He terminado de leer Akira. Entero. Después de tantos años, he conseguido leer las miles de páginas del cómic original. Y la pregunta es obligatoria: aparte de su aureola de cómic de culto y su imaginería desbordante, recreada con acierto en su adaptación al cine (Akira, 1988), ¿es Akira un gran cómic? ¿Merece estar entre los clásicos?

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Por un lado, Akira es una narración espectacular. En todos sus sentidos. Katsuhiro Otomo tenía páginas y páginas para contar su historia y consigue llevar el medio hasta sus últimas consecuencias: lo apura, lo exprime al máximo y saca un destilado que se bebe como agua, que nos hace pasar las planchas sin darnos cuenta. Akira es puro ritmo de viñetas, hace que parezca fluido y facilísimo el montaje de sus imágenes, desde su primera página, aquel hongo nuclear que se expande sobre Tokio y lo devora. Es puro manga (por su narración, por las líneas cinéticas omnipresentes, por los primeros planos a tutiplén), y no lo digo como crítica sino como alabanza de un lenguaje particular y único de concebir la narración gráfica.

Ese espectáculo visual y narrativo es su punto cero. Akira cuenta el origen de una destrucción. Ni más ni menos. Creo que Akira es, de alguna forma, la sublimación estética de Hiroshima y Nagasaki. Los ecos de la bomba atómica (el proyecto Manhattan) transformados en una pesadilla mutante  de la que no se puede escapar, que vuelve, que se cierne sobre Tokio y después Neotokio, una especie de resonancia en el inconsciente colectivo de Japón y que Akira, el cómic, refleja con un pasmoso apetito por la aniquilación. En algún lugar leí que Katsuhiro Otomo dijo que concibió Akira para poder destruir a gusto Tokio, para arrasarlo hasta las cenizas. Eso es Akira, y por esa razón  posee dentro el magnetismo inherente a los relatos que retratan las pesadillas y los miedos más profundos de un pueblo. Akira mira hacia el futuro (Neotokio, 2030), pero en el fondo, como en todas las distopías, examina el pasado para imaginar sus escenarios de rascacielos en ruinas, bandas callejeras y totalitarismo.

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Su simiente más poderosa, la destrucción, es también el mayor defecto de la obra de Akira. Tras un planteamiento fabuloso, tras la presentación de sus personajes, tras la trama principal que culmina en la aparición del personaje de Akira y la primera batalla entre Tetsuo y el ejército, la narración se agota. No hay arco dramático que guíe a los personajes para tantas páginas de batallas, peleas, idas y venidas entre escombros y cascotes. Pasa como en muchas series de televisión actuales: quemado su macguffin principal, intentan una huida hacia adelante inventando tramas nuevas y retorcidas intrigas; quieren hacer creer al espectador que el interés radica en los personajes. Pero es imposible: la trama es la que da sentido a una serie de televisión, y cuanta ésta se acaba, o la serie se termina, o tiene que irrumpir una trama nueva tan apasionante como la inicial que enganchó a los espectadores, que suele ser el descubrimiento del mundo de ficción propuesto… En Breaking Bad se consiguió, al cerrar el arco dramático con el último capítulo de su última temporada; en otras, como en Homeland o Mad Men, la extensión de sus temporadas resulta forzada y artificiosa, no logra estar a la altura de sus primeras temporadas. Igual pasa con Akira: a partir de su segunda mitad, después del despertar de Akira, el cómic no brilla como en su inicio, se vuelve errático y reiterativo, una sucesión de episodios de acción que conducen a un final postergado demasiado tiempo. Y no hay nada más insoportable en una narración que la cualidad de lo arbitrario, aunque esta frase contenga algo de posología de medicamento. Pero de alguna manera sucede así cuando una historia se alarga más de lo necesario o no sabe hacia dónde viaja. Curiosamente, la narración de la película de Akira (que se terminó años antes de que el cómic terminara, aprovechando el tirón de su éxito) concluye mucho antes que en el tiempo contado en el tebeo.

Akira es un cómic espléndido, que no acaba de cerrarse como una obra maestra. Agota por exceso de acción y espectáculo. De lo que no hay duda es de que ha aportado portentosas imágenes a la iconografía de nuestro imaginario por su deslumbrante galería de motoristas adolescentes, mutantes locos, escenarios pesadillescos y arrebatadas alucinaciones visuales. Imposible huir de su impacto.

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