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Raúl Cazorla y Francisco Carrillo

P: El año 2013 ha sido un año fértil para ti. Has reeditado El libro de las pasiones (antes en Tusquets editores y ahora en el Fondo de Cultura Económica); has editado con la editorial Aldus tu libro de cuentos Insomnios, en el que llevabas trabajando varias décadas, y también has publicado, en diciembre de 2013, la novela Faustina. ¿A qué crees que se ha debido?

R: ¡Por la cifra, colega, por la cifra! (risas) Coincidieron así las cosas. El libro de las pasiones estaba contratado desde hacía dos años, y en principio estaba planeada para salir a finales de 2012, pero no se publicó hasta mediados de 2013… Faustina, en cambio, es un libro que surgió de pronto, que escribí casi del tirón en la segunda mitad del 2012. E Insomnios, aunque recién se acaba de publicar, es un libro en el que llevaba trabajando muchos años… Desde finales de 2007, que publiqué Dulce la sal (editorial Pretextos) y A wevo, padrino (editorial Mondadori), no había publicado textos inéditos, y ahora,  seis años después, coinciden tres libros míos… Así que, ¡quién sabe cuándo vuelva yo a publicar!

P: ¿No te preocupa publicar cada tanto tiempo? ¿No sientes que si no publicas un libro cada dos años, desapareces…?

R: Pero eso es una exigencia del mercado editorial, no es una exigencia literaria.

P: Pero entonces ¿cómo te relacionas con la industria editorial? ¿Escribes en medios, colaboras con otras publicaciones?
R: Pagan muy mal… Y no tengo tiempo para esas cosas. Trabajo como director académico de la EME (Escuela Mexicana de Escritores) y eso me lleva mucho tiempo… En cualquier caso, los escritores están inmersos en un mundo en que, si no perteneces a una farándula, a una secta determinada, no existes. Y en las farándulas lo que menos importa es lo que realmente haces, sino la visibilidad, la actividad constante frente a esa vitrina… Creo que al final ponemos demasiada atención en cosas que no dependen de uno, que no están bajo nuestro control, y cuando lo haces, descuidas las que de verdad dependen de ti… ¿Y qué es lo que depende de mí? ¡Pues escribir! Y estar metido en una novela no puede ser sustituido por nada, no puedo encargárselo a nadie… Y para ello tengo que viajar, investigar, leer… Y eso que depende absolutamente de mí lo atiendo plenamente… Y una entrevista, verdaderamente, no cambia tu vida. La percepción que los demás tengan de ti no va a modificarse por una entrevista… Es más eficaz tener un lector que una entrevista…

P: ¿Tienes algún tipo de relación con tus lectores? ¿Te llegan cartas a casa o…?
R: ¡Regalos, me llegan regalos! (risas) No, en general, mi relación con los lectores se limita a la gente que conozco (alumnos de la escuela, profesores, amigos), algunos de los cuales han leído mis libros y me han hecho comentarios muy interesantes, muy enriquecedores.

P: Hablando ahora de Faustina, tu última novela, yo quería decir que en principio, en una primera lectura, el tema principal parece ser la infancia. Sin embargo, yo creo que aparece de forma radical el tema central de tu obra, que es la fragmentación de la realidad y la desconfianza ante los materiales con los que intentamos componerla… No sé si estarías de acuerdo en este análisis…
R: Yo creo que el tema de Faustina es relativamente la infancia; ¡el tema de Faustina es la madre! En un principio esta novela se titulaba Piedra… Porque la madre en esta novela es una piedra: es una coatlicue… El personaje de la madre en un país como México es un personaje pavorosamente pernicioso: es castrante, devoradora… Yo tengo muchos alumnos que tienen ese problema, hombres y mujeres, que están poseídos por la madre. Y entonces yo les canto aquello de Lezama Lima de “Deseoso es aquel que huye de su madre”. Así que hay que huir de la madre, la madre es el origen de todos los males, de todas las bajas pasiones… Y este personaje de la madre es central en Faustina… Es un personaje mitológico, atávico, poderosísimo en el imaginario colectivo nacional que a todo el mundo posee… La madre es un mito intocable en su cualidad demoníaca y divina, pero esa condición de superioridad que tiene (oscura o luminosa) destruye al hijo…

