Después de publicar mi crítica  El monstruo al final de sueño en  la Revista Perro Verde, llegan las apostillas, que amplían ideas e intuiciones que no cabían en el formato de la reseña.

1. La voz.

El inicio  de True Detective es de manual del género policiaco: el hallazgo del cadáver en la escena del crimen, detectives que registran minuciosamente las pistas, la extrañeza del asesinato. Pero pronto comienzan las rupturas, pues se entrecruzan dos narradores: el que cuenta cronológicamente desde el inicio de la investigación, en el año 1995, y el que acompaña a los protagonistas en el año 2012, diecisiete años después, sentados en sendos cuartos delante de unos policías que les interrogan sobre el caso, aún no sabemos por qué. He ahí el primer hallazgo: un discurso más clásico o lineal, objetivista, puramente cinematográfico, y otro más intrusivo, que comenta, juzga, se permite digresiones filosóficas y morales. Y así hasta el capítulo seis, si no me falla la memoria… Las ventajas de este hallazgo narrativo son claras: voces en off insertadas como parte de la lógica narrativa, no impostadas, que  actúan de contrapeso al discurso cinematográfico. Me pregunto cómo quedaría  suprimido este segundo narrador… Sin duda, ganaría en rapidez y en efectividad visual; perdería, en cambio, la extrañeza que produce saber, desde el primer capítulo, que todo se va a torcer… Horizontes de expectativas y lectores modelo, a la manera de Umberto Eco: ya se han terminado las historias facilonas de sorpresa final. Aquí la sorpresa está anunciada desde el principio y las piezas hay que montarlas despacio. También permite otra interpretación: el tiempo es un círculo plano, como se escucha en varias ocasiones a lo largo de la serie.

2. La obsesión.

La obsesión que persigue a Rust Cole por resolver el caso recuerda sobremanera al detective de La promesa, una novela de Friedrich Dürrenmatt,  en la que, en el día mismo de su jubilación, un policía promete a los padres de una niña asesinada atrapar al asesino. Sin embargo, el caso se complica, y el policía, pese a detener a un sospechoso, siempre está en la búsqueda obsesiva del verdadero asesino, una obsesión que se alarga durante años. Y es precisamente sobre esa novela, de la que hizo una más que aceptable adaptación Sean Penn en The Pledge (2001),en la que se basa el planteamiento de la serie de televisión The Killing, para la que Nic Pizzolatto, el guionista de True Detective, había escrito un par de capítulos. No hay nada malo en usar ideas ajenas; lo curioso es esa coincidencia tan cercana en el tiempo y en que, al final, el entramado de True Detective recuerda mucho a El juramento: el asesino es secundario (o invisible), y la obsesión lo llena todo.

3. Detectives filósofos.

Rust Cole reflexiona en voz alta sobre su visión del mundo, casi siempre oscura,  desprovista de autocompasión. No hay originalidad en los detectives filósofos en el género policiaco (¿Qué es Auguste Dupin, el detective de Poe, o Sherlock Holmes?), pero sí en el contexto cinematográfico. Nunca habíamos oído con mayor claridad en una serie televisiva las reflexiones negativas de un emulador de Cioran. La pregunta no es si compartimos o no la ideología del protagonista de la serie; la cuestión es su función narrativa, la lógica de esa cascada de manchas destructivas que parlotea Rust Cole. Pese a lo reiterativo de algunas ideas, el retrato de Cole está construido básicamente desde su hieratismo  y, sí,  sus monólogos nihilistas, que sirven de tejido conceptual al relato gótico que se está contando, como una especie de alimento malsano para los espectadores reflexivos. La filosofía de Cole es la del que no se permite las mentiras autocomplacientes y, por tanto, sabe que todo gira en torno a la muerte.

