Crónica de una muerte anunciada

Aureliano Buendía. El protagonista más célebre de Cien años de Soledad, el nombre con el que se recuerda a un personaje que se confunde ya con el folclore de un lugar o de un imaginario. Aureliano Buendía es también quien aparece en uno de los primeros párrafos más famosos de la literatura, juicios críticos aparte, una suerte o una maldición que está reservada a unos pocos: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Boom. El  éxito de Gabriel García Márquez vino propiciado por el llamado boom de la literatura latinoamericana, que consistió, básicamente, en la publicación, difusión y lectura de los escritores latinoamericanos de su generación (Vargas Llosa, Donoso, Carlos Fuentes, Cabrera Infante), así como todos esos nombres que los precedían y sin los cuales no se podía entender su literatura: Borges, Rulfo, Sábato… Seix Barral hizo un trabajo estupendo, y luego vinieron los premios, los agentes editoriales, las traducciones,  los libros de bolsillo, las colecciones de quiosco…

Crónica. García Márquez era sobre todo un periodista, como  se cansó en proclamar cientos de veces, y su obra bebe sobre todo del periodismo, y en particular de sus dos géneros más  ambiciosos, la crónica y el reportaje. La crónica es, además, un formato en el que García Márquez se sentía especialmente cómodo porque su obra periodística y literaria es un trasunto de la definición canónica del género: contar los hechos a través de una opinión o visión personal. Eso es la literatura de García Márquez, eso es la obra más redonda del autor, Crónica de una muerte anunciada.

Dictadura. Numerosos libros de García Márquez tratan sobre el tema de la dictadura, de manera directa o indirecta. La dictadura es casi siempre el trasfondo político de sus narraciones; caudillos, dictadores, patriarcas o generales habitan y caminan las líneas principales de su narrativa.

Exilio. García Márquez vivió más de la mitad de su vida fuera de su Colombia natal. Destino escogido y voluntario, sobre todo a partir de la década de los ochenta, cuando ya la fama y el dinero le permitieron dedicarse plenamente a la literatura, García Márquez ha hablado poco de esta elección. Como muchos de los escritores de su generación, vivió lejos de su patria, en París, Barcelona o Ciudad de México.

Faulkner. No hay García Márquez sin Faulkner, escritor admirado y al que  dio las gracias  en su discurso en la recogida del premio Nobel. Faulkner es el perspectivismo de La hojarasca y el juego con la estructura de Crónica…, pero también la sensibilidad y el tono del narrador. El inicio de Cien años de Soledad recuerda a aquella habitación oscura desde la que habla el narrador de Absalón, Absalón.

Guión. La pasión frustada de García Márquez, el cine (que estudió en Roma durante unos años de juventud), solo pudo expresarse en algunos guiones que escribió, que recibieron escasa atención, y las clases de cine que impartió  en Ciudad de México y La Habana. Algo de la fuerza de las imágenes en movimiento pervive en su mejor literatura, y no puede ser casual que uno de sus hijos, Rodrigo García, se dedique al cine y haya firmado películas tan interesantes como Nueve vidas.

Hombres. Aquí no es sinónimo de  persona o individuo; los varones abundan en la obra de García Márquez. Hombres rudos y duros, que pelean por sus sueños o mueren por ellos, o someten a los demás; hombres bebedores y chulos, machos en el sentido peyorativo del término; hombres políticamente incorrectos, como en aquel título polémico de Memoria de mis putas tristes. Hombres, en fin, solos.

Industria. Si por algo se ha caracterizado la obra literaria de García Márquez es por tener una agente editorial ambiciosa y una industria editorial que le ha editado, reeditado y difundido como a nadie. Es, seguramente, el escritor en lengua española mejor editado, y alguno de sus libros se puede siempre encontrar en cualquier librería. La cosa es que, efectivamente, sus libros no solo se vendían, ¡también se leían!

Justicia. Uno de los temas rimbombantes de la obra de García Márquez,  al menos según las declaraciones del escritor, que siempre se jactó de estar comprometido con el comunismo militante y la justicia social. Mucho de esto hay en La mala hora y en La hojarasca como telón de fondo y en sus libros de caudillos, pero ciertamente, y a poco que se lea su obra, se ve que su literatura trasciende el panfleto ideológico para indagar en la condición humana, en los motivos subterráneos que mueven y conmueven a los hombres. Amor, muerte, venganza, resignación o miedo parecen términos mucho más útiles para describir la temática de su obra que la justicia.

Kafka. Otro escritor a menudo citado por el autor, y en particular La metamorfosis, el ejemplo que ponía siempre García Márquez para hablar de sus primeros recuerdos de vocación literaria. Hay, además, otra razón más profunda: la maquinaria perfecta del cuento La metamorfosis, tan bien engrasada, rutilante y explosiva, ha sido siempre su obsesión literaria: crear un artilugio que, como Pedro Páramo, desencadene misteriosamente todo un mundo. Y ese hecho mágico empieza siempre, y no puede ser de otra manera, con una frase: “Al despertarse Gregorio Samsa, después de un sueño intranquilo, se encontró convertido en un monstruoso insecto”. Hemos pasado al otro lado y el sueño sigue.

