[Publicamos un cuento extraído del libro  Kubrick en los muelles, recién publicado en México por la editorial Terracota. Las ilustraciones que lo acompañan pertenecen a la ilustradora, artista y editora Eva Hiernaux]
 
maleta-1
(A J. Corcobado, que me lo encontré en el D.F. saliendo de un hotel en la Roma. 
Y yo tampoco creo en las casualidades.)

Para nada, tío, yo no di el primer paso. Oye, ¿puedo bajar la ventanilla? Hace un calor aquí dentro… Ahora mejor. Verás, aquel año estaba pelado: busqué algunos bolos por aquí y por allá y no me salía nada, pero no fui yo quien pedí volver a trabajar con él. A mí ya me daba igual. Hacía mucho tiempo que lo tenía olvidado. Fue su agente quien me llamó. ¿Qué pasa Mateo, cómo te va la vida?, me dice el cabronazo como si se me hubiera olvidado todo. Y yo a punto de colgarle y de mandarle al carajo, pero no estaba en condiciones, yo lo sabía. Así que me hice el tonto y dejé que hablara, yo calladito, la respuesta para cuando me tocara. Y se pone a hablarme de que Javier va a ir de gira por unos cuantos países latinoamericanos en verano, mes y medio, que si me interesa, que están buscando un buen guitarrista como yo, y de fiar. Yo pensándome qué decirle. Si rechazaba la oferta, a lo mejor ya no encontraba una oportunidad como aquélla; si le decía que sí, aceptaba la humillación. ¿O es que acaso ese cabronazo no se acordaba de que había sido él quien me había echado de la banda? Javier nunca tuvo huevos, nunca se atrevió a mirarme a la cara y decírmelo; mandó a su chulo a que me lo soltara… Sí, hace ya un montón de años, pero me dejaron tirado sin darme explicaciones. ¡Sin darme siquiera un premio de consolación! Yo sé por qué fue, claro que lo sé, todos lo sabíamos…  Ahora, por entonces estábamos todos igual puestos hasta arriba, hasta las cejas, si no era de coca (qué vicio teníamos), era speed, éxtasis o cristal. Lo que pasa es que Javier era el genio y los demás sus músicos, nada más, así que prescindió de mí como quien dice adiós a una fulana, macho. Hubo un tiempo en que pensé que nos respetaba, yo qué sé, que nos admiraba y todas esas mamadas, pero fue pasando de todos nosotros, uno detrás de otro, cuando estábamos en el mejor momento, en la cresta de la ola, tío, saboreando el gustito que da que un montón de capullos estén a tu servicio, que atiendan cada puto capricho que tienes. Hastaun chaval de los recados tienes, que te va a comprar el tabaco o las cervezas a la gasolinera; de eso te estoy hablando. Luego van los músicos por ahí diciendo que lo más bonito es el espectáculo, los conciertos, el calor del público… ¡Gilipolleces! Lo que mola es que te mimen, tío, que te atiendan como si tú fueras el puto amo. Te lo hacen creer, desde luego. Hombre, los conciertos también molan, claro que sí, pero es que forma parte del mismo rollo: toda esa peña entregada, con sus caras de placer, que se mueren por cada gesto que haces, que parece que se corren de gusto si los miras o les guiñas un ojo. ¡Están entregados, tío, rendidos a tus pies! Y tú, allí, tocando, puesto como una moto, porque cuando llevas veinte conciertos seguidos, te cansas y entra la puta rutina, y estás más preocupado porque los altavoces no te dejen sordo, o por la fiesta que vendrá después que por las canciones, que ya te las sabes, que te machaconean la cabeza de tantas veces que las has tocado… ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí. Bueno, la cosa es que el agente de Javier se puso a hablarme y me dijo las condiciones, que no estaban nada mal, y yo en un tris de decirle que todavía me acordaba de la última vez que nos vimos, cuando va el tío y me dice que ha sido Javier quien ha propuesto mi nombre, que él ha sido quien quiere que vaya a la gira del verano, y entonces ahí me dieron, tío, ahí sí que ya no entendía nada… ¿El