo a los lectores, sino incluso a los propios escritores, a los que quieren contar historias, hace falta un compromiso mayor con el arte. Sí, con el arte. No estoy hablando de premios, fama o poder. Solo de arte, algo tan minúsculo como devastador, algo tan inútil como insustituible. Quizá para eso hace falta cambiar demasiadas dinámicas culturales de intereses creados que venimos arrastrando desde hace décadas; quizá ya es demasiado tarde, y los nuevos, como Tallón o Jabois, se dan pronto cuenta de que ellos también tienen que aprender rápido y adaptarse para no ser expulsados. Huyeron de la marginalidad de la provincia, pero saben muy bien que la marginación siempre está ahí, a un paso, amenazante, tal vez en unos años o en una década, y que si no cruzan la línea de fuego a tiempo, su momento pasará. Qué mierda que el arte dependa del arte de la subsistencia. Pero es así. Hace poco nos contaba Esther García Llovet en una entrevista que le había sido imposible vivir de la literatura y que la iba a abandonar por el cine. “A la literatura le va a ir muy bien sin mí, no se va ni a enterar”, decía. Y la entiendo, pero no lo comparto, porque todos sabemos que a la literatura le importa muy poco la precariedad laboral o que el mercado editorial ofrezca menos remuneración que el trabajo doméstico. A la literatura se la suda el médium, el medio o el escritor. Es capaz incluso de sacrificarlo.  Se escribe por escribir, enfermo, contagiado: no solo gratis o por la cara, sino incluso aunque jamás te publiquen. Y cuando escritoras con talento y con obras magníficas como Esther García Llovet abandonan, la literatura se resiente. Un grano de sal más en la herida, un paso atrás en la búsqueda.

Juan Tallón, en cambio, parece de los que se han tomado en serio, muy en serio este oficio. Tanto que parece el último mohicano: el último  de una raza condenada a extinguirse, una que se entregaba de lleno, que lo dejaba todo (familia, patria y amores) para alistarse en la guerra de la literatura. Todo lo que he leído de él (sus artículos largos, sus columnas para Progreso y El País) está trabajado con rigor, tiene equilibrio en el tono, deambula entre la erudición literaria y la bufonada con soltura, escribe en busca de frases rotundas sin que arrastren la pesadez barroca. Y siempre es (y me parece una cualidad dificilísima de cultivar) divertido. Juan Tallón es un escritorzazo, sin más. Tiene las herramientas, el olfato y, sobre todo (lo que decíamos antes de que esto nunca es una cuestión de habilidad, como dijo Schoenberg), las ganas de rebuscar en la basura, como explica en la presentación de su blog Descartemos el revólver. ¿Entonces qué demonios le falta para ser la promesa cumplida?

Hace poco decíamos por acá que queríamos ver al magnífico Manuel Jabois internarse  en los confines de la literatura, “si es que los hay”, como escribía el todólogo Marías en el epílogo del libro La caída de Constantinopla 1453 de Steven Runciman. Por el bien de la literatura, no más. Un consejo inocente. A Tallón, en cambio, letraherido consumado, lector voraz de biografías de escritores, le pediría (qué arrogancia la mía) que se alejara unos metros de tanto odradek y tanta vida literaria. Puede hacer lo que le dé en gana, faltaría más, y sus artículos en torno a la literatura y al oficio de escritor contienen, a mi juicio, sus mejores páginas, las más inspiradas, las más luminosas. Sin embargo, ya sabemos cuál es el destino de todo Vila-Matas: girar en círculos. Es cierto que es la única literatura sincera que se puede hacer hoy en día, la única que adopta hasta sus últimas consecuencias los postulados del fin de los grandes relatos. Pero, en el fondo, sabemos que la vida como materia literaria es mucho más oscura, rara y misteriosa. Hablo por experiencia. Cuando escribía adaptando tonos borgianos, la literatura me parecía controlable. Manejable, dúctil. Cuando decidí que tenía que estar solo frente a las emociones, desnudo de armazones teóricos, me di cuenta de que esa literatura es mucho más ardua y  descarnada. A veces atroz, invencible. No valen los trucos. En la escritura sobre la vida no funcionan, y si no que se lo pregunten a Fitzgerald, García Hortelano u Onetti. Quiero creer que a lo mejor no es culpa de Tallón, porque lo que le demandan ciertos suplementos y ciertas páginas culturetas es esa faceta suya de escritor de escritores. Puede ser. Pero, parafraseando al propio Tallón, alejarse de las palabras para entrar en pelotas en la vida es adentrarse en la temeridad. Al fin.

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