P: De ahí la analogía entre tu primera novela, De la infancia, y esta, Faustina: en ambas hablan narradores que indagan en su pasado en busca de un origen remotísimo, y por eso irrumpe la familia como  leitmotiv y como detonante del narrador…
R: Totalmente… ¡Nadie sale sano de su casa! La familia te marca una visión del mundo. Después de pensarlo, se me ocurre que De la infancia es la novela del padre y Faustina es la novela de la madre. ¡Las familias en México son una cosa pavorosa! La gran familia mexicana, este mito de la gran familia, no creo que sea muy encomiable… Y en nuestra tradición es una familia de padre ausente. Pero esta victimización constante que se hace, este lugar común de que la mujer es víctima única del machismo… Lo que no queremos ver es que muchas veces la mujer es cómplice absoluta del machismo… Todos esos cabroncitos que andan por ahí robando, pregúntales dónde está su papá, que no lo sabrán, pero todos viven con su mamá, que les solapa sus trapacerías. Es una relación muy perversa, donde la mamá, en su victimización, reúne todos los atributos de lo masculino para poder prescindir del padre… Curiosamente, todos estos hijos de la delincuencia son muy apegados a su madre y van a hacer lo mismo que hizo su papá: van a dejar preñada a la primera que se aparezca y se van a desaparecer.

P: Como se dice en tu novela, “El que la coge, se la queda” (risas).
R: Exacto. ¡Es una fuga al revés! Y en esta familia disfuncional, el papá está ausente, porque de alguna forma tiene que estar con su mamá… Y como está casado con su mamá, no puede estar casado con su esposa. Como me dijo una vez un amigo: “Mi vieja es mi esposa, porque mi mujer es mi mamá” (risas). Y aunque la familia disfuncional es una de las grandes obsesiones de nuestro imaginario, este tema se aborda con demasiados prejuicios como para poder discutirlo en condiciones, como si todo se hablara y se abordara desde lo que “debe ser”, y no desde la descripción de lo que de verdad es…

P:  ¿Y cómo surge esta novela? ¿De dónde procede?
R: Es una novela que escribí casi en un arrebato, en tres meses… Al principio fue apareciendo el personaje de la novela, Faustina, y empecé a seguirlo… Y en medio de esa búsqueda aparecen una serie de intereses míos sobre la historia de México, sobre el mundo mesoamericano prehispánico… Y al principio, yo no tenía muy clara la naturaleza sexual del narrador, yo no sabía si era hombre o era mujer…

P: Además, en ese caos aparente, hay una matemática interna, un orden.
R: Así es. El libro tiene una estructura racional en torno al número siete, porque se narran los siete días del 24 de diciembre al 31 de diciembre, al tiempo que se narra todo el pasado del narrador… ¿Por qué esos días? Porque para mí los días más pavorosos de las familias son precisamente esos días. Todas esas familias que están todo el año mentándose la madre, pero quieren darse un abrazo en la navidad… ¡Odio esos días! Son días muy tristes, de demasiado rencor, amargura…

P: Yo creo que además Faustina se conecta con una idea central en tu obra, que es la creación del mundo, entendido éste no como la naturaleza o la tierra, sino la percepción de lo que nos toca vivir… Y está claro que en esa creación juega un papel fundamental la voz, la palabra que nos tocado… Por eso no parece casual que las tres novelas que has escrito hasta la fecha (De la infancia, A wevo, padrino y ahora Faustina) parten de un monólogo… Un torrente verbal que desencadena el mundo.
R: Así es. Todo el secreto de la narrativa reside en el narrador. Porque el secreto del mundo también se esconde en el narrador. Y esto, lo que estamos viviendo ahora mismo, alguien necesariamente lo narra, y todo sucede de acuerdo a un lenguaje, a una estructura, a una gramática… En Faustina es una voz muy divertida, que siempre está buscando el placer: la comida, las relaciones sexuales… Y sabe buscarlo y encontrarlo en medio de ese mundo pavoroso en el que vive, de violencia y desamor…