cabronazo de Javier ha sido quien quiere que vaya?, le suelto. Y el tipo como que duda, como que se sorprende de mi pregunta. Sí, Mateo, sí, ha sido él quien me lo ha dicho. Pues dile que voy, le digo, cuenta conmigo, capullo. Y le cuelgo. Eso fue lo que le dije. Luego estuve un buen rato comiéndome el tarro sobre si hacía lo mejor, pero es que me nació ese impulso, quería saber por qué coño quería que yo fuera, por qué se había acordado de mí ahora el cabronazo. Bueno, por eso, y porque las pelas me venían muy bien, tío, que no todos los días se pillan giras como esa, y encima por América, con lo que mola. Así que al día siguiente llamé yo al agente, con un tono muy suavecito, como de animal domesticado, y le fui preguntando todo. Me envió por email toda la información, parecía que la cosa iba a ir bien. Le pregunté si quería que fuera a algún ensayo antes, y me dice, bueno, son los temas de Javier, los conoces bien, ¿no? Claro que sí, macho, ¿con quién te crees que estás hablando?, le digo, y me suelta una risotada escandalosa, no sé si para rebajar la tensión o para reírse de mí. Le dije que entonces hasta la gira…

caganet-1

 

Era verdad, qué tonto: si es que Javier no había vuelto a hacer nada desde los noventa, tío, no había vuelto a publicar nada, ni a sacar ningún disco. Creo que un álbum de versiones y poco más. Vivía de las rentas. Los conciertos en algunas salas infectas de Madrid (de esas llenas de julandrones y buscavidas), algún festival al que lo invitaban para el público cuarentón y ya está. Estaba acabado, estaba seco. Yo, si te digo la verdad, pensaba que no le iba a venir tan pronto. A todos los putos artistas les pasa, se les va la inspiración, se hacen viejos, se apoltronan, yo qué sé. Pero no tan pronto. ¡Desde que se disolvió el grupo no había vuelto a hacer nada! Joder, mira que ha llovido desde entonces. ¿Cuánto? ¿Ocho años? No sé cómo mantenía su leyenda el cabrón, porque hablaban de él como un genio, ¡pero ya no hacía nada! Además, esa fama de moribundo que le acompañaba, de que se iba a morir en cualquier momento, de que le quedaban cuatro telediarios, Joder, pues de superviviente hizo muy bien, mucho más años de los esperados. Nadie se esperaba que la palmara en un hospital y menos de una pulmonía. Cuando estábamos en la banda, ahí sí que llegué a temer por su vida más de una vez, ahí sí que pensé que éste la iba a diñar pronto, de toda la mierda que se metía. Pero no. Al día siguiente estaba fresco para el concierto, no se le notaba nada, y luego otra vez a empezar… Hasta que nos llegó el éxito, Javier era un tipo muy normal: sus camisas de franela, sus libritos de poetas de un lado para otro, su carita de tímido. Se podía hablar de cualquier cosa con él; al menos te escuchaba. Luego ya no: cuando empezamos a dar conciertos a mansalva, se creyó el puto Ian Curtis: con camisitas negras, a moverse raro por el escenario… Entraba en unos delirios… Todos delirábamos un poco, también te digo. Hostía, es que solo fueron un par de años, ¡pero vaya dos años! Vivíamos de noche. Tío, creo que solo vi la luz de la mañana cuando visitaba la casa de mis padres en Segovia, y ahí sí que no me quedaba otra. Estábamos enfermos, otra explicación no encuentro. Si no estábamos de concierto y salíamos de juerga, juntos o cada uno por separado, parecía que nos estábamos perdiendo algo. Si alguien hablaba de irse a dormir pronto, le llamábamos viejo amargado, nenaza, acabado, niñato. Era como si la vida se nos fuera a agotar, se nos fuera a escapar sin avisarnos, y nosotros teníamos que chuparla pero bien… Y no era por ser jóvenes, porque el éxito nos pilló con treinta y tantos. Creo que cuando nos empezaron a poner en la radio, Javier tenía ya treinta y cuatro. Así que no fue por eso. Lo más gracioso es que hasta entonces no éramos muy