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1. Magical Girl, dirigida por Carlos Vermut, es una película sobre las heridas y su cauterización, sobre el dolor y la obsesión humana por borrarlo, eliminarlo u olvidarlo. Pero del dolor incrustado en lo más hondo, del dolor más profundo, como dice el Ojo Silva de Bolaño, no se puede escapar.

2. Dos historias aparentemente disímiles, opuestas, contrarias. La del padre y su hija y, enfrente,  la de una mujer que arrastra una patología cuyo origen y cuadro clínico nos son veladas. Por un lado, el padre que intenta hacer feliz a una niña enferma de leucemia, aún a costa del chantaje. El bien como excusa y coartada, a la manera de nuestro famoso Walter White. Por otro lado, la mujer convertida en Lilith, el súcubo, que recibe el mal y lo acoge en su cuerpo como si fuera un mapa, que lo busca con la excusa y la coartada de  ser manipulada. Pero ya lo decíamos antes: queremos ese destino. Por alguna oscura razón.

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3. Los relatos paralelos de Magical Girl  usan la misma puesta en escena sobria, distante, que los aglutina estéticamente. La frialdad de la mirada del narrador es uno de los muchos aciertos de Magical Girl. Nada de música ambiental, como en una de las condiciones del Dogma 95; nada de sentimentalismo barato para espectadores inocentes; nada de espectáculo chabacano que se recree en la violencia o en el sexo. Lo más terrible y abyecto está sugerido, meramente anunciado. Una puerta que se abre y se cierra a nuestras espaldas. Una pistola que dispara contra una niña. Una violación del pasado que regresa con leves variaciones, y con dos o tres nombres que cambian, como en el Emma Zunz de Borges.

4. Magical Girl es una película de su tiempo, heredera lúcida del cine de Michael Haneke, sobre todo de sus películas Código desconocido y La pianista.  El cine de Haneke se interna en los rincones más oscuros de la hipocresía y falsedad de la comunidad, en un intento por cartografiar con detalle el Mal (de nuevo la metáfora de los mapas). Magical Girl tiene las mismas pretensiones y exhibe sin complejos sus influencias, desde su homenaje al anime y las tribus de gothic girls hasta las casas apartadas, con cuartos secretos, que recuerdan más que al Kubrick de Eyes Wide Shut al Lynch de Terciopelo Azul, ese virus cuyos ecos aún nos alcanzan. Otro director que se atrevió a tocar lo intocable fue Todd Solonz en Happiness y Storytelling, aunque sus altas dosis de burla, su cinismo descarnado, lo alejan del informe de cirujano que es Magical Girl.

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5. Es de agradecer que una película como Magical Girl reciba premios. Que sea ganadora de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián el año pasado. Hace pensar en la valentía de su jurado y en la audacia del palmarés. No está de más, sin embargo, recordar que Lars Von Trier o Haneke son cineastas de éxito en Europa, que sus filmes se distribuyen sin problemas, que, dentro de sus marcos de recepción fijados casi de antemano, alcanzan grandes audiencias. Los premios no desactivan el carácter transgresor de una película, por supuesto que no. Subrayan si acaso su aire coetáneo, su espíritu de época, su inclusión dentro de una corriente. Y ahí la vanguardia se resiente y se amolda.

6. El juego con el tempo en Magical Girl es soberbio. De modelo perfecto para taller de cine. Tanto en su estructura, como en su montaje y narración. Un hombre que espía detrás de unos setos a otro que sale de su casa en un edificio como el de cualquier barriada del extrarradio de Madrid, puede causar más emoción que la galería de explosiones, sangre y carne pendida en ganchos a la que estamos acostumbrados. Se puede contar de otra forma la violencia. Se puede relatar de otra forma el limo y los orígenes del dolor buscado, esa otra forma de placer, que dijo uno. Magical Girl es el ejemplo.

 

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