La literatura de Mario González Suárez siempre ha mostrado una querencia por lo oscuro, la noche, la descomposición de lo real y todo lo que, de alguna forma, cuestiona y transgrede las fronteras de la mirada convencional. Escritor arriesgado, que lleva dos décadas elaborando una obra sólida, contundente, no apta para timoratos ni tibios, Mario González Suárez entronca con una tradición de la literatura mexicana que desconfía de las herencias, ya sean éstas sociales, políticas, culturales o epistemológicas. Como sucedía en el Pedro Páramo de Juan Rulfo o Confabulario de Arreola, la realidad es demasiado rica y alucinatoria como para que nos conformemos con los archivos mentales del positivismo. De esa forma, Mario González Suárez se inserta en esa corriente literaria, de la que él mismo dio muestra en su antología Paisajes del limbo, en la que figuraban raros y excéntricos como Francisco Tario, Jesús Gardea, Salvador Elizondo o Efrén Hernández, y que destacaban por poseer un universo que “no se limita a México ni a su revolución ni complace al nacionalismo”, tal como escribe el propio Mario en el prólogo al libro. Un universo propio, que explora la alucinación en busca de un salto al vacío, una hendidura en el muro que nos permita vislumbrar el otro lado. Como escribe Mario en el prólogo a la edición de los Cuentos completos de Francisco Tario, y parafraseando a éste, “la palabra es el muro”, es al final el cercado que no nos deja ver ni sentir, pese a que, al mismo tiempo, sea la única herramienta que tenemos para orientarnos. De ahí que toda la literatura de Mario González Suárez sea una lucha constante con y contra la palabra, una alquimia del anverso y reverso del verbo con el fin de hacerlo carne, materia. Una alucinación para asestar un volapié.

La obra de Mario González Suárez muestra desde su primer libro, La materia del insomnio, las líneas de fuerza de un proyecto literario de largo aliento, que empuja hacia una dirección única, que siempre es el extrañamiento, la descomposición de las paredes del espacio heredado, los atisbos de un territorio peligroso y hostil que se esconde debajo del mundo dormido en que vivimos… Las herramientas para abordar ese viaje son siempre las mismas: la voz poderosísima de un narrador torrencial, desaforado, sabedor de que el estilo no es arbitrario ni casual, sino el único mecanismo para lograr hablar… No es casual, de hecho, que los últimos dos libros publicados por Mario González Suárez guarden numerosas analogías con los primeros, lo que demuestra el sentido de su proyecto. Su reciente libro de cuentos, Insomnios (editado por Aldus), recopila y amplia precisamente sus primeros cuentos de La materia del Insomnio, y su novísima novela corta Faustina comparte con la primera novela de Mario, De la infancia (1998), un narrador infantil que reconstruye el pasado  a través de la asociación y los saltos temporales. O como él mismo ha dicho en la entrevista publicada en El Varapalo, “De la infancia es la novela del padre y Faustina es la novela de la madre”. Exploración lúcida y alucinada, en definitiva, de lo que conforma nuestra intimidad, el aldabonazo de los silencios y secretos más íntimos.

En De la infancia, de hecho, aparece una constante en su obra: el narrador perdido en el tiempo y en el espacio, categorías éstas que no se dan de antemano ni se aceptan resignadamente… La memoria como antídoto contra la memoria, la indagación literaria como el rechazo a las trampas complacientes de la memoria… De esta forma, De la infancia se vuelve una suerte de inyección hipodérmica contra todo aquello que quisimos olvidar… Traer a la luz los rincones oscuros, traer al espacio literario lo que se resiste a ser iluminado: ése es el plan circular de esta novela, que plasma con maestría los flamazos emocionantes de una familia que se descompone… En varios sentidos.

Después de De la infancia, publica en 1999 un libro de cuentos redondo, ambicioso,  que consagra a su autor mediante las habilidades narrativas que despliega: El libro de las pasiones ( reeditado en 2013 en el Fondo de Cultura Económica). Aquí, como anuncia su título, se congregan personajes excéntricos, malditos, descastados y perdidos para plasmar las pasiones más abyectas y sagradas del ser humano, desde la voracidad sexual hasta la ensoñación del que imagina una vida menos segura, a la deriva. Cuentos como “El poeta”, “Días de asueto”, “Volapié”, “La enana” o “El juicio y las tinieblas” son piezas maestras, núcleos perfectamente orbitados para que la palabra literaria tome vuelo y muestre todo su poder. Al igual que la literatura de Lezama Lima (una de cuyas citas inaugura el volumen),  El libro de las pasiones es resultado de una alquimía de palabras, llevadas hasta el extremo y la extenuación del que sabe que, devoradoras, febriles, vivas coleteando, acaban produciendo fuego propio… Con este libro, además, Mario se revela como un gran escritor de cuentos, fama que le acompañará ya para siempre, aunque para ser justos y precisos, en la literatura de Mario esas categorías de novela corta o cuento largo se confunden, y como él mismo ha afirmado, “un relato dura lo que dura su aliento narrativo”. Que las piezas de menos páginas abunden en la literatura de Mario González Suárez no obedece, por tanto, a otro criterio más que el literario, lo que ha dejado un reguero de relatos prodigiosos, cortados con el patrón y la intensidad del que sabe que la palabra es el arma solitaria para la indagación, adonde quiera que ésta nos lleve, por oscuros que sean los derroteros…