Latinoamérica. Territorio político y literario de su obra y de su vida. García Márquez captura el mito que recorre el continente americano, desde su cima hasta sus pies: que el mundo no está hecho, que lo real no existe, que estamos inventándolo todo el tiempo. Así que aunque García Márquez es un escritor universal (palabra con entradilla propia en este diccionario), es también un escritor profundamente latinoamericano.

Macondo. Referencia obligada en el diccionario, qué le vamos a hacer. Macondo es el territorio imaginario y fértil de la literatura de García Márquez, a la manera del Comala de Rulfo. Dos consecuencias  vinieron de esta decisión: el mundo local inspirado en su Aracataca natal se puede volver un espejo del mundo, lo local se parece en todas partes; y dos, Macondo se ha vuelto un eslógan mediático, una marca, una seña de identidad, para bien o para mal. Su lugar manchado en el mapa literario.

Narrador. El costado más interesante del García Márquez literario frente al periodístico.  Su obsesión con el tono y el punto de vista hasta dar con la elección de quien tiene que contar lo que cuenta ha dejado narraciones técnicamente impecables, nos aburran o no las historias que nos cuentan, nos parezca su literatura de un exotismo gratuito, como la tildó Cabrera Infante, ese genio. Y pese a ellos hay mucho que aprender de García Márquez: “El día en que lo iban a matar Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”.

Oral. Corrector incansable, reescribía hasta la extenuación cada página hasta dar con las mil palabras precisas del día, como ha contado en más de una ocasión. Y sin embargo, en un escritor tan literario, tan maniático de la frase perfecta y de la dicción fluida, hay una atención por lo coloquial sorprendente, un gusto por lo oral en sus dos vertientes: por lo que se dice y  por cómo se dice. Ese oído atento, carente en  Borges, por ejemplo, ha hecho que su literatura  esté tan viva y sorprenda con la palabra, siempre libre, siempre ufana.

Premios. Tuvo muchos, le cayeron muchos, muchos le conocieron por los premios, por suerte o desgracia. El Nobel fue uno de tantos, pero también el Rómulo Gallegos en el mejor momento, poco después de la publicación de Cien años de soledad, cuando más falta le hacía. Hace poco supe por la prensa que se negó a recibir el Cervantes y el Príncipe de Asturias. Ya los premios no le hacían falta.

Quijote. El nombre de un personaje emblemático de la literatura, el nombre de una novela con la que siempre se comparaba García Márquez (“hay que escribir intentando escribir algo mejor que El Quijote“), y el inicio de esa moda literaria de empezar con párrafos arrebatadores, que provoquen de alguna forma todo el libro. Una vez dijo García Márquez que uno podía tardar años con el primer párrafo y tres meses con el resto del libro. El Quijote estaba ahí para demostrarlo.

Realismo mágico. Otra etiqueta, otro tag facilón como Macondo o boom. El peor enemigo de un escritor es el cliché, y cuando sortea éstos, lo siguiente es evitar los clichés personales, las manías de estilo o temáticas. García Marquez lo intentó, porque su primera etapa (que culminan en la magistral El coronel no tiene quien le escriba), seca, atemperada, antiretórica, dio lugar a Cien años de soledad, y ahí vino el llamado realismo mágico, una categoría absurda para definir algo que no explica la calidad de su obra. Después, con Crónica de una muerte anunciada, García Márquez mandó al carajo la literatura que supuestamente él debía hacer, y poco realismo mágico encontramos.

Soledad. La parte de un título emblemático. También el único lugar del que viene la escritura.

Tiempo. No hay literatura que no gire en torno al tiempo. No puede ser de otra forma, no hay otro tema más que ese. En La hojarasca se conjugan varias voces para reflexionar sobre el pasado; en La mala hora, el tiempo se vuelve opresivo y aterrador; en El coronel no tiene quien le escriba, el tiempo es la espera, como en Zama de Benedetto; en Cien años de soledad, el tiempo es la reconstrucción polifónica, libre de ataduras temporales, de un pasado que vuelve una y otra vez; y en Crónica de una muerte anunciada hay lo que promete el título, la amplificación minuciosa de un hecho que está siempre a punto de culminar. No sorprende entonces que la última obra de García Márquez seas sus memorias.

Universal. Lo que se dice de la literatura de García Márquez sin ser un tópico. A García Márquez se lo lee.

Violencia. La violencia lo cubre todo, y en Latinoamérica más. Ahí aparece uno de sus temas predilectos (y universales) en toda su obra, como trasfondo ambiental, como motivación de algunos personajes, como origen de muchas huidas. La violencia que quiere ser combatida con tiempo de silencio.

Xóchitl. Pocas palabras que empicen por x en español, aunque en nahuatl, la lengua de los mexicas, abundan. La lengua, en definitiva, como sustrato de la identidad, de la que no se puede escapar.

Ya. Aquí y ahora, la esencia del periodismo, oficio del que se jactó de ejercer hasta el final García Márquez. Sin embargo, ¿qué otra cosa es la literatura sino la evocación de lo que no es ya, de lo que no es? García Márquez escribió una y otra vez del ya que se fue.

Zozobra. Palabra hermosa para terminar un diccionario. Al final de sus días, después de tantos premios y libros y artículos, vino la demencia senil, luego los ultimos estertores del cáncer, la muerte, los homenajes póstumos, los obituarios y las palabras, siempre las palabras. Más interesante es imaginarse al escritor en zozobra, soñando lo que no pudo escribir. Una escritura nacida del intento, como no puede ser de otra manera.

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