fiesteros: teníamos nuestros trabajos aparte, novia, pisito amueblado. La cosa es que el éxito de aquel disco de Javier fue tremendo, y lo dejamos todo para seguirlo, para hacernos músicos a tiempo completo y vivir la vida como nos daba la gana, como no la habíamos podido vivir antes. Mira, no me arrepiento de nada. Ni siquiera de unas cuantas peleas en que casi me abren la cabeza por meter mano a la novia de alguno o por acostarme con quien no debía. Nos reímos mucho esos años, nos lo pasamos en grande. Me acuerdo de un concierto en San Sebastián. Fue la hostia: electricidad entre el público y nosotros, enchufados con ellos. Javier había entrado en trance y recitaba esas letras que nadie entendía, que nadie ha entendido nunca, pero que nos transportaban a algún lugar en que tenían sentido. Agarraba el micrófono, cerraba los ojos, te perdías con sus quejidos. Tomamos aquel fin de semana tanto speed que no dormimos en dos días. Cuarenta y ocho horas mamando, mirando la puta bahía, vagando por la ciudad. ¡Me brincaba tanto el corazón que pensé que me quedaba tieso en cualquier momento! Eso sí, lo recuerdo todo, como si hubiera pasado ayer; para eso, el speed es muy respetuoso. Y luego de vuelta a Madrid en una Vanette de la discográfica, nuevecita, reluciente. Nos metimos unas lonchas y nos fuimos turnando al volante sin parar, seis horas derechitos, solo una vez para hacer una meada y meternos otra ristra. Íbamos callados, sin quitar la vista de las rayas blancas de la carretera, venga a fumar lo poco que nos quedaba… La música de Negu Gorriak a tope; los habíamos conocido ese fin de semana, ¿sabes? Joder, fue la hostia. Entonces Javier disfrutaba con nosotros y tenía ganas de vivir y de crear como un loco. Lo recuerdo tocando y escribiendo como un poseso en cuanto podía. En el baño de un camerino, en una cafetería, en la que se sentaba aparte, en la habitación de hotel, en la que a veces se encerraba con Victoria durante horas. No salían ni para comer. Ay, la Victoria… Qué guapa era la condenada: delgadita, pelo corto como el de un chico, ojos de niña. Ella fue la que lo echó a perder. Estaba demasiado enamorado de ella. Hasta los huesos, se notaba a la legua. No le rechistaba una; se deprimía cuando discutían, no te digo más. Ese tipo de enganche. Ella fue la que lo empezó a domar, pensábamos los demás. Por su culpa, empezó a faltar a muchas fiestas, a cortarse de salir, a meterse menos dulces… Al menos delante de nosotros, porque luego supimos que le daba al jaco de lo lindo, pero fíjate si era reservado para lo suyo, que nunca se picó delante de mí o de ninguno de nosotros, vete tú a saber por qué… Y yo creo que fue por Victoria por lo que nos mandó a paseo para empezar su carrera en solitario, sin los músicos de su banda, porque, claro, entonces íbamos a partes iguales en los honorarios… Qué cabrón, seguro que fue por las pelas, siempre las putas pelas. Ahora, que no hay mal que por bien no venga. Yo iba de culo o de cabeza al matadero, como quieras, y fue la falta de guita lo que me salvó. Estuve perdido un par de meses, saliendo solo por la noche, metiéndome una coca de mierda, más cortada que la hostia pero baratita, qué quieres, acostándome con quien podía, y de pronto, bum, el dinero se me acaba. Así, de golpe, sin un puto duro. Me volví a casa de mis padres y me desenganché como pude. No por un esfuerzo de voluntad, ni porque me diera miedo morir ni chorradas de esas, sino porque no me quedaba otra: ni tenía dinero ni me lo iban a dar. Así fue como pasó. La verdad es que no sé cómo se salvó el cabronazo de Javier, nadie apostaba por él. Y un día nos enteramos de que no era Javier sino Victoria la que la había pifiado, una sobredosis, un jaco demasiado puro para sus venitas de niña. Se la encontraron tirada en una calle de Chueca. La