isla minima aereoEl cine de Alberto Rodríguez es un círculo en torno a la Sevilla más suburbial y escondida, sin olvidarse tampoco de la Sevilla ya pasada, el territorio marcado que deja sin cesar ecos y cicatrices en el presente. Una vuelta por un lugar que tiene algo de territorio mítico, de Región personal, al que sus películas regresan una y otra vez, y siempre con un pie, ya decimos, en la ciudad invisible. Un cine de la psicogeografía, de hecho, con los únicos límites que marca el espacio y no el tiempo. No me sorprende que Alberto Rodríguez esté inmerso en el proyecto de una serie de televisión ambientada en la Sevilla del siglo XVI: la lógica de su cine le hace viajar hacia el pasado.
El traje y Siete vírgenes son, por decirlo así, sus películas contemporáneas, aunque la primera sea del año 2000 y la segunda del 2005. En ellas retrata la Sevilla olvidada de los suburbios y sus habitantes en una especie de retrato social cargado de acidez, ironía y picaresca, en un remedo actualizado de los Rinconete y Cortadillo cervantinos (cuyas aventuras transcurren en Sevilla, por cierto). Un vistazo veloz nos haría pensar que Siete vírgenes es un salto astronómico con respecto al panorama social mostrado en El traje, que Siete vírgenes es una película mucho más comercial y de género, con un gusto más atinado por los ritmos y la acción de las películas de pandillas y guetto, como La ley de la calle de Coppola. Sin embargo, los dos protagonistas adolescentes de Siete vírgenes son alguna forma los antecesores del dúo protagonista de El traje: los adolescentes sin futuro ni perpectiva laboral, sin horizonte urbano más alla de la zona de las tres mil viviendas, son de algún modo la simiente de los perdedores de El traje. Como en aquel cuento de Carpentier, “Viaje a la semilla”, en el que la narración entera viaja hacia atrás, párrafo a párrafo, el retorno al pasado del cine de Alberto Rodríguez había comenzado.
Después de Siete vírgenes, llega After (que no he visto), una cinta que apenas tuvo taquilla y eco entre la crítica, pero de nuevo en Grupo 7 vuelve a las andadas: una historia de policías corruptos en la Sevilla de finales de los ochenta, previa a la gran Expo Universal de 1992 (para el que llovió dinero público a espuertas) le sirve para hablar de los desheredados y de los desplazados por los grandes fastos del evento. Esta película tiene algo, de hecho, de secuela de Siete vírgenes: ésta ponía el ojo en los adolescentes callejeros sin tiempo, sin futuro; Grupo 7 rastrea sus orígenes, levanta el escenario del pasado que al final termina por alcanzarnos, donde el derroche de las inversiones públicas en la Expo del 92 dejó pabellones deshabitados y ruinosos, inútiles para las necesidades sociales y urbanas de una parte de la población de Sevilla. Alberto Rodríguez había encontrado, quizá sin saberlo, el sentido de sus narraciones: el pasado nunca desaparece, es imborrable. Incluidos sus desastres.
Y de ahí viene La isla mínima, su última película, que se ha ganado numerosos elogios y premios, incluida una larga lista de Premios Goya en su reciente edición. La isla mínima es un alejamiento del entorno urbano de Sevilla, que ya había explorado con creces en Grupo 7 y Siete vírgenes, para tender un coto de caza en las marismas del río Guadalquivir en torno a un asesino que ha matado a varias muchachas. La isla mínima parece de entrada la película más genérica de Alberto Rodríguez, un policial clásico con costuras de western (como el director mismo ha confesado) en torno a la investigación de unos crímenes. Pero de nuevo el pasado se empeña en irrumpir, y el director enmarca su narración nada menos que el año 1980, en plena transición política, un periodo turbulento y quebradizo, de incertidumbre económica, huelgas y revuelos sindicales, con el fin de indagar, una vez más, en el peso de lo que arrastramos, y que me niego a llamar memoria, porque esta palabra parece volátil y remite a lo intangible, y en cambio el pasado es físico y contundente, y la transición española se extiende alargadamente hasta nuestros días, como hemos visto recientemente en la abdicación de Juan Carlos I, que ha sucedido sin apenas debate público sobre la pertinencia de una institución antidemocrática y obsoleta en pleno siglo XXI. Pero, disculpen, acabo de romper uno de los pactos de silencio de la transición, aún vivos y vigentes, como pueden comprobar. Por eso La isla mínima, ambientada en los años 80, tiene una raigambre contemporánea, como todo el cine de Alberto Rodríguez, y se inserta en la tradición de los relatos que diseccionan las planchas de hierro con las que se construye nuestro presente político, y por eso la película trasciende su formato genérico para volverse una pregunta mayor sobre los sustratos de la violencia, pues no basta con detener al asesino: hay que saber quién ejerce la violencia, de dónde procede, cuáles son sus engranajes, y no hay duda de que la violencia legitimada, la que está ejercida desde la legalidad (un tema ya tocado en Grupo 7) no es menos espantosa que la que sucede fuera de ella. Y para llegar a los orígenes oscuros de este asunto, hay que seguir viajando hacia el pasado, mucho más allá de los años ochenta, me temo, porque el subsuelo que nutre Sevilla (metáfora perfecta de la España que vive del recuerdo de sus aires de grandeza) viene del franquismo y de antes, de mucho antes, así que ya sabemos por dónde seguirá disparando Alberto Rodríguez.
La isla mínima es una gran película, hecha con mimo y soltura, con un impecable revisado técnico y con un entramado que reclama a todas luces más desarrollo narrativo, más metraje, más tiempo. La isla mínima tiene espíritu de miniserie de televisión. Ojalá fuera así. Ojalá su éxito reciente nos haga ver que una hornada de narradores excepcionales no se conforman con el corsé de la película y que, como en la brillante Crematorio, están pidiendo a gritos panorámicas amplias para sus historias. Ahora esperemos que la mojigatería de unos no nos prive del hambre de cine de otros.

La-Isla-Minima-03

Anuncios