Hipnos parece un relato psicologista y con elementos del género policiaco, según reza la misma contracubierta del libro. Sin embargo, en una lectura más distanciada del supuesto ajuste de los parámetros genéricos que toda novela comercial debe cumplir, Hipnos se presenta como un cuento largo, de tono casi trágico:  personajes engarzados en una trama que no pueden dominar ni de la cual salir —llegan ecos de una posible salida del manicomio, que al final resulta infructuosa; llegan ecos de un pasado alejado, tanto en el tiempo como en el espacio, que cataliza a los personajes—; una estructura que se desdobla en sí misma, tanto en una voz superpuesta, dirigidora de sentimientos y percepciones, sobre las acciones y reacciones de la protagonista, como en un relato que deja entrelucir su narración subyacente, inconsciente, casi como de “yo” freudiano que impone conductas y pautas de percepción y elimina traumas desaforados, yo estructural que se deja coger en algún instante o interludio de la narración, como si el cuento quisiera no velar el carácter de ficción impuesta, sometedora, trágica que rige el texto, y que finalmente se muestra en el deludio… Juegos de poder, de percepción y de narración se imbrican en Hipnos con el fin, acaso, de romper cualquier unidad de los conceptos anteriores, pero también para construir una narración que sigue, si hacemos caso de la división de Marcel Schowb, más los postulados de la Simetría que los del Realismo, más el juego de la ficción que los imperativos de una realidad demasiado gris o miserable o prosaica como para introducirla dentro del espacio de la literatura. Llegan ecos de tragedia…

Escribe Chandler en su famoso tratado sobre novela negra que ésta existe por y para la existencia de momentos culminantes de acción, que la novela negra busca crear puntos de acción que atraigan al lector. No es el caso de Hipnos. Muchas de las escenas  se limitan aquí a exacerbar el carácter oscuro, disímil de los personajes y evitan, por tanto, situaciones innecesarias de dramatismo—las muertes o su correspondiente investigación suceden fuera de la narración—; la única  gran escena de acción sucede al final del libro, como una  suerte de ruptura y conclusión de las vertientes distintas de la narración, aunque, eso sí, casi parece un ajuste de cuentas entre visiones distintas de los acontecimientos y de sus causas y efectos, igual que aquel detective analítico, en este caso depurado de complejos, de La muerte y la brújula, de Borges, quien ha de someterse al castigo por saber demasiado, por prever el siguiente asesinato.

Novela psicologista es, sin duda, si atendemos a criterios como la deformación perceptiva del personaje, la invasión o confusión de lo onírico sobre los acontecimientos—sumado a las drogas que enturbian aún más  la percepción de la protagonista—, el choque de los personajes contra su pasado, los traumas sugeridos, la voz que reflexiona y condena y otros obvios tales como el escenario y sus figurantes, el tema o macguffin sobre el que se plantea la trama… No obstante,  todos estos elementos conducen al final hacia un cierre de soluciones, no hay salida más allá de aquella voz que dirige la narración, no hay vida fuera del hospital psiquiátrico, no hay catarsis anímica de la protagonista sino nublazón mental, ello o delirio… De nuevo, Hipnos se me aproxima más a la tragedia que a la obra abierta de personajes que se mueven con aparente voluntad propia, dispuestos a cambiar y mudarse a donde haga falta…

¿Por qué la teatralidad o unidad de espacio del texto? ¿Por qué la realidad externa desaparece del relato, por qué no hay indicios siquiera de ubicación temporal? ¿Hay, tal vez, una intención de encerrar a los personajes con el fin de subrayar los motivos primarios del relato, ajeno a descripciones que confundan o despisten al lector? ¿Se pretende, en cambio, construir un espacio al modo clásico, una unidad donde pueda tener lugar con mayor contundencia el pathos de los personajes, y de estos al lector?

“Por desgracia, la Bella Durmiente no siempre se alza tras el beso. Y está fría como un demonio. Quién lo diría”. Relato subvertido, volteado, donde mostrar lo oculto de las palabras contadas para antes de dormir, como aquella carta sobre la inocencia infantil de Lewis Carroll…

 

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