Después de Batman begins (2005), en la que Nolan había tocado el mito para devolverle su goticismo, el envés siniestro de un superhéroe atormentado, y The Dark  Knight (2008), con un Joker en estado de gracia, tan genial que se erigía en protagonista absoluto, parecía difícil que The Dark Knight Rises (2012) aportara sangre fresca o algún giro de tuerca. Una aventura más de maquinaria industrial del cine, decían las expectativas. No es el caso: creo que la última entrega de Batman es una gran película, un relato épico impecable  en sus propósitos y sus intenciones,  un chute de acción contaminada de muérdago.Si Christopher Nolan es un cineasta interesante no lo es porque sea un gran profesional y conozca los mecanismos de la industria, que también; lo es porque hace películas con un tono mítico envolvente, con espíritu de gran relato, de esos que dicen que entraron en crisis tras la posmodernidad. Nolan lo descree, y solo hace falta ver sus últimas películas (la última de Batman es de algún modo un remedo de Origen, su anterior filme): hay una búsqueda desesperada, épica, por restañar una herida social, por luchar contra un cáncer que no amaina, llámalo anomia o fin de la historia.

Pues, al fin y al cabo, ideológicamente, The Dark Knight Rises toca muchos temas fundamentales de nuestro “espírutu de la época”, algunos de ellos execrables, seguro que sí, pero no tiene miedo de hacerlo; es pretenciosa en sus cotas discursivas, cierto, aunque de un modo catártico, como si hablara sobre un animal social que ha perdido su rastro de vuelta al escondrijo.

Esta es  una película sobre la desesperanza y la necesidad de borrarla. ¿Acaso es otra la esencia de la épica? El superhéroe es una figura rudimentaria y algo fascistoide en todas sus variaciones, sin duda, pero no creo que haya otro símbolo, otro arquetipo mejor que represente la lucha contra el mal. Nolan podría haber hecho solo una película de acción y le ha salido un manual de psicología y alquimia, a la manera del gran Jung.

Pues el otro gran tema de The Dark Knight Rises es la reflexión sobre el mal y sus propagadores. No es Bane, ese villano con máscara y sin boca, el único malvado que destruye Gotham; a la par están los especuladores financieros que lo apoyan para obtener ganancias o poder, porque todo vale en ese juego feroz. De algún modo, el terrorismo, como había anunciado Baudrillard, se ha convertido en el gran miedo y obsesión de nuestras sociedades, pues no es otro el rostro que logra implosionarlo por dentro, para sacar toda su fragilidad y su naturaleza inhumana. “Estructuras que se vuelven grilletes” dice un personaje de la película, como si parafraseara a Deleuze. Pues eso: es el cuerpo social el que se ha puesto enfermo, y hace falta una película espectacular sobre monigotes que quieren destruir o salvar una ciudad para recordárnoslo.

Una última imagen: Bruce Wayne encerrado en una cárcel  con una abertura hacia el cielo y la claridad del día, la boca de un pozo que solo alcanzará si escala, aun a riesgo de caer y matarse. Es un símbolo facilón, dirán algunos. Puede ser: la cura no tiene por qué sernos desconocida.