Parte de una historia,  publicada por primera vez en 1967, unos años antes de la muerte de Ignacio Aldecoa, es una de las mejores narraciones  de su autor, quien abandonó aquí los aires costumbristas y los remedos del realismo  para meterse de lleno en un narrador llegado (por razones desconocidas para el lector) a una isla del Atlántico, donde  contará los días y los trabajos en aquel escenario apartado del mundo, aislado, perdido, casi onírico, en el que se empeña en irrumpir, pese a la inquebrantable calma, la pasión humana… Es una narración tan formidable y, sobre todo, tan bien escrita, en una prosa luminosa cuidada al extremo, que sorprende que no sea un libro más elogiado.

Parte de una historiaLa literatura de Aldecoa siempre es un recorte de vida, un fragmento ganado al tiempo. Quizá por eso su género predilecto sea el cuento, usado para mostrar instantes robados de una  panorámica melancólica de hombres y mujeres frente a sus pequeños destinos… Young Sánchez, por ejemplo, termina justo en el preciso instante en que un joven boxeador está a punto de empezar su primer combate como profesional: no importa, en definitiva, si gana o no esa pelea, sino su rutina vital, su trabajo como mecánico durante los turnos de noche, sus horas de entrenamiento en un gimnasio lleno de jóvenes cargados de sueños. Arrinconar la obra de Aldecoa tildándole de “escritor del realismo social” (qué daño han hecho los clichés de la crítica) es olvidar a uno de los mejores narradores en nuestra lengua. Lírico, dotado para el retrato de personajes, con un oído magistral para los diálogos, Aldecoa es un escritor quizá no tan mordaz ni rítmico como Hortelano, ni tan ilustrado como Benet, pero con un sentido de la narración que muy pocos escritores tienen, y quién sabe hasta dónde podría haber llegado si no le hubiera sorprendido la muerte tan pronto. Parte de una historia es la prueba.

Aquí no importa a dónde se va; lo que cuenta es cómo se cuenta: pausada, meticulosa, en una guerra abierta contra las visiones que se escapan,  la novela parece al principio un devaneo de episodios sin hilazón, solo por el puro placer de  retratar la vida en la isla. Pronto descubrimos el conflicto central de la historia, que hace que los episodios encuentren su lógica y unidad, y asistimos asombrados al trabajo tenaz del narrador: contar lo que le toca, lo que no puede dejar de narrar, cueste lo que cueste. Esa sensación de que el narrador no nos engaña, de que narra lo que es preciso, sin trampas ni cartón, le imprime una fuerza emocionante al relato, convertido al fin en un vórtice sobre  la vieja pelea de las palabras contra las imágenes… Y cuando  el narrador abandona la isla en la última página, no sabemos por qué, tenemos la certeza de que la lucha ha merecido la pena, de que la narración ha vencido, pese al silencio tendido allá a lo lejos:

“Apoyo los codos en las rodillas y agacho la cabeza, contemplando el dibujo de la alfombra, siguiendo su laberinto con los ojos, intentando descifrar el enigma de su comienzo y de su fin. Así, la historia de Jerry, regresado de la muerte en el naufragio, recluido en un corto espacio, en un tiempo medido, y regresando a la muerte, cumpliendo con la ley del laberinto. Cuando tengamos su cadáver será extraña su presencia para los que le hemos conocido en la brevedad de su historia vivida entre nosotros, pertenecerá a lo que fue y aparecerá como debió de aparecer aquel día en la playa de las Conchas”.

 

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