Atmosfera Cero

Atmósfera cero (1981), dirigida por Peter Hyams, es una de esas películas de culto que da más de lo que parece y donde el talento se incrementa por el azar. Ha estado siempre lastrada por dos críticas: la de que es un remake, nada disimulado, de Solo ante el peligro (1952, Fred Zinnemann) y la de que su adscripción a la ciencia-ficción obedece a un mero gusto por la estética futurista de los primeros ochenta, pues no le saca partido al género, lo usa como mero atrezzo.  La primera es innegable: como en el western de Zinnemann, el shérif O´Neill (Sean Connery) de Atmósfera cero se encuentra solo y sin ayuda en la colonia espacial, es el único que se atreve a enfrentarse con los asesinos enviados a ejecutarle y la narración se dispone para un clímax final espoleado por el duelo a muerte. Sin embargo, la película de Peter Hyams está articulada en torno a un vector fundamental que la impulsa, la aleja de la deuda contraída con el original de Zinnemann y exprime al máximo su ambientación futurista, pese a las opiniones contrarias. Ese vector es el encierro (tal como pasaba precisamente en otra película estupenda de 1980, que contaba una historia de terror bajo un envoltorio de ciencia-ficción: Saturno 3, de Stanley Donen). La gran baza de Atmósfera cero es lograr que esa atmósfera del título en español (el norteamericano, Outland, también apunta al aislamiento y la soledad) se convierta en la verdadera protagonista del film, la semilla, el hueso del fruto. El encierro como opresión y gatillo dramático, la base espacial que adquiere, además de las obvias resonancias carcelarias, el aire de la factoría que no cierra jamás, que funciona ininterrumpidamente por turnos de doce horas. La factoría convertida en un magma o metástasis que se extiende por todos los recovecos del cuerpo encerrado.

Atmósfera cero-3 El conflicto se desata cuando el shérif  se enfrenta, más por orgullo que por responsabilidad, al gerente principal de la mina de la base espacial, el responsable de que un tipo de droga haya inducido al suicidio a varios trabajadores. La causa de que este alucinógeno se haya permitido es de orden laboral: la droga ayuda a muchos de los trabajadores soporten mejor la intensidad del trabajo, el aislamiento, el encierro absoluto en módulos iluminados bajo focos de luz fría, en una textura apagada,  grisácea y azul, que le da la ambientación tan particular del film (y que recogió la soberbia adaptación al cómic de Jim Steranko). Al final, todos los personajes están encerrados allí por trabajo, de una manera o de otra (incluido el shérif), y solo podrán salir cuando lo terminen. El encierro (laboral), en fin, se convierte en un pasaporte de supervivencia. Nadie puede escapar de la mina a no ser que haya terminado su contrato.  Como pasaba en el western de Zinnemann, toda comunidad tiene sus reglas, y solo cabe asumirlas. O enfrentarse a ellas a muerte. Atmósfera cero, quizá de manera casual, por esas reglas misteriosas que tienen los juegos de la ficción, se vuelve tras su desenlace en una metáfora perfecta del espacio fabril y sus peores pesadillas, y la ciencia-ficción, usada aquí para una reflexión sobre el trabajo y sus condiciones, se infiltra en una colonia del espacio exterior, pues, tal como dice la palabra, ahí fuera no hay nada más que espacio. Que es lo mismo que decir que estamos encerrados en él.

atmosfera cero-4

 

Anuncios