Tormenta de verano-2Es impresionante cómo la escena literaria española devora a sus mejores hijos, tan pronto y tan rápido. Juan García Hortelano, perteneciente a una generación sobresaliente (en la que se incluyen Benet, Barral, Marsé o Aldecoa), es poco conocido entre las nuevas hordas lectoras, quizá porque su fallecimiento está ya muy lejos, quizá porque la industria cultural ibérica es desmemoriada e ingrata. No me creo el sambenito de los agentes literarios de que los autores muertos venden mal; basta revisar  los mismos títulos, año tras año, de ciertos autores extranjeros, sobre todo norteamericanos, que nos venden en la mesa de las librerías como lecturas imprescindibles, y lo cierto es que la fama literaria, como cualquier otro fenómeno cultural, también se construye desde el marketing, el canon y el cacareo mediático, y aquellos que no están invitados a la escena, son lentamente expulsados. Pienso, por ejemplo, en Manuel Vázquez Montalbán, un escritor prolífico, que gustaba a crítica y público, y cuya muerte parece que ha condenado su obra literaria al silencio paulatino, desplazado por los nuevos lanzamientos editoriales. El afán por las novedades, siempre las novedades, apunta a que en el negocio de los libros, como si fuera una mercancía similar a la ropa o la tecnología, también triunfa la cantidad y la variedad por encima de la calidad. Suena a tópico, pero los hechos se empeñan en demostrarlo.

Tormenta de verano, sin ir más lejos, es una novela de narrador portentoso, dotado, magnífico, con una prosa fluida y cuidadísima, por lo que sorprende que no sea una obra más conocida. Es verdad que fue una obra galardonada con el Premio Formentor en 1961, que trajo la publicación simultánea del texto en varios países pese a contar el autor en su momento con solo otra novela en su bolsillo (Nuevas Amistades, 1959, Premio Biblioteca Breve). Y, sin embargo, no se oye con la suficiente frecuencia: Juan García Hortelano es uno de nuestros mejores escritores de los últimos treinta años, carente quizá del glamour y de la comparsa posmoderna de otros, aunque qué importa eso cuando un narrador maneja los personajes, los diálogos, la ambientación y el ritmo como si nada, con una facilidad que deslumbra, que te arrastra sin esfuerzo alguno. Tormenta de verano es, además, el ejemplo perfecto de un estilo por el que parece que no ha pasado el tiempo, que no ha envejecido en absoluto, con unas imágenes tan orgánicas y vivas, que se disfruta con gusto. A veces da la impresión de que el narrador de Hortelano es tan divertido,sensible y estimulante, que casi nos podría estar contando la historia que le diera la gana: nosotros le escucharíamos con la boca abierta y le pediríamos, sin interrumpirle, que no acabara jamás. Por eso esta historia de parejas que pasan un verano en su colonia de chalets, con sus secretos y sus mentiras y sus insatisfacciones, es sobre todo el placer de leerla, de acompañar a esos personajes en sus paseos, sus viajes, sus fugas planeadas… Porque a lo mejor, para un lector distraído, Tormenta de verano parece una novela más, y no lo es: es la interpretación de una voz narrativa virtuosa, que, al igual que el buen jazz, nos eleva con elegancia y entusiasmo por la atmósfera explorada. No está de más recordar entonces que a Juan García Hortelano no deberían perdérselo. Aunque no sea una novedad.

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