51ba2dc5475f1_260x399Zama es la historia de una postergación, tal como reza su dedicatoria: “A las víctimas de la espera”. Un funcionario de la corona española pasa sus días y sus años en el Paraguay de finales del XVIII con la vana esperanza de una carta que nunca llega, el anuncio de un traslado a un Buenos Aires de lejanías, donde viven su mujer y sus hijos. Este hombre, Diego de Zama, lucha obstinadamente por no perder la esperanza, y en el proceso se llena de rabia, de deseos incumplidos y de fantasmas.

Es, como aquel coronel que no tenía quien le escribiera, un personaje perdido y olvidado, que se abandona cada vez más a su subjetividad aislada. La historia de una espera solitaria, que al final está, como dice el propio narrador, “no allá, sino en cada cual”. Fascinación de una voz que se encierra en sí misma, que nos habla desde su yo más profundo, misterioso, desleal, extraño para el mismo narrador. Si Zama no se fía de sus visiones del pensamiento, ¿cómo podemos hacerlo nosotros? No hay desdoblamiento, ni falsa compasión en este narrador: acaso desesperación y sobre todo hambre de escapatoria, no solo de un lugar y de un cargo; también de un nombre y de unas ataduras morales que, cuanto más se desentrañan, más oscuras y ajenas se vuelven.

Y no puede darse esa fascinación separada de una prosa envolvente, que atrapa como las raíces de una planta secreta, que mira con fulgor y asombro todo lo que le rodea, nada se da por consentido o aceptado. Impresionante la sintaxis rota de muchas frases, hipérbatos que obligan a leer y releer la frase hasta captar su sentido, que no se deja someter a la locución verborreica y convencional. Una escritura para tropezar, un socavón a las normas de la mirada. No es casual, de hecho, que las descripciones de paisajes, hombres y ánimos pasen por el escrutinio de Zama, como si no pudiera escapar de ella, por más que quisiera.

“El Sol estaba manso. Yo también” (p.160)

“Mi hijo. En cuatro patas, sucio hasta confundirse, en el crepúsculo, con la propia tierra. Un estilo de mimetismo. Por lo menos poseía esa defensa, característica de