134269-3

 

¿Iría usted al cine a ver fotografías?

Decir que La sal de la tierra es un film es impreciso, porque dos tercios de su metraje son fotografías de Sebastiao Salgado comentadas por él mismo, fotografías que ocupan toda la pantalla, que revelan un detalle u otro en la ampliación del plano. Junto a ellas, un breve contexto biográfico y unas pocas entrevistas, casi todo material de archivo del hijo de Sebastiao Salgado, quien firma junto a Wim Wenders, reducido aquí a poco más que montador. Y aunque es obvio que el nombre del director alemán ha abierto las puertas a la distribución de este film atípico, creo que sí, que por el resultado merece la pena ver ese álbum de fotos que es La sal de la tierra, pues las planchas de blanco y negro de Salgado, ordenadas en este documental casi cronológicamente,  adquieren vida y sentido narrativo: La sal de la tierra se recrea en la obra y en lo que captó la cámara, y no en todos los aspectos accidentales y perfectamente circunstanciales de la vida del artista. Además, la belleza y el terror de la obra de Salgado son captados aquí con inmensa eficacia, desde sus primeros libros, que mostraron una Latinoamérica profunda y misteriosa, hasta la África más desconocida, pero también la terrible, la de las guerras de Ruanda o Etiopía, cuyos desastres  ocupan en el documental un espacio clave, con el fin de resaltar la memoria de los desplazados (de los cientos de miles que murieron olvidados, sin recibir ayuda humanitaria a tiempo, que escapaban de la guerra para terminar muriendo por cólera o por hambruna), pero también para entender la faceta de testigo de Salgado, quien deja testimonio en sus fotografías de los horrores presenciados.

Del infierno no se sale indemne. Como dice él mismo en el documental, después de fotografiar tantas guerras, como la de la extinta Yugoslavia, su alma se enfermó y dejó la fotografía. Durante casi una década. Volvió con el proyecto Génesis en el 2011, una carta de amor al planeta, según la propia definición de Salgado, una galería de bosques primigenios, tribus indígenas y animales en libertad, en un intento por capturar la naturaleza en su estado más salvaje y alejarse de las huellas humanas del proceso civilizatorio, una constante en toda su obra anterior. El Salgado autor de libros como Trabajadores o Éxodos retrocedía, quizá para que el Salgado hombre sobreviviese.

Más de una vez me he acordado de La jetée, ese fotorelato de Chris Marker en el que basó Terry Gilliam para rodar Doce monos, pues al igual que la sucesión de fotografías estáticas de Marker funcionan cinéticamente, gracias a un espectador que suple con la imaginación lo que la elipsis le hurta (como pasa con el cómic), La sal de la tierra logra que la protagonista del documental, desgarradora,  sea la fotografía de Salgado, convertida en acción y escenario de un relato contra la desesperanza: empieza con la imagen de una mina a cielo abierto en el interior de Brasil, poblada por miles de trabajadores que cargan sacos de arena y trepan por escalas de madera tendidas en las laderas cercenadas, y termina con un bosque repoblado donde antes solo había tierra seca.

Anuncios