P: En Faustina hay también claramente un narrador muy centrado en la ciudad, contextualizado en una ciudad muy concreta, que es Ciudad de México…
R: Esta es la primera vez que Ciudad de México aparece de una forma tan clara… Y sí, en Faustina está muy presente  esta ciudad, y sobre todo  México-Tenochtitlán…

P: Pero de un tiempo a esta parte en tu obra, sobre todo a partir de A wevo, padrino, hay una preocupación mayor por contextualizar tus relatos, que en tus primeros libros no existía, más preocupado por borrar los signos de pertenencia a un lugar específico… Además, hay una preocupación en A wevo, padrino por la lengua mexicana, por la riqueza de la lengua hablada, que continúa de forma muy clara en Faustina…. Una lengua que se sienta como propia, y no como una imposición ¡de los españoles! (risas)
R: La literatura siempre es una exploración del lenguaje, siempre. A mí me da igual que no se entienda fuera del libro, me da igual que no se entienda en Madrid o en Buenos Aires… El esfuerzo que tiene que hacer un lector es ingresar en ese espacio de la lengua que plantea una obra, y no el que quiera la industria editorial. La lengua literaria siempre es una conquista personal. En cuanto a esa idea de borrar los rastros, de borrar todo gentilicio, tiene que ver con mi rechazo al nacionalismo y a la novela de la revolución mexicana, que tanto daño sigue haciendo… Porque la novela de la revolución sigue estando ahí como la piedra fundadora de la realidad nacional… Y, claro , hay mucho listo que ha visto que el poder político encuentra una gran complacencia en este tipo de novela, porque es la versión oficial de la realidad nacional, pese a que es una realidad muy rudimentaria, sin demasiado misterio. Y esa versión contradice, punto a punto, a la complejidad de la versión anterior a la conquista, la versión mesoamericana. Creo que la realidad mexicana es demasiado rica y compleja, con muchos estratos, como para quedarnos con esta versión positivista, más que revolucionaria, de nuestra realidad… Y yo me siento inserto en una tradición literaria que no tiene que ver con esa lectura oficial y oficiosa de la revolución. En la antología que edité, Paisajes del limbo (editorial Tusquets), hay una tradición subterránea muy poderosa, que siempre ha estado en nuestra literatura, y sin embargo, está medio oculta… Y  no vas a poner como libro de texto Los cuentos de la noche [de Francisco Tario] como una novela de Mariano Azuela, porque el primero resulta demasiado subversivo para la pacatería nacional… José Revueltas lo explica muy bien cuando dice que la revolución mexicana no es una revolución socialista y que está tácitamente traicionada en el muralismo mexicano, donde se ven todas estas masas obreras y campesinos, que no ganaron la revolución, pero que aparecen como imagen o representación de los beneficiarios, cuando la revolución únicamente benefició a los que siguen teniendo el poder, a los que Revueltas llama “la familia revolucionaria”, que es básicamente una caterva de delincuentes que están ahí apoyando a la burguesía nacional… Pero no queremos ver ni hablar de esto, porque la revolución mexicana es el gran mito, el mito fundacional del México moderno, y nos gusta pensar que la revolución mexicana fue un acontecimiento equiparable a la Revolución de Octubre o a la revolución francesa, pero de ninguna manera… Porque, aparentemente, el gobierno posrevolucionario surge con la revolución como bandera, sin derechas ni izquierdas, y de esa manera, oficialmente, en México no hay clases sociales ni razas… En México no se sabe de qué color somos, ¡pero parejo! (risas)

