NebraskaA ratos como un cómic de Daniel Clowes y a otros una versión desencantada de The Straight Story de David Lynch, Nebraska, dirigida por Alexander Payne, fue tal vez la película más humilde y con menos pretensiones de todas las finalistas de los Óscars de este año. Es probablemente también la menos comercial de todas, porque la vejez avanzada y las miserias familiares y la pobreza venden poco en los cines de medio mundo, y con esos mimbres Payne consigue, mediante una puesta en escena desnuda, nada artificiosa, casi de tono documental, una historia emocionante, terrible, durísima, que se soporta gracias a sus humoradas y a su desenlace de fábula. Pero no nos equivoquemos: la comedia es el envoltorio; el drama humano ante el fin, el relato insoslayable, tan visible en ocasiones que hiere, como los rostros desencajados por el dolor o el sueño de su protagonista, Woody Grant, interpretado por un Bruce Dern grandioso, maravilloso, que nos estremece con una mirada.

Nebraska es tal vez la secuela inevitable de la película anterior de Alexander Payne, Los descendientes. Si en ésta, se pasaba de puntillas sobre  la miserable limosna que dejamos en los otros tras la muerte, Nebraska lo aborda de lleno, sin tapujos y sin concesiones.  Nebraska es una vez más la historia de Rosebud y de la última ilusión, contada con una sencillez apabullante, a la manera de un cine íntimo y secreto, un cine contrario al espectáculo y al jaleo de las explosiones. Payne ha demostrado, como ha hecho desde su primera película, que lo suyo son los personajes de carne y hueso enfrentados a sus tragedias personales, no por diminutas menos importantes. Y si Nebraska cuenta una historia triste, también es cierto que son las acciones luminosas de unos pocos personajes las que deslumbran y permanecen, y por eso nos quedamos con el relampagueo en los ojos cansados de Woody como último recuerdo de una camioneta que se pierde en una carretera que cruza llanuras desoladas.

Nebraska 2

Anuncios