madridPor azar, entre los artículos del periódico que visito con más frecuencia, lo descubrí. Luego más tarde recordé que su nombre me sonaba, que lo había visto en Pepitas de Calabaza y en Jotdown, y que había oído hablar de él,  siempre bien, mucho antes de que me pusiera a leerlo en serio. Cuando leí el título de su artículo sobre Rodrigo Rato, Juguetes para  un tiempo prohibido, me imaginé un sortilegio literario de los suyos, una caza a vuelapluma ingeniosa y divertida. Y lo era, pero a gran escala: una breve obra maestra que bastaría para palmearle el hombro y felicitarle durante semanas. Manuel Jabois me había conquistado. Ya no tenía que hacer más: sabía que en cuanto leyera su firma deslizada entre las manchas negras de la pantalla, lo leería. Era su nombre el que me llamaba.

Sorprende su edad y su talento, aunque una cosa no depende de la otra. Jabois es una rareza, un periodista de los que ya no quedan, un modelo condenado a extinguirse, porque no hace opinión ni periodismo al uso. Jabois escribe articulismo, que es un género  arrinconado en las redacciones de los periódicos (saturados de notas de empresas sobre prensa, y no al revés), caracterizado por dejar espacio y estilo al periodista para su crónica. Y en eso Jabois es inigualable: ingenioso, divertido, juguetón, antepone el ritmo y la fluidez de la prosa antes que la solemnidad del estadista, y es de agradecer. Su preferencia por las noticias de cierre, como los partidos de fútbol o el escándalo político del día, denota su tendencia a lidiar con las horas contadas y las líneas apretadas. Es un artista de la escasez, de la cuartilla, de las mil palabras precisas rotando, como corresponde al articulista que se precie de serlo.

Sin embargo, no dejo de pensar que su talento está siendo desperdiciado (esta idea me vino anoche en un desvelo junto con la de escribir este artículo). No es una provocación por mi parte. Ya decía Umbral en Mortal y rosa que quería destripar su obra y su trabajo en los periódicos, en una suerte de venganza contra sí mismo tras la muerte de su hijo pequeño. Una forma de inmolación del artista o algo así. Y Umbral, que era un grande, no pudo dejar la literatura, casi a su pesar: al final le salían novelas aunque él no quisiera, como Un carnívoro cuchillo, ese relato largo en el que asesta zarpazos de estilo a cada línea. Jabois, por lo que he leído sobre él, se queda con la vida. Entre la ficción y la experiencia, dice, se queda con la última como materia prima para la escritura. Bien, de acuerdo, eso está muy bien. Pero no es verdad, Jabois. La ficción no está reñida con la experiencia, ambas se contagian todo el tiempo, se acuestan juntas cuando menos te lo esperas. Creo que es un problema de género, porque el articulismo, pese a su brevedad, exige, reclama y chupa, y nunca tiene bastante, siempre pide más, porque el artículo perfecto siempre está por llegar, la frase aún más redonda, el adjetivo que falló. El articulismo es literatura por la ley más sagrada de todas, la del vampiro: pide todo al escritor y le entrega a cambio una limosna tras dejarlo exangüe.  Sin embargo, a veces el escritor tiene que escapar  de sus límites  y, aunque se pierda, aunque falle, aunque salga derrotado, perderse en lo desconocido. No porque sea su obligación ni su deber moral, ni mierdas de ese tipo. Tiene que hacerlo por la literatura, que es la que de verdad manda y para la que el escritor es solo un medio, una hormiga, un guiñapo. Porque, y eso lo sabe cualquiera que escribe, Dios es el texto, no su nombre.

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