P: Volviendo a la literatura, se me ocurre que se puede hacer una traslación de esta ruptura de las convenciones y del discurso oficial a tus proyectos literarios, que siempre buscan una trasgresión de las normas de la realidad, tanto en un plano temático como estilístico, con una prosa muy rica y muy trabajada, lejos de la legión de mecanógrafos que tanto abundan… Por tus temas, sin embargo, se te encasilla dentro de los escritores de “fantástico”. No sé si te sientes cómodo con esa etiqueta…
R: Me da igual. Todo lo que he venido haciendo con mi obra es una indagación acerca de la realidad, dónde se origina… Y esa indagación necesariamente tiene que verbalizarse y luchar con su formulación estilística… Luego el estilo no es casual. Aquello que vas a averiguar solo puede descubrirse mediante un estilo. Por eso el momento de la ejecución de un texto es crucial, es la hora de la alquimia… A mí los escritores que me interesan son aquellos que han sabido y crear y descubrir un universo personal, que no obedece ni a los intereses del mercado ni a los de la política nacional… Que un autor esté en el candelabro, esté de moda o no, me parece secundario… Una obra es algo que se hace a lo largo de muchos años: no la hace un libro ni la hacen las etiquetas de los medios. Y también tiene que ver con el destino: he conocido a gente a ha perdido la vida en pos de la fama. Creo, sin embargo, que la fama no es deseable, no lleva a nada bueno… Y además es una cosa que no eliges porque la fama depende del destino, y no está en tus manos…

P:  Quería hablar de tu faceta de fotógrafo, que ha ido adquiriendo importancia y presencia con el tiempo. En Dulce la sal, las fotos se complementaban con los relatos, y lo mismo sucede ahora con Insomnios, tu último libro. Y de hecho, esas fotos tienen la misma óptica que tu literatura: un extrañamiento ante el mundo. Siento, además, que tu literatura es muy visual, muy fotográfica…
R: La fotografía fue una vocación que tardé muchos años en atender. Porque para mí era mucho más barato ser escritor, sin duda… Y sí, uno de los grandes prejuicios en torno a la literatura es que la literatura se hace con palabras. Y no es así: la literatura se hace con palabras solo en apariencia… Como decía Lezama Lima, el origen de todas las cosas es la imagen. Y un gran escritor tiene que ser un vidente, un gran médium para trasladar al mundo de la palabra lo que ya existe sin la palabra, que es la imagen… La palabra es una tecnología que existe para poner en el plano humano algo que existe sin ella…

P: Creo que tu último proyecto es sobre el mundo prehispánico. No sé si nos puedes adelantar alguna idea…
R: Sí. ¡Todos comen carne humana! (risas)

P: Se me ocurre que se puede hacer una analogía con el pasado prehispánico y lo que comentabas acerca de la gran traición del muralismo… El pasado prehispánico ha quedado reducido a símbolo, a  imagen, a mito, pero, al igual que lo que cuentas con el muralismo, ¿qué hemos asimilado de verdad, y no simbólicamente, de ese pasado?
R: Yo creo que el mundo prehispánico era horroroso, pavoroso, del que nadie quiere tener noticia… Hay una idea muy cándida, muy romántica, de que el pasado indígena era esplendoroso, sin luchas sociales y donde todos eran vegetarianos… Como si fueran hipsters que solo de alimentaban de chucherías orgánicas. Pero asomarse al pasado prehispánico es aterrador: es un mundo violentísimo, terrible, y a la vez fascinante, porque hay una idea del mundo muy compleja, única, y que ha carecido, por desgracia, de la difusión que merece… O a lo mejor no la merece, porque si indagamos en ese pasado indígena a lo mejor no queremos saber en qué consistía de verdad la naturaleza de esa sociedad y la idea de humanidad, que no coincide para nada con la idea occidental de humanidad… En el pasado prehispánico, el hombre tiene un estátus radicalmente opuesto, esto es, ¡el hombre se come! ¡Sirve de alimento!  Y los dioses son cruentos, pavorosos, lo que origina un universo psíquicamente asfixiante… Debió de ser asfixiante vivir en ese mundo…

 

Este contenido forma parte del Dossier Mario González Suarez.
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