HerEntre los miedos que atenazan a los viejos medios de comunicación, que han dado el salto del papel al soporte digital echando pestes, uno de los mayores es la constatación en cifras de que no renuevan audiencias: sus lectores decaen, se vuelven desleales y coquetean con otras cabeceras y soportes. En el nuevo panorama abierto por la tecnología, no hay duda de que crecerán nuevos medios, algunos de ellos con ambición de masivos, y quedarán  cadáveres por el camino. Aquí, (como en el ámbito político español, donde la irrupción de Podemos socava sobre todo el funcionamiento tradicional y moroso de los viejos partidos de izquierda), no es tanto un problema de falta de olfato ante los nuevos  acontecimientos, que intentan ser afrontados con adquisiciones a mansalva y su posición dominante en la fabricación de contenidos, sino de que los viejos medios son demasiado grandes para actuar y reaccionar a tiempo, son tan torpes y perezosos que, amparados en la manada, piensan que ejercen más fuerza y no hacen más que dirigirse hacia el cementerio de elefantes. Una frase, que atribuyo a Robert Fripp, el fundador de King Crimson, sugería que el futuro pertenecería  a los artistas que funcionaran como memorias portátiles, independientes y libres para experimentar y aventurarse, sin el lastre de los compromisos contraídos con el pasado. Creo que  esta imagen explica bien la decadencia de los viejos medios: no es un problema de recursos o de profesionales, en definitiva; los viejos medios están tan atados a unos engranajes y unos cuadros directivos tan jerárquicos, cerrados y tradicionales, que no permiten la disidencia, la transgresión ni, por supuesto, la incorrección política. No es un problema solo de soporte, vamos; puedes trasladar el contenido del papel a la web, pero éste sigue siendo el mismo en su concepción y palabras, y no entiende que el soporte lo transforma todo, desde la lectura (cada vez más transversal) al nuevo concepto de autoridad, mucho más cuestionada  en el soporte digital, que tiene que luchar por atraer a un internauta convocado por decenas de estímulos y links   frente al marco tranquilo y autoreferencial de la página en papel. El periódico imprime en tinta la autoría; la red la da y la arrebata todo el tiempo, borrado el marco de prestigio y calidad que solemos suponerle al papel. Vean si no cómo muchos nuevos medios siguen luchando por sacar una selección de contenidos en papel, pese al aumento de costes y las dudas sobre  su mayor difusión, basados, justifican, en criterios de rentabilidad. También pesa, seguramente, la certeza de que la red es un vórtice que hace caduco el contenido a gran velocidad, mientras que el papel parece protegerlo mejor contra el paso del tiempo y de las publicaciones. O esa es al menos la idea tradicional y romántica.

Aquellos medios que han sabido comprender que los nuevos soportes (el ordenador, el móvil, la tablet) están transformando las pautas de lectura y, por tanto, arrastran consigo los contenidos que demandan, son los que seguramente están mejor preparados para alcanzar y dirigirse a nuevas audiencias, que buscan ya no solo información y opinión de calidad, sino también una lectura que se aproxima a la rueda giratoria de Twitter o Instagram, en la que importa menos la permanencia que la renovación de los inputs, en la que la multiplicación de los contenidos pesa más que la densidad o profundidad de los mismos. Tal vez a una revista en papel le exigimos una portada perdurable, pero a una revista digital no: es preferible una galería densa, ilimitada, con el mayor número de fotografías. Al papel se le exige un editor; para el  soporte digital puede ser su condena. Cientos, miles de inputs a diario son preferibles a un solo contenido, por muy valioso que sea. Quizá esta reflexión ayude a explicarnos la decadencia y condena de los blogs, que ofrecen al fin y al cabo una mirada en exceso subjetiva para unos soportes con tendencia a lo impersonal, veloz y explosivo.

Otro de los miedos es, claro, cómo extraer rentabilidad de unas audiencias tan inconstantes y juguetonas, que prefieren ojear cientos de contenidos a diario más que sumergirse en su lectura. Como pasó con el éxito fulgurante del Ipod de Apple, a veces es necesario inventar primero el tablero para luego proponer tú las reglas, y  para un soporte por el que el lector ha pagado con un propósito (pongamos un ebook reader), seguramente estará más dispuesto a costear esos contenidos. Además,  aquellos contenidos que saben optimizar y sacarle el mayor jugo al soporte, el nuevo amo del juego, tienen más probabilidades de alcanzar audiencias. Para que se entienda bien: un texto para tablets  creado pensando en jugar con las opciones del soporte, como los que pergeñan en la Revista Don, primará sobre un contenido  editado como si lo digital fuera una tábula rasa.

Parece difícil concebir cómo esta revolución material o física del soporte, que aparentemente carece de preferencias conceptuales, está marginando ciertos contenidos que antes en el papel tenían un lugar preponderante. Pero, aunque nos cueste creerlo, la materia digital funciona como si tuviera preferencias, y éstas aspiran al movimiento, una cualidad que choca con los principios básicos de la lectura. Por eso muchas revistas digitales no hacen más que replicar contenidos de un lado a otro, cambiando titulares y pies de foto, con la vana pretensión de atraer audiencias a costes bajísimos. No se dan cuenta de que el papel sigue convocando lectores y audiencias por la validez de sus contenidos, aunque  se contamina cada vez más de la reducción de costes del soporte digital, y sin querer ver o admitir que no son  muchas veces audiencias distintas las de un soporte u otro, sino formas de lectura distintas las exigidas, como si cambiáramos de lentes. Y  el digital, como en aquella cita genial de Pascal, no quiere la presa, sino la caza.

 

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