cara pegada a un bordillo de la acera. Sí, tío, muy mal, pero la verdad es que nos lo veíamos venir, no fue una sorpresa para nadie. En este mundillo todo se rumorea y se anuncia. Después, no se supo más de Javier. Estuvo en una clínica, escuché, y no le fue mal. No dio conciertos durante un tiempo y pensamos que el cabrón sacaría un buen chorro de canciones cuando volviera, pero no, nunca pasó. Nunca llegó el próximo disco anunciado, nunca se consagró el genio: empezó a vivir de las glorias pasadas. Ah, y de los royalties de tres putos discos que tenía. Se ha quedado más seco que la mojama, decíamos, el jaco se lo ha llevado todo como le pasó al genio de Lou. A veces le salían conciertos en Latinoamérica porque por allí lo adoran, tiene legiones de fieles, no me preguntes por qué. Nunca lo vi ni quise verlo, ya te digo, en todos estos años, hasta que fui al puto aeropuerto el día que me habían dicho, y allí estaba, con su chaqueta de cuero entalladita, las RayBan negras de siempre, su cara paliducha. La verdad es que me sorprendió. Tenía bastante buen aspecto. Muy delgado, pero bien, con buena cara. Más que sanote, curtido. Aún no había perdido los dientes. Hombre, claro que se notaba que se seguía metiendo jaco. Ya lo decía el viejo ese con sombrero, el yonki lo es para siempre, incluso cuando lo deja. Pero este no lo había dejado, se huele, esas cosas se huelen, tío. Nos saludamos, como te decía, muy fríamente, como si fuéramos dos putos mercenarios que saben a lo que han venido… Uff, oye, ¿te puedo pillar un cigarrillo? Gracias…

susurros-1

Ya te digo, no nos hicimos caso ni durante el viaje ni durante muchos días. Yo estaba resentido; él no sé. Supongo que por orgullo no se quería acercar o dar el primer paso o quién coño sabe lo que se le pasaba por la cabeza. El primer país que visitamos fue México. Un país muy padre, como dicen por allá. Primero tocamos en DF. Mal, sin química, sin conexión entre los músicos, aunque el público estaba entregado, macho, no sé qué les daba. Javier llenó un garito bien grande durante un par de noches. Vamos, eso en Madrid ya no le pasaba ni en las fiestas de Cascorro. Los demás nos limitábamos a cumplir, hey, éramos profesionales, sabíamos qué hacer, pero yo a él no lo vi entregado, ni mucho menos. Había perdido su magia, los delirios en que se perdía… Sí, las canciones eran las mismas, su voz yo creo incluso que mejor, más rota, pero no parecía que sintiera lo que cantaba, no se dejaba llevar, no se soltaba. Está bien muerto este cadáver, pensé. Luego de ahí nos fuimos a Acapulco y tocamos en una sala de fiestas o algo así, para un montón de mexicanos blanquitos que no se sabían las canciones ni estaban lo suficientemente colocados. Un desastre. Lo mejor fue el hotel, tío, enfrente de una playa larguísima, que se perdía entre la neblina… Era como si apareciera de ella, muy raro. No te lo he dicho, pero las juergas con la banda eran nulas, no existían, solo tequila, mezcal y cervezas, y siempre sin el capullo de Javier, que se retiraba pronto a la habitación. Los del grupo, majetes, simpáticos: el batería y el bajista eran bastante jóvenes, yo casi les doblaba la edad. El teclista era más o menos de mi quinta, con gafas de pasta, como salido de una escuela de cerebritos. Enamorados de la música, agradecidos por poder estar viviendo de esto aunque solo fuera por un tiempo, pero con los pies en el suelo, muy despiertos, controlando. Se notaba que el agente de Javier sabía lo que se hacía. No sé qué hacía yo entre esa gente… Más de una noche les pedí que saliéramos del hotel y ellos nada, que al día siguiente había que madrugar, o que podía ser peligroso. ¡Nenazas! Si llegan a decir esto en Madrid hace unos años, los hubiéramos tomado por maricones. Después vino una sala enana en no recuerdo qué ciudad de camino al norte, y ya por fin nos fuimos a Monterrey. Íbamos en una furgoneta Volkswagen de las viejas, que por allí hay muchas. Le ponen motor nuevo, la pintan y listo. Llevaríamos tres o cuatro horas conduciendo. Es como un paisaje lunar bajo un sol que te abrasa, así es aquello… Aquel díasentí algo extraño, que todos estábamos viendo lo mismo al mismo tiempo, como si hubiéramos entrado en la misma frecuencia el paisaje, tío, el paisaje desaparecía, se diluía, como si las montañas secas y los cactus y la línea del horizonte se borraran, como si aquello no lo estuviéramos viviendo o fuera la foto de un sueño. Javier iba en el asiento delantero, y él, que casi siempre dormitaba con los cascos puestos, hablando para lo imprescindible, va y dice que quiere conducir, que le apetece. El cabronazo agarra la furgo y empieza a pisarle en esa autopista de mierda, que tenía de pronto unos baches enormes y unas curvitas muy mal señalizadas, pero a él le dio igual, venga a pisarle, y a poner aquella carraca por encima de los ciento veinte, y a todos nos iba la marcha, pero ya se estaba pasando. Crujía la Combi esa que parecía que se iba a deshacer en cualquier momento, el paisaje a venirse como encima de nosotros y el viento que entraba por las ventanillas asquerosamente caliente. Uno de los chicos, el batería, creo, le dijo que bajara el ritmo, y Javier le mandó callar, que si no, no íbamos a llegar nunca. Y entonces lo vi claro. ¡Baja la velocidad ahora mismo, hijodeputa!, le grito, ¿qué quieres? ¿Matarnos? Y entonces Javier me miró, pero no me dijo nada, sabía que a mí no me mandaba. Al rato paró en una gasolinera y le cedió el puesto a otro. Volvemos a la carretera y al poco gira la cabeza y me dice que soy libre para irme cuando quiera, que tengo la puerta abierta. Y yo lo pensé, tío, lo pensé. Me vuelvo a Madrid y que le den por culo, que se las arregle solo, a ver si sabe, pero me callé, le dejé que me humillara como si fuera el puto jefe y yo su sirviente… Llegamos anocheciendo a Monterrey, otra ciudad enorme, con unos cerros llenos de casuchas de hormigón y nudos de autopistas por todas partes. Nos perdimos un par de veces, con el GPS y todo, y tardamos en llegar al hotel, que estaba a tomar por saco, lejos del local donde íbamos a tocar, en las afueras, en una zona de polígonos industriales y torres de hoteles con guardias armados en la puerta. Vamos, un lugar cojonudo. Por suerte, no tocábamos hasta el día siguiente. Cada uno se retiró a su habitación y yo me bajé al bar del hotel en cuanto pude. Estaba harto, estaba hasta los huevos. Me seguí pensando lo de pirarme, aunque no era por dejar a Javier colgado, a mí eso me daba igual, que se jodiera; era por lo que me podía pasar a mí. Si te ganas mala fama, tío, estás perdido, nadie más quiere volver a trabajar contigo y te joden vivo. Entonces sí que se te acaba el curro en el shoubisnes. Me tocaba aguantar entonces y me jodía, y mucho. No tenía hambre, y me pedí un par de tequilas así, a palo seco, y luego otro par, y al rato dos más, y así estuve bebiendo hasta un momento que no recuerdo, en que todo se volvió como si estuviera debajo de una piscina y olvidara el tiempo, y solo me venían luces y sonidos, la barra del bar inclinándose, los giros de la bola de discoteca del techo y flipadas así. ¿Y sabes qué? Vi sentado en la barra a Javier, que me miraba el cabrón sin acercarse ni decirme nada… No recuerdo muy bien qué pasó. Sólo sé que un tipo al que no conocía de nada se sentó a mi lado, y me empezó a hablar, y luego como a meterme mano, ¡así lo recuerdo, tío!, no sé si porque le gustaba o porque me quería quitar la cartera, ni idea. Yo estaba demasiado borracho como para pararlo, pero le dije que se estuviera quieto, y de pronto oigo un ruido y veo que Javier ha estrellado una botella en la cabeza del mariconazo aquel. Tirado en el suelo lo dejó, macho, encima de su propio charco de sangre. ¡Que se joda! Luego creo que me llevó a rastras hasta el ascensor, porque lo primero que empiezo a ver es la habitación de Javier, que tenía las puertas de la terraza abiertas y entraba una brisa estupenda, de las que resucitan. Me senté en el suelo enfrente de aquella terraza y abrí la boca para tragar el aire, que parecía que me ahogaba. Javier se sentó en una de las sillas de plástico de la terraza, de esas con forma de huevo, y se quedó ahí, mirándome, como esperándome que le diera las gracias o algo, el cabronazo. Pero yo no decía nada. Al final, él me habló. Tienes que tener más cuidado, Mateo, cualquier día de estos te follan y tú ni te enteras. Y nos echamos a reír los dos, sí, eso pasó, nos echamos a reír. Luego encendió un cigarrillo, me lo pasó, se encendió otro para él. Ya no aguanto más, le digo, estoy hasta los cojones de ti. Él me escucha y suelta una bocanada de humo. Pues es lo que hay, tronco, no hay otra. ¿Por qué cojones tienes que joder tu vida y la de los demás?, le digo. ¿Por qué no puedes joderte tú solo? Él me mira y se calla porque sabe que estoy diciendo la puta verdad. Es lo que hay, tío, me dice, es mi maldición. Otros nacen sin padre o les falta algún dedo. No sé qué es peor. Luego se queda callado, como si no quisiera contarme más. ¿Sabes una cosa? Fue Victoria la que me hizo darme cuenta. ¿De qué?, le pregunto. De todo. De que más me vale que me quede quieto porque jodo lo que toco. Pues sí, hay algo de eso, le digo. A mí también me jodiste y nunca me pediste perdón. Ya, me dice el tío, así, sin más, como si supiera desde hace mucho que se lo iba a soltar. Es lo que había, Mateo, no quedaba otra, era lo mejor para todos, ¿no? Y luego nos quedamos callados un buen rato fumando sin hablar, mirando hacia las luces de la ciudad, que era como un manchurrón negro, de petróleo o algo, que lo había cubierto todo. ¿Salimos por ahí?, le digo. No, déjalo, me contesta. Me aburre mucho. Tengo ahí en la maleta lo que necesito. No te ofrezco porque sé que no quieres. No, cabrón, le digo, yo quiero durar un poco más. Nos volvemos a quedar callados, y como estábamos en plan de contarlo todo, le pregunté, le pregunté lo que siempre había querido preguntarle. ¿Por qué cojones lo haces? ¿El qué?, me dice. Tienes un puto don y te estás destrozando, ¿no lo ves? ¿Por qué lo haces? ¿Por qué coño no te perdonas de una vez y te limpias y empiezas? ¿Y sabes qué me contesta Javier, sabes qué me respondió ese cabronazo? Es ese maldito don lo que me estaba destrozando, me dice. Eran esas putas palabras que me venían a la cabeza las que me estaban destrozando. Y me dice: por ellas dejé a Victoria, le dije que se fuera a la mierda, porque lo que yo hacía valía más que ella. No sé qué me creía… Y ya ves lo que le pasó. Por eso dejé de escribir, Mateo, para no hacerme más daño y para no hacer más daño. Para sobrevivir un poco más. Si hubiera seguido con esa mierda, hace ya mucho que no estaría aquí, porque esas putas palabras lo querían todo, me tenían comido la cabeza y ahora iban a por el cuerpo. Se queda callado y le suelto, ¿pero por qué sigues cantando entonces? Bueno, son las canciones de otro, de uno que murió hace mucho tiempo y que me persigue, pero ya no le dejo entrar… La gente que viene a los conciertos es al otro al que quiere; yo les doy igual, ¿entiendes? La verdad es que yo no entendía una mierda, pero le dije que sí con la cabeza. Luego nos quedamos callados un rato. Está haciendo frío, le digo, y creo que ya no estoy tan pedo. Me voy a la cama. Y antes de que cerrara la puerta, vi cómo se levantaba a por la maleta a buscar sus dulces.

[Para descargar el relato original, en su formato pdf, pincha aquí, en La frontera portatil]

 

Anuncios