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La entrevista que hice al escritor Manuel Vilas para el número 4 de la revista Perroverde  la publico íntegra, sin recortes de edición, aquí, en El Varapalo. Con él charlamos de la literatura como tauromaquia, del humor transgresor y de algunas de sus obras más radicales.

— Tu primer libro de narrativa publicado es Zeta (recientemente reeditado por Salto de Página) en el año 2002. Cuando eso sucede tienes 40 años. ¿Publicaste muy tarde o te acercaste muy tarde a la ficción?

Llevaba toda la vida escribiendo, pero sí, de alguna manera yo soy un escritor tardío y me manifesté en la prosa a los 40. Mi aprendizaje fue lento. Me costó encontrar lo que quería decir, lo que quería ser en literatura.

–Una de las cosas que me sorprendió de Zeta (aunque ya aparecen elementos presentes en toda tu obra posterior) es sobre todo una resistencia a narrar, pues más que un libro de prosa poética se ve un intento de escribir de otra manera, con otras estrategias.

Sí, es así. Yo procedía de la poesía y narrar me parecía, de alguna manera, vulgar, prefería cantar las cosas más que narrarlas. Poco a poco, sin embargo, me fui dando cuenta de que a mí me interesaba contar historias, lo que pasa que en Zeta no se cuentan a la manera del cuento clásico, y con una preocupación especial por el lenguaje. Llevo a gala que mis libros, tanto los de poesía como los de prosa, son tildados de anormales, de raros, y ya en Zeta está esa cuestión, que es un libro de relatos sui géneris.

–Lo mismo pasa con tu libro España, uno de los más populares, que no se sabe si es una novela o un libro de cuentos.

Sí, ese debate ha sido larguísimo. Yo sigo pensando, sin embargo, que es una novela… En en fondo da igual. Creo que la literatura se manifiesta en la forma que le da la gana, en un periódico, en un estado de Facebook, en una novela. De modo que los géneros literarios tienen un fundamento más pedagógico que real, pues así nacieron en el siglo XIX: con un propósito didáctico. Homero no escribía poesía; escribía literatura y punto, en el sentido de su época. Los géneros literarios han estrechado la literatura, aunque de nuevo en el siglo XXI se han vuelto a desvanecer.

–Otra idea que me parece importante en tu obra, que ya aparece en Zeta, es la localización. Tu primer libro se llama así por Zaragoza, y uno de tus libros más populares es España.

Yo he vivido en Zaragoza, y por tanto exploré la vida desde esa ciudad, que era en la que vivía. Si hubiera vivido en Madrid, hubiera hecho lo mismo. Intentaba buscar la pulsión última de las ciudades y sí, busqué qué era vivir en mi ciudad, pero al final acabas alcanzando qué es vivir en cualquier sitio.

–¿Pero no marca el hecho de que Zaragoza sea una capital de provincia, con su idiosincrasia particular, lejos de otras ciudades más cosmopolitas o abiertas?

Creo en una capital de provincias se puede alcanzar una esencia de la vida española, que es lo que yo andaba buscando, quizá mejor que en la capitalidad. Me interesaba qué era el país en que me había tocado vivir, porque sabía que eso iba a condicionar mi vida y qué me cabía esperar… Me interesa el contexto histórico y político en que vivo. No soy de esos escritores que viven en una atemporalidad. No es mi caso. Mi literatura está marcada por mis circunstancias y, por tanto, mis temas están marcados por el contexto que me ha tocado vivir.

–Pero tu literatura no es para nada costumbrista…

No, para nada, porque he querido ensanchar la tradición literaria española que me ha tocado con el pop, que es fundamental para mí, es el mundo en el que me he formado. Y yo, junto con otros miembros de mi generación, como Fernández Mallo, hemos imbricado la literatura española con el mundo del pop.

–Ya había antes otros autores españoles como Ray Loriga o Kiko Amat que ya habían empezado, ¿no crees?

Sí, es cierto. Pero quizá nosotros lo hemos hecho de una manera más radical.

–Ahí aparece de hecho otro de los elementos más interesantes de tu obra, que es el humor. Por un lado, está usado como una herramienta de transgresión, y por otro es una técnica narrativa, una manera de jugar con la prosa y el relato. Curiosamente, el humor sigue estando muy estigmatizado, sobre todo en la literatura española.

Para los que practicamos el humor en la literatura siempre se nos mira como bichos raros. Antonio Orejudo siempre se ha quejado de esto. Y lo comparto. Que el humor en España no tenga el prestigio de la solemnidad y la gravedad de otros géneros, pese a que Cervantes inventó el humor moderno, es incomprensible. ¡Y más en un país que ha parido a Luis Buñuel, uno de los grandes humoristas del siglo XX! Con el humor se pueden fabricar todas las alegorías y parodias, y se puede hacer una literatura genial. Para mí es una forma de comprender el mundo. Yo, sin humor, no voy a ninguna parte. A mí ya me resulta imposible hablar en serio. Una de las cosas buenas de la posmodernidad es enseñarnos que la solemnidad ha caducado, porque de alguna forma cualquier discurso es humorístico, todo discurso es humorístico. La gravedad ha periclitado. Y de alguna forma, creo que todo el mundo lo sabe: que lo que se entiende por solemne y por grave es una impostura. Y el humor nos recuerda eso.

–Que todo es un teatrillo.

Exacto. Todos los discursos políticos son un teatro. ¡Todo es mentira! Y los que nos dedicamos al humor, lo recordamos, y el lector nos lo agradece.

–De hecho, España es un país que ha cultivado con gran ingenio la comedia negra, con numerosos genios que se han dedicado a ella, como Rafael Azcona.

El Verdugo es, sin duda, una de las películas más excepcionales que he visto en mi vida. Y que se cuestione el humor como una forma de entablar un discurso…

–O Valle Inclán…

O Buñuel, que es en realidad un gran humorista. ¡Si es que los grandes son humoristas! Cervantes, Kafka, Joyce, Beckett… Todos ellos son humoristas.

–Sí, en tu obra veo rasgos de Beckett y de Celine, de hecho.

Más de Céline, comparto más su humor cáustico que el de Beckett. Pero para mí el gran maestro es Kafka. Yo me hice escritor, de hecho, por Kafka.

–Como Mario Levrero, vaya.

Cuando leí la obra completa de Kakfa, cuando lo leí de cabo a rabo, me di cuenta de que me apetecía ser escritor. Había leído antes de él a otros autores que también me habían gustado, pero Kafka me impactó, me caló mucho.

–No hay Borges sin Kafka, por ejemplo.

Sí… Esto me recuerda una frase de un escritor norteamericano, a quien le preguntaron qué escritor le gustaba más, si Borges o Kafka, y él dijo que Borges era como unos maravillosos fuegos artificiales, y Kafka, en cambio, era como el incendio de un hospicio.

–Joder…

Sí, yo creo que es una buena descripción de ambos escritores (risas).

–Esto que cuentas me hace preguntarte si crees que tu obra se ha atemperado, si en libros como El regalo luminoso hay una estructura más tradicional.

No, no, para nada, mi obra se ha ido radicalizando con los años. Es cierto que en El regalo luminoso hay planteamiento, nudo y desenlace, pero mi mundo y mis temas se han ido radicalizando con los años.

–Es curioso, porque aunque tu obra plantea una crítica del poder, ha tenido éxito, y en muy poco tiempo eres popular, has ganado varios premios. ¿Qué ha pasado?

Yo creo que el poder no me ha leído (risas). Hombre, tampoco tengo vocación de ser un marginal de la literatura, quiero ser leído. Pero tampoco voy a renunciar a mis temas, que son llevar al lector al límite, al borde del mundo en que vivimos. Yo, de hecho, me considero un escritor tremendamente político. Me gusta tocar los temas políticos más calientes, más incómodos, siempre desde la parodia y la ironía, porque me arriesgo a que me corneen el toro, pues eso es lo que me gusta de la literatura, que la concibo de alguna forma como una tauromaquia. Que es la cercanía al peligro, al riesgo, que a veces puede ser no decir nada. No ser censurado sino caer en la insignificancia. Me gusta llegar a esos límites. No porque me guste, sino porque el mundo te conduce hacia allí si de verdad quieres entenderlo y narrarlo… Por otro lado, no siempre soy consciente de lo que estoy haciendo, me muevo por impulsos inmediatos, y a veces se me da mal la teoría, y cuando esta es previa al acto de escribir, no me interesa. La literatura es una fiesta, un gran carnaval, un acto divertido. Mi literatura es un gran sí a la vida.

–No es nihilista, pese a que…

¡No, no para nada! El nihilismo es lo peor. No me considero nihilista. Mi literatura es un gran sí a la vida, siendo consciente de cómo es de verdad la vida. El nihilismo no te hace feliz, y encima me parece pretencioso, porque es mentira. Mi literatura es extremedamente whitmaniana, eso lo tengo claro, y en eso me aparto de Celine y Beckett. Y no creo que Kafka fuera nihilista, porque el humor de Kafka es cervantino… De todas formas, mira, Ballard decía que la entrevista era un género de ficción para un escritor. Porque éste construye en la entrevista una imagen de sí mismo, que tres días más tarde puede cambiar, y decir justamente todo lo contrario que ha dicho… Lo que puede ofrecer un escritor a la sociedad es la capacidad de reinvención constante, la capacidad para ficcionalizar, en el mejor sentido de la palabra. La ficción como una ampliación de la inteligencia, y por tanto a imaginar más, a ser más libre…

–Todo poeta es un fingidor, que decía Pessoa.

Sí, en alguna medida, sí. En otra no, miente para decir una verdad mayor, una verdad que le supera. También creo que lo dice porque la experiencia literaria es muy evanescente. Y ambigua, porque nunca se sabe qué es verdad y qué es mentira, porque la vida misma es así, no es bueno ni malo, es que el escritor duda porque la experiencia también te hace dudar, y no sabes nada, y cuando lo quieres saber, te mueres (risas). La vida misma es muy evanescente. Cuanto mayor te haces, más evanescente se hace todo.

–Se desvanece España…

¡No solo se desvanece España! Te desvaneces tú, ¡se desvanece el rey Juan Carlos, que era de mis personajes predilectos en mis novelas. Ahora han puesto a otro… Ya ni siquiera te queda el rey con el que has crecido y has estado toda la vida. Esto el colmo (risas).

–Una última cosa. Tu literatura es muy oral, casi desde tu primer libro, Zeta, en contra de la gran tradición literaria española, que defiende sobre todo la palabra escrita. Sin embargo, tu obra entronca con ese rasgo básico de la oralidad española, que es hablarlo todo y tocarlo todo.

Eso es. A mi literatura le gusta lo coloquial, porque le gusta lo que la gente habla y discute. Por eso mi literatura es carnavalesca: intenta trasladar al texto lo que los españoles hablan y dicen. Mi oído está hecho a esa expresividad, y no sabría escribir en un español neutro, sin los modismos de mi oralidad, por ejemplo. Todo está conectado con el lenguaje de la calle.

–Sin embargo, el canon no lo admite con facilidad.

Eso está relacionado con lo que hablábamos antes: la solemnidad. El español cuando habla es humorístico, y apasionado, y muy carnavalesco. Junta a cuatro españoles en una barra de un bar, y verás qué conversación más salvaje y acerada sale. Y nuestra literatura lo ha hecho con gran ingenio. Pienso en Valle, en Luces de bohemia, pero también en El Quijote, porque al fin y al cabo don Quijote y Sancho Panza son dos tipos hablando. ¡Del mismo pueblo!, que a veces se nos olvida, porque tienen los mismos códigos, y van construyendo el mundo desde la oralidad.

–Quizá terminarás escribiendo teatro.

Pues quizá. Hombre, mi libro Listen to me, que es un libro de estados del Facebook, lo presentamos con actores, lo defendimos como una representación teatral. Quién sabe, a lo mejor me pongo a escribir teatro, y me va mejor que como me va.

–¡Pero si te va muy bien, eres un escritor consagrado!

Está muy jodido. Lo que está claro es que en España es muy difícil vivir de la literatura. Y eso es una tragedia, porque la literatura es un trabajo a jornada completa, no es una tontería. ¡Es leer y escribir como un hijoputa! Y hay que estar muchas horas corrigiendo. Y no poder vivir de lo que te lleva tantas horas de trabajo acaba siendo traumático. En España solo se pueden profesionalizar tres, por desgracia.Y si en un país sus escritores no se pueden profesionalizar, entonces es que ese país lo lleva mal, porque sus escritores no lo van a hacer bien, no van a poder dedicarse a su trabajo en condiciones.

Zeta