Un prejuicio se ha extendido con reverencia dogmática en casi todas las series de televisión norteamericanas: el de que el estilo del director no se tiene que notar, que la huella de los gustos estéticos del director no se puede traslucir en la filmación, en la puesta en escena, en la elección de la fotografía o en el montaje final. Por contra, un estilo sin marcas personales, seco y neutro (aparentemente, porque el estilo estándar no existe, como defenderemos) es el predominante: que apenas se perciban los cambios de una serie a otra, sin importar su temática. Los primeros capítulos de House of cards fueron rodados por David Fincher. Sin noticias de su paso: nadie hubiera advertido el trabajo de Fincher si no lo revelaran los títulos de crédito. Una de las particularidades del cine de autor o del cine menos comercial es precisamente que la narración fílmica se contamina de subjetividad, que las decisiones del narrador devoran todos los campos del relato, y no es accidental una elección de ciertos planos y no otros, que los filtros predominantes sean ocres o claros, que la puesta en escena sea más realista o menos. El éxito reciente de cineastas como Wes Anderson, sin ir más lejos, o películas como Drive o Shame, obedece precisamente a criterios estéticos inusuales en la industria, a juegos disonantes con el color, los travellings o la dirección artística. Imaginemos películas como El padrino sin su director de fotografía o la filmografía de Stanley Kubrick a la que le extirparan sus planos cenitales en el momento menos inesperado. El gusto por borrar recursos retóricos calificados por la industria de “excéntricos” parece la tendencia del teledrama vigente. Que no se note quién ha tomado las decisiones finales detrás de las  cámaras o en el montaje final, disuelta la narración en una especie de magma técnico, sin ruido de autoría. El relato cinematográfico culminado por el  trabajo de oficio y la profesionalidad al detalle; la forma perfilada por una especie de corrector universal que se esconde no se sabe dónde.

resplandor

Pues, al fin y al cabo, el estilo neutro o estándar, el estilo que reproducen con fidelidad sectaria las series norteamericanas, no existe. Es una invención más, un estilo más como cualquier otro, con la premisa, por supuesto, de que éste debe ser el estándar. Cuando ciertos periódicos en el siglo XIX comenzaron a imitar en su escritura un estilo caracterizado por una prosa menos retoricista, con más referencias a datos y fuentes precisas, con una voz carente de  la primera persona del singular, ese estilo no era en absoluto el hegemónico. Convivía con crónicas más literarias, con distintos géneros de ficción. La noticia aún no era el género rey del periódico. Será la popularidad de cierta prensa, y en particular de la llamada penny press, la que conducirá a la imposición paulatina de cierta escritura, cierta manera de escribir la realidad. No es que haya un estilo objetivo, y otro que no lo sea; no existe el estilo objetivo, neutro, desnudo de artificios o de convenciones. Todo estilo usa artificios, de una manera o de otra, aunque sea para disfrazarlos, para sostener un discurso de meridiana indiferencia o neutralidad, tanto en el periodismo como en cualquier otro campo. Y lo mismo pasa con la televisión. No puede ser inmune o neutral al estilo cinematográfico, porque no existe el estilo inmune o neutral. Lo que está haciendo el teledrama es decantarse por una escuela estética en la que pesa sobremanera el modelo informativo y margina, en cambio, otras derivas como el barroquismo, la psicodelia o el documentalismo desnudo, por citar tres estéticas al azar que parecen desterradas del teledrama actual. Hay excepciones, por supuesto. Creadores como Vince Gilligan, el artífice de Breaking Bad, se hizo cargo de la dirección de los capítulos clave de la serie, como el magistral cierre de la cuarta temporada, un episodio en el que el ritmo y el montaje meticuloso eran cruciales para que el drama culminara. True Detective, por ejemplo, denota un gusto mucho más excéntrico (esto es, que viaja a contracorriente de la estética del teledrama) por ciertas cuestiones en su puesta en escena, fotografía y montaje que revelan su conciencia de autoría por parte de su director, Cary Fukunaga. De hecho, que todos los capítulos de la miniserie de True Detective estén rodados por Cary Fukunaga hace que,  como algún crítico ha apuntado, se trate de una película de ocho horas de duración más que de una miniserie televisiva al uso.

Quedan dos finales, no necesariamente excluyentes. Que el teledrama se acerque más a su matriz, el cine, y apueste por proyectos más autónomos, libres del peso del grado cero de la escritura de la industria. La otra opción ya la conocemos: que el teledrama acabe devorando al cine, y con él, esa cosa rara, que provoca extrañamiento, llamada estilo. Ya lo decíamos, no son necesariamente finales alternativos, y seguramente ambos pueden producirse o ya se están produciendo. De lo que no hay duda es de que el modelo informativo, cortado con patrones de carpinteros tan concienzudos como rutinarios, está ganando la batalla.

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