La gran belleza-2La última película de Paolo Sorrentino, La gran belleza (2013), galardonada este año con el Óscar a la mejor película de habla no inglesa, es la historia de una belleza que solo deja ruinas y recuerdos, la de una ciudad, Roma,  símbolo caduco y esplendoroso pese a los siglos, y la historia de Jep Gambardella, que recién acaba de cumplir sesenta y cinco años, crítico de arte y ” rey de los mundanos”, como dice el protagonista, quien ve a los demás y a sí mismo como una decepción, un viaje imaginario sin recompensa. Y ambos, ciudad y escritor, dialogan y pasean desde la noche hasta el amanecer en busca de destellos de belleza, el único motivo que justifica la tramoya que se levanta a lo largo de los años.

Sin duda, La gran belleza es una película, ante todo, hermosa, cuidada en su puesta en escena y en su fotografía luminosa, en su montaje festivo y en su escenario único, verdadero protagonista del film. A veces parece que el narrador de La gran belleza, Jep Gambardella, marca su itinerario en función de la ciudad, según lo que ella le dicta; otras veces, es la ciudad misma la que resuena, con su propio discurso, frente a las reflexiones melancólicas de un yo preñado de nostalgia. El resultado total es fascinante. Quizá la única crítica  que se le podría hacer a la película de Sorrentino es su deuda excesiva con sus precursores, sobre todo dos:   Fellini y el fantasma autorial del propio Sorrentino, quien en la magnífica Il divo ya había tomado decisiones narrativas presentes en La gran belleza. Si ésta pretendía homenajear al pastiche y al remedo posmoderno, entonces está colmada de giros culturalistas y estetas, que borran toda huella de naturalidad.

Si cada país tiene un género cinematográfico predilecto, que le permite acuñar sus mejores relatos (en España es, sin duda, la comedia negra o la farsa), de Italia han nacido excelentes películas basadas en el diario vital, aquel que se basa en acompañar a los personajes en su recorrido, transformación o caída. Pienso en Fellini, pero también en Rosellini o Vittorio de Sicca (cineastas que, por otra parte, siempre han tomado como gran protagonista de sus películas a Roma), incluso en el Caro Diario de Nanni Moretti. La gran belleza de Sorrentino se suma a esta lista para añadir unos cuadros de delineante que oscilan entre la estética posmoderna de la desaparición  y la defensa clasicista  de la belleza, que, por fugitiva que sea, es la única que puede olfatear con entrega su protagonista.

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