Benedetto

“Un madrugador trajo un avestruz”
Benedetto es muchas cosas, pero sobre todo es un estilo. Una voz. Una manera de mirar el mundo, que no se parece a casi ningún otro escritor y que ha dejado pocos o ningún seguidor. Eso lo hace aún más único. Frente a toda esa caterva de imitadores de Borges o de Cortázar, apenas abundan los copistas de Benedetto. Quizá porque no se deja imitar tan fácilmente; quizá porque su estilo es una forma de cortar el mundo. Sí, eso es: un corte, un tasajo, una desmembración de lo sensible en finas lonchas para que se puedan admirar por separado. Cubiertos por el  orden de las palabras, parapetados detrás de la coraza de la gramática racional y jerarquizada, hemos olvidado el asombro de la sensación, una a una, espaciada, separada por hiatos de silencio. Pues ese es precisamente el estilo de Benedetto: el corte certero y limpio para mostrar los sedimentos, tan pegados entre sí que ya desconocíamos su naturaleza. Por eso aparece abruptamente la frase, afilada, punzante, para que la prosa no se domestique por las convenciones del habla, que busca lo eficaz, lo comunicativo y lo económico. Benedetto es el caso opuesto: su prosa despierta la extrañeza, lo enrevesado, el fragmento suelto sin totalidad. “Un madrugador trajo un avestruz”. Así empieza uno de los fragmentos de Zama. Lo más convencional hubiera sido escribir: “Un soldado en la mañana apareció con un avestruz”. Nada quedaría ahí del asombro, desde luego, aunque nuestra mente convencional de alguna forma tiende a asimilar así lo real y, por tanto, la frase misma escrita por Benedetto. Al cabo de un rato descubrimos, sin embargo, que la grandeza del estilo de Benedetto radica no en enrevesar el discurso, sino en sustraernos la transparencia: que nada se diga o se mire o se dé por hecho. Decir es una manera de inventar la realidad y, por tanto, no debemos traducir a nuestro lenguaje torpe y aburrido, de gramática facilona, la voz que compone este mundo; debemos tararear con él.
“Me reduje a casa”.
“Dormí con exceso, hasta muy adentro de la mañana”.

No hay incorrecciones gramaticales aquí, no hay errores, no hay trampas del habla. Mana a borbotones, sin embargo,  una manera de percibir el tiempo y una resistencia a narrarlo de la manera convencional, que no dice nada, que no nos dice nada. “Me reduje a casa” es una expresión más certera y precisa y aguda que aquella de “Me encerré en casa”, la cual  esconde al fin y al cabo  el  sentido último de la expresión. Benedetto no trampea: busca lo recóndito, lo que profundamente se quiere decir y no se dice, una prosa que buscara confundir el objeto con el sujeto que la percibe. Una hermenéutica del asombro, una literatura del mundo detenido, que no avanza. Un ojo que disecciona y no se conforma.
“Otro indio trajo a las brasas su igtacú-guá, para caldear el agua.
Se acuclilló entre nosotros. No hablaba.
Preparó maté.
Pasó la calabaza al acaso, para quien quisiera servir antes que él. Dijo: “Fuerte”, que el mate era fuerte.”

El drama, finalmente, va por dentro: la prosa se tensa y avanza a golpes, a ritmo desacompasado, con llamaradas y fogonazos.

En ocasiones el estilo se mueve hacia la teatralidad, hacia una especie de descomposición de elementos y escenario hasta dejarlos escasos y desnudo, una tarima vacía con piezas mínimas, lo que recuerda un teatro de sombras, un juego de recortes sobre un fondo plano. De esa manera se perfilan los movimientos, las figuras y los objetos. De nuevo, la esencialidad. Se quita todo lo superfluo y se deja el centro para que muestre todo su fulgor, y que calle si no tiene nada más que decir. Recuerda en ocasiones a esa poética del silencio con la que algunos críticos nombraron a José Ángel Valente o Claudio Rodríguez, pues el proceso interno es similar: buscar la luz, lo que queda una vez borrado todo ruido confuso. De esa forma, la prosa se lima hasta volverse luminosa, escénica y plena:
“Los dieciséis se pronunciaron por mi muerte, a cara descubierta, mirándome a los ojos”.
En ese proceso de desmembración, juega un papel decisivo la sintaxis y el orden de las palabras. Se evita siempre el ritmo convencional; se rompe lo esperable. El fin no es otro que devolver a la frase su fuerza comunicativa, su sentido autónomo, la belleza de la prosa sin armazón, suelta, sin unidad mayor, que se deja admirar por sí misma, como ciertos versos sueltos que se nos quedan grabados sin saber por qué. No hace falta el conjunto para valorar el detalle:
“Despegué los párpados tan pausadamente como si elaborara el alba”
“Después del terreno llano, último límite de las cabalgatas menores que realizaba la gente de la ciudad, comenzaba el bosque, que orillamos”.

Curiosamente, la profesión que desempeñó durante muchos años Benedetto fue la de periodista, a la que dedicó muchas horas de su vida, y sin embargo su prosa literaria a nada se parece menos que a la periodística. Aquí se borran los clichés, las fórmulas estilísticas del redactor, el pensamiento marcado por las fuentes y los actores que son apenas nombres y cargos; en la literatura de Benedetto, proliferan los fragmentos, la falta de sentido total, los juegos narrativos que se completan despacio o jamás terminan de completarse, a la espera de un lector activo, juguetón y hambriento. El drama, finalmente, va por dentro: la prosa se tensa y avanza a golpes, a ritmo desacompasado, con llamaradas y fogonazos.

Benedetto no trampea: busca lo recóndito, lo que profundamente se quiere decir y no se dice

“Después de unas horas, despertó con una advertencia en el pecho. Encendió la vela. Miró a la puerta, por si había sido violada. No. Al techo, por aquello que podía ser araña. Oscuro y aparentemente sin cuerpos extraños. Al marido, por si había despertado con la luz”.
En su sentido más estricto, en el que le otorgó Omar Calabrese, Benedetto es un neobarroco. Porque Benedetto busca ante todo el detalle y la pieza sin importarle la totalidad, porque aspira a pulir la prosa hasta que no pueda decir más, porque es un neurótico de la lengua, como todos los grandes barrocos, y al final el verdadero protagonista de su obra es la palabra. Aunque pueda sorprender al principio, creo que Benedetto está más cerca de la literatura de Lezama Lima de lo que podría parecer. Es cierto que Lezama es un monstruo literario, devorado por la ambición desmedida de su obra; Benedetto es acaso el resultado errado o fracasado de la suya. El escritor abandonado, olvidado, muerto sin fama ni gloria en un Buenos Aires que lo recibió con tibieza a su regreso de España. Y sin embargo, ambos se embarcan, como muchos escritores latinoamericanos del siglo XX, en el propósito alocado de reinventar la lengua, que ésta les pertenezca, que la hagan suya en cada frase que escriben y pronuncian. Lezama escoge para ello el camino de la acumulación; Benedetto el de la depuración, el conceptualismo y la poda. Al final de ambos trayectos hay un mismo fin: la resistencia al habla convencional. La resistencia, que es una de las formas de la insumisión, desde luego, pero también un eco del pensamiento crepuscular del desastre.
Benedetto, al fin y al cabo, cuando escribía literatura, aspiraba a escribir y no a redactar. Nada más que eso.

“Lo amparaba como si me protegiera. Lo aferraba como si fuera mi salvoconducto. Era… como la promesa de un hijo, o igual que un amado despojo”.

 

Este contenido forma parte del Dossier Antonio Di Benedetto.
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