“Partió a caballo mucho antes de que despuntara el día y cabalgó hasta que salió el sol y hasta que se volvió a poner.[…] Las puertas de los pastos estaban abiertas y la arena peinaba los caminos y al cabo de unos años ya era raro ver ganado de cualquier clase y él siguió cabalgando.” Ciudades de la llanura.

 

Ciudades de la llanuraCormac McCarthy solo domina una voz, un narrador, que tiene una prosa magnífica para las descripciones y los diálogos, y se vuelve pesadísimo con otras cuestiones. Por ejemplo, en Ciudades de la llanura todos los personajes suenan igual y parecen cortados por el mismo carácter adusto, seco y estoico. Si sus nombres se intercambiaran, difícilmente nos daríamos cuenta. En ocasiones es como estar escuchando una larga perorata acerca del mundo y su épica perdida, encarnada en estos últimos vaqueros, que malviven en ranchos y con trabajos mal pagados solo por no abandonar su forma de vida, a punto ya de extinguirse (la acción se sitúa en torno a la década de los cincuenta). Por esa razón, además, porque el narrador de McCarthy quiere contar  la rutina que los rodea, Ciudades de la llanura se vuelve, casi en sus tres cuartas partes, un retablo sobre caballos, vaqueros, comidas a deshoras, trabajo duro y llanuras vitales. Vamos, escasísimo drama y muchísimo tedio en la lectura, a no ser que seas un fanático de los caballos y de la vida en los ranchos… Y sin embargo, bastan las últimas setentas páginas del libro, el último cuarto, para salvarlo, para que Ciudades de la llanura se vuelva una llamarada sobre hombres que protagonizan sustantivos grandilocuentes nada modernos, como honor, amistad, dolor… Además, contiene un epílogo portentoso, de unas veinte páginas, donde McCarthy sobresale en lo que mejor sabe hacer: narrar el viaje de hombres hacia los límites del fin.

Ya lo decíamos al principio: la prosa de McCarthy tiene el toque del visionario, del narrador apegado a las imágenes y a la textura y a los olores de los cuadros que se van sucediendo en la imaginación. Por eso, pese a que Ciudades de la llanura es, básicamente, un libro moroso, prolijo en detalles sobre los trabajos y los días de vidas sentidas como ajenas, demasiado ajenas, su escritura no lo es, y permite que la línea de narración avance como un sortilegio, por pura fluidez, como quien se deja arrastrar por el virtuoso de un instrumento pese a que el género nos cargue o nos sature… Más que a una sensibilidad o una narración eficaz (me atrevería a decir que, en general, sus tramas son más bien torpes), leer a McCarthy es arrastrarse por un río de imágenes que forcejean con brío ante la palabra… Y cuando ese narrador con aliento es capaz de olfatear la historia que de verdad le pertenece, la única que puede contar ese narrador, la única en la que encaja, una en la que la narración funciona por acción y por instinto, entonces surge el mejor McCarthy, y ya lo único que podemos hacer es dejarnos llevar, que la corriente nos lleve.

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