Después de El libro de las pasiones, Mario edita la antología de cuentos Paisajes del limbo (2001), de la que ya hemos hablado, donde reivindica la línea más oscura y visionaria de la literatura mexicana. Se introduce así, de forma voluntaria y deliberada, en una tradición marginada, aislada, fuera de los circuitos de las narconovelas, la literatura policiaca o la novela realista de corte social. De hecho, si por algo se caracteriza la literatura de Mario González Suárez es por el desprecio por las modas editoriales, las categorías de género o las prebendas al lector. En esta línea no hay más que recordar su trabajo como editor para Conaculta, durante el cual editó  la espantosa, cruel y divertidísima novela de Osvaldo Lamborghini, Tadeys (2010, Conaculta), lo que da una señal del compromiso de Mario con la literatura transgresora, incómoda, que ensucia y hiede.

El el año 2002, Mario publica otra colección de cuentos, Marcianos Leninistas (Tusquets), con cuentos magistrales como “Autobiografía revelada” o “Lo que marque el taxímetro”, y al año siguiente Nostalgia de la luz (Tusquets), un libro en el que sigue explorando un universo personal riquísimo, que muestra, según avanzan los años y los títulos, un gusto por la profanación de lo tildado sagrado o intocable. De esa manera hay que vincular uno de sus libros más extraños, incomprendidos y rupturistas: La sombra del sol (Almadía, 2007),  que ante todo supone una continuación de la cosmogonía personal de Mario: de nuevo aparecen los personajes encerrados y enfrentados a sus propios miedos, que son siempre interiores; de nuevo, el narrador irrumpe para recordarnos que lo sobrenatural está agazapado; de nuevo, se toma un riesgo narrativo aún a costa de seguir una estela de escasos lectores…

Al año siguiente, 2008, Mario González Suárez vuelve con fuerza a la escena narrativa con dos obras maestras, dos libros excepcionales, que son dos puntales de su obra literaria escrita hasta la fecha.
El primero es la novela A wevo, padrino (Random House Mondadori), donde un hombre se ve envuelto en una trama de narcotraficantes y machotes de la que no puede escapar. Aparece por primera vez (que su última novela Faustina continúa) una voz con un gusto por la lengua coloquial mexicana, por el argot y sus variados registros , que levanta una narración veloz, ágil, que rastrea a la manera de un topo el mundo menos americanizado y más mexicano de un grupo de narcos.

La otra es el libro de cuentos Dulce la sal (2008), donde se llevan hasta sus últimas consecuencias, y de forma más lograda, a juicio de este crítico, las líneas de la poética narrativa que Mario había estado trabajando a lo largo de todos sus libros. Quizá lo que distingue Dulce la sal de sus anteriores volúmenes es que muestra un calidoscopio de voces, de técnicas narrativas y de personajes que, de alguna forma, acaban encajando en el volumen completo: no son cuentos sueltos, sino piezas de un engranaje mental, sensorial, visionario en un viaje del que el lector no sale indemne: en Dulce la sal se entra para gozar de una manera personal de acariciar, caminar y mirar el mundo. Curiosamente, es la primera vez que Mario González Suárez incorpora en un libro fotos propias, una faceta que ha ido creciendo con el paso de los años y que, como él mismo ha reconocido en varias ocasiones, le ha influido en su forma de escribir. Lo que menos importa es el cómo: la palabra y la foto, al fin y al cabo, son dos herramientas, dos tecnologías, como dice Mario, para intentar indagar en el origen de lo que existe sin ellas, sin nosotros, fuera de nosotros…

Después de casi seis años sin publicar material inédito, enfrascado en proyectos editoriales y en su labor de maestro y director en la Escuela Mexicana de Escritores (EME), Mario González Suárez publica en el 2013 la novela Faustina y otro libro de cuentos, Insomnios. Este último incorpora fotografías inéditas y remata, le da un último volapié, a los primeros cuentos de su primer libro, aquel llamado La materia del insomnio, el cual anunciaba desde su mismo título un viaje alucinatorio que empezaba para no cesar jamás.

 

Este contenido forma parte del Dossier Mario González Suarez.
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