El embrujo de ShangaiEsta es una estupenda novela fallida. De alguna forma, siempre he tenido  esa sensación al acabar una novela de Marsé: que la disfruto leyéndola, que admiro su técnica narrativa y su oficio, pero, cuando llevo la lectura a medias, comienzo a advertir  las trampas. Eso no significa que me detenga, ni mucho menos; lo que pasa es que pierdo cierto encantamiento, y me doy cuenta de que me he dejado engatusar, una vez más, por las armas de la seducción, que tan bien maneja Marsé, y cuando lo pienso más despacio, noto que la historia al final no me revela ningún secreto oscuro, no escarba todo lo que podría. Algo parecido me pasó con Últimas tardes con Teresa y con Un día volveré, de hecho.

Marsé vuelve una y otra vez a la misma historia, o se alimenta de los mismos escenarios y voces de una infancia recreada multitud de veces,  una en la que una posguerra durísima y terrible convive con los sueños adolescentes. Marsé conoce bien el pasado del que escribe, y acierta siempre en componer la medida de esa nostalgia. Como dice el narrador de El embrujo de Shanghai, “entonces yo aún no sabía que a pesar de crecer y por mucho que uno mire hacia el futuro, uno crece siempre hacia el pasado, en busca tal vez del primer deslumbramiento”. Se puede estar de acuerdo o no; lo que está claro es que la literatura de Marsé se levanta sobre esa idea: narradores que bucean en un pasado detrás de una decisión esquivada, un camino que tomaron tarde, una infancia robada. Y en esa saudade vital Marsé nada como pez en el agua, y escribe con un sentido poético y emotivo que pocos narradores contemporáneos tienen.

Y sin embargo… Sin embargo, no basta. La literatura pide más que oficio, técnica, habilidad, maestría. Hay grandes escritores que aún no han dado con una gran novela, y pésimos escritores, muy limitados en su bagaje estilístico, que han sido capaces de contar narraciones poderosas, que los superan a sí mismos, más sabias y más profundas que el miserable que las ha emborronado… Marsé tiene las herramientas y las dotes, pero, voluntariamente o no, se detiene en demasiadas ocasiones: vuelve  a la misma historia, la recrea de forma genial, la cuenta con una fuerza plástica impresionante, pero juega a la ensoñación superficial, al arrebato contenido…

En El embrujo de Shangai se encruzan dos historias: en una el narrador, un joven aprendiz de joyería, deambula por una Barcelona fantasmal acompañando al capitán Blay, un loco sexagenario que escupe verdades amparado en su demencia; por su parte, otro narrador cuenta la historia de Kim, quien viaja a Shanghai para matar a un hombre a quien no ha visto nunca, que diría Muñoz Molina plagiando el espíritu de Rulfo… Dos planteamientos narrativos fascinantes, juguetones, evocadores, ¿verdad? Pues bien, ninguna de las dos tramas es capaz de viajar hasta el fin de la noche, incapaces de tomar el rumbo hasta sus últimas consecuencias, y asistimos cariacontecidos a un capitán Blay que desaparece sin revelarnos ningún secreto terrible ni jugar ningún eslabón dramático esencial que explique tantas páginas y tanta descripción prolija de sus actos, y Kim sale de escena casi con tan pocas explicaciones, y de forma tan trucada como entró, casi a la manera de una caricatura chafa… No vale decir que Marsé juega a las omisiones y los silencios, no vale; Marsé no narra lo esencial, lo escamotea burdamente. Y claro que hay páginas magistrales, imágenes deslumbrantes y emociones vívidas provocadas por un narrador muy hábil. Pero lo que decíamos antes: no basta. Hay que arriegarse a perder, aunque salgan frases menos retocadas y pulidas.

En fin, que seguiré leyendo a Marsé pese a las trampas. Supongo que es adicción por el placer de ser engañado, que dijo el otro.