Yonqui

[Con motivo del centenario del nacimiento de William S. Burroughs, reseñamos uno de los títulos más emblemáticos del escritor norteamericano: Yonqui.]

El siglo XX es fértil en antihéroes, pero acaso ninguno encarna mejor el espíritu de su época como el yonqui. Éste no desea nada, o a la vez es puro deseo, llevado a tal extremo que solo puede consumarse en la autodestrucción. El yonqui es la pasión hecha carne, y el agujero llamado nevermore, que decía el poeta, es al final el propio cuerpo, principio y fin de todo, secreto y descubrimiento. “Colocarse es ver las cosas desde un ángulo especial. Es la liberación momentánea de las exigencias de carne temerosa, asustada, envejecida, picajosa”, dice el narrador de Yonqui.

La primera novela de Burroughs es eminentemente autobiográfica, el testimonio de un adicto a la heroina, quien empieza deambulando detrás de sus camellos y luego continúa con el retrato de sus amigos enganchados, los lugares de venta y las clínicas de desintoxicación. De fondo, un Estados Unidos borroso y desencantado, y al final de la novela, un Ciudad de México, adonde escapa Burroughts por una orden de detención, no menos sórdida.

La fuerza de la novela fluye por un narrador habilidoso y descarnado, por la galería de personajes y por la profunda lucidez de quien habla, que no engaña ni quiere ser engañado. De ahí acaso la fama de este libro: habla un toxicomano que no solicita redención ni culpa. Burroughs no es un gran prosista, ni tampoco le importa. Ésta no es una literatura de la extrañeza; aquí, como en Kerouac, como en la literatura beatnik, el fin es contar algo salido de las entrañas, desprovisto de retoricismos y falsedades. La novela de Burroughs lo consigue: es tan valiente, decidida y  limpia de autocompasión que Yonqui solo puede tildarse de clásico del diario de viaje. Interior y exterior.

Pese a su fecha de publicación, 1953, la fama de este libro y de Burroughs no ha dejado de crecer con el tiempo, y aunque muchos de sus lectores vienen atraídos por su aura de malditismo y de gurú de la distopia, es cierto que su obra sigue siendo una referencia en la cultura del malestar, con ecos en el rock, la literatura, el cine o la fotografía. . Sin embargo, como el otro gran paranoico de la literatura norteamericana, Philip K. Dick, Burroughs ha caído devorado por su propio personaje, presa de una constelación de citas, víctima de las desgracias de su propia vida (como el homicidio involuntario de su primera esposa), que de algún modo ocultan su obra. A Burroughs se lo cita de oídas, por segundas voces.

Quizá lo mejor que podríamos hacer por Burroughs es leerlo, lejos de prejuicios y dogmatismos, ajenos al culto en torno a su figura, y sacar nuestras propias conclusiones, que apuntan quizá a que muchas de sus novelas son bien aburridas (no es el caso de Yonqui, desde luego) . Pero eso solo lo decide el lector a solas, y a Burroughs le hubieran importado un comino sus juicios, porque si hay algo de su literatura profundamente moderno es que el lector (tú, hipócrita, mi semejante, mi hermano) es un ser despreciable por el que no hay que preocuparse lo más mínimo.