Sarajevo

Solo se puede escribir desde la resistencia  dentro de una ciudad sitiada, bombardeada a diario, en la que los muertos civiles superan a los milicianos caídos en el frente, una guerra absurda, una guerra que no es tal, porque el cerco de Sarajevo se convirtió en una matanza consentida por la Unión Europea, pésimamente gestionada por la ONU, un crimen contra la humanidad que culminó en aquella abominación anunciada que fue la masacre de Srebenica en julio de 1995, en la que alrededor de 8000 hombres de etnia bosnia musulmana fueron ejecutados a manos de los grupos paramilitares serbios tras la marcha de los cuatrocientos cascos azules holandeses que mantenían esa zona segura. Srebenica fue la culminación de la atrocidad, pero la guerra empezó antes, mucho antes, y poco se hizo por detenerla durante años, y cuando Alfonso Armada fue enviado en el verano del año 1992 por el periódico El País a cubrir como corresponsal el cerco de la ciudad aún faltaba información de la desigualdad de la contienda y de su cara más despiadada. El periodista pronto toma partido, sin embargo, del lado de los sitiados, con miedo y con vergüenza, porque no deja de preguntarse cómo es posible que esta guerra esté sucediendo en el corazón de Europa, en el Sarajevo que sirvió de escenario para el inicio de la Primera Guerra Mundial y que, de nuevo, en una de esas ironías trágicas de la historia, sirve de recinto mortuorio para que el siglo XXI comience, como en aquella sentencia célebre de Susan Sontag, “el siglo XXI empieza en Sarajevo”: el genocidio, el killing field del que el siglo XX estuvo preñado, sirve otra vez de metáfora de nuestro destino político.

Y ante esta locura, ante este crimen contra la población civil bosnia de Sarajevo, que está sucediendo ante los ojos de toda Europa, ¿cómo se puede escribir?, como no deja de preguntarse Alfonso Armada a lo largo del libro, de qué sirve escribir, para qué. Alfonso se cuenta en su diario personal, con dudas, sin fe, que por confianza en la memoria y en la palabra, que da voz a los invisibles, a los desaparecidos, a los indefensos, a los muertos, a las víctimas que sí tienen nombre y rostro, como no deja de repetirse,  y envía desde el cerco de Sarajevo unas crónicas periodísticas sobre la vida y el horror, o de la vida dentro del horror si prefieren, como esas páginas que cuentan el viaje de un conductor que cruza la ciudad tomada por los francotiradores para celebrar su cumpleaños, o las dedicadas al cementerio plagado de nuevas lápidas con la fecha de 1992 grabada, o el relato sobre la compañía teatral que estrena su obra en un refugio, bajo un techo que tiembla  por los impactos de los proyectiles.

Muchos años después, más de veinte, Alfonso Armada se ha decidido a recopilar esas crónicas periodísticas sobre el cerco de Sarajevo junto con las entradas de su diario personal en un libro precioso editado por la editorial Malpaso. La conjugación es sorprendente y audaz: el diario, que es sobre todo lírico, plagado de impresiones y de fotografías emocionales, sirve de contrapunto a las crónicas periodísticas, de aliento narrativo la mayoría, vivísimas, escritas en un estilo seco, con el afán de que el tono despojado, casi sin adjetivos, subraye, precisamente por su falta de retoricismo, los hechos atroces. El epílogo, una crónica del viaje del 2013 que hizo con el fotógrafo Gervasio Sánchez (algunas de cuyas fotografías están en el libro) a los escenarios de la guerra de Bosnia no deja de ser una eficaz manera de cerrar la historia: Sarajevo renace y la vida sigue, pero el horror aún está ahí, sepultado o grabado en las huellas que dejó la guerra, latente en una memoria que no quiere ni debe permitirse olvidar. El olvido sería una forma de aceptar el genocidio y la vergüenza, pero también la inutilidad de la escritura, que combate sola y pobre,  con las manos vacías, desde la muerte.

Sarajevo es un libro del mejor periodismo, del que se sale emocionado por la vida capturada en él. Creo que ese es el mejor elogio que se puede hacer de este texto escrito sin trampas, sin trucos, con la intención de no caer en la complacencia de la literatura: un libro escrito con sangre.

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