4. Los archivos.

True Detective viene a sumarse a una lista selecta de películas y series que han ahondado en el género policiaco, que no se han limitado a pergeñar una historia más de detectives y asesinos. Creo que la revisión estética profunda en la televisión de este género comienza con Twin Peaks (1990-1991), ideada por David Lynch, quien es el primero en destacar más el lado oscuro del relato detectivesco que  la razón y la lógica. Como ya hemos investigado en otro lugar, que aquí no vamos a repetir, el relato policiaco tiene su origen  en los relatos criminales publicados en los  periódicos y las revistas del siglo XIX. De ahí las deudas que siempre ha tenido el relato de la investigación con el terror y, en última instancia, con el género gótico del siglo XIX, un género eminentemente romántico y donde el paisaje es descubierto con pasión. Jardines, bosques, mansiones y ciudades que ya nunca más serán meros escenarios de papel y cartón, sino el centro mismo, el ambiente que ensombrece, recluye y da sentido a los personajes. Pues bien, eso es lo que hace Twin Peaks: reinvidicar el origen gótico del género detectivesco, pues al final la búsqueda de información, el rastreo de pistas, la aplicación de los métodos de la criminología conducen a más oscuridad, más confusión, menos certezas y más horror, que diría el Kurt de El corazón de las tinieblas. Algo parecido hace David Fincher en Seven (1995), con una atmósfera ominosa, opresiva, propia de Gotham City, y después en Zodiac (2007), una película prodigiosa que comparte con True Detective muchas claves narrativas, entre otras que el asesino apenas es entrevisto y el peso de la narración se sustenta en la búsqueda infructuosa del investigador.

True Detective se recrea en la búsqueda obsesiva de las pistas, las pruebas y los archivos, con un despliegue plástico impresionante, desde habitaciones con cajas repletas de carpetas y folios de casos hasta las paredes empapeladas con las pistas disponibles, mapas que contienen en sí la resolución del enigma. Pero al igual que pasaba en Zodiac, o incluso en Homeland (Carrie Mathison revisando hasta la extenuación todas las piezas del puzzle), la maraña de datos es sólo un analgésico contra las enfermedades de la mente, que se expanden como una metástasis imparable hacia los rincones más oscuros de un pasado que vuelve sin cesar.

5.   Carsona y el Rey Amarillo.

La poética del secreto anunciado funciona de manera minuciosa en True Detective. Como en muchos relatos, hay una serie de resortes  narrativos que despiertan el  interés y la imaginación del espectador (“¿No has oído hablar del Rey Amarillo?”) y crean, de alguna forma, una red de imágenes que nunca llegan a verse durante la serie. Sin duda, Carsona es mucho más que el escenario fabuloso y genial que aparece en el último capítulo de la serie; el Rey Amarillo tiene un poder de evocación prodigioso,  mayor que el encarnado por el psicópata retratado en la serie. Las historias sugeridas, sin desarrollo narrativo (incluido el pasado turbulento de Rust Cole) adquieren una fuerza inmensa porque el espectador las imagina con gran viveza. La espiral dibujada en la espalda de la víctima asesinada en el primer capítulo es una metáfora perfecta de lo que decimos: nunca resolvemos el enigma porque el enigma es el gran hallazgo. El símbolo como llamada del inconsciente, artilugios para despertar el estado imaginario del ello que reposa debajo del yo y el superyó. O como escribía Jung,arquetipos que nos remiten a una psique colectiva primigenia, presente en los sueños, mitos o religiones, y también en los relatos escritos desde una voz fantasmal, arrebatadora, hipnótica. La escritura del médium.

6. Diccionario del diablo.

En Historia del diablo (Fondo de Cultura Económica), Robert Muchembled cuenta que el diablo es una creación del cristianismo, al necesitar éste una figura que se opusiera a las virtudes morales del Crucificado. Para ello se utilizó la figura del dios pagano de Pan, quien se asociaba a la fertilidad, a la agricultura, al renacimiento… De esa forma, quienes profesaran creencias paganas eran vinculados al Mal, al pecado, condenados al Infierno y, por tanto, culpables… El diablo como una invención necesaria para la propagación y dominio del cristianismo (en la Biblia nunca hay descripciones físicas de Luzbel, y mucho menos con cuernos o cuerpo de carnero). Pues, después de todo, ¿cómo se puede reprimir si no está claro qué debe ser reprimido?

Ahora imaginemos a todos esos colonos que llegaron a Estados Unidos y, en particular, a los estados sureños como Luisiana, lugares que eran escenarios lúgubres, grotescos, a los ojos del puritanismo, cierto, pero también de la estética nacida del Romanticismo y de la que la modernidad es heredera. Y esos colonos, fervientes creyentes en su mayoría, pobladores de grandes espacios vacíos, habitantes solitarios en medio de la desolación, fundaron iglesias y comunidades en lugares sin historia, solo aquella que los mismos colonos arrastraban… True Detective, escrita por un autor de Luisiana, imagina un relato gótico contemporáneo sobre las raíces de un culto pagano que nació del propio cristianismo… La comunidad, como sucedía en  The village de Shymalan, necesita el abrazo del miedo.

[Este artículo está en construcción. Es posible que se añadan más notas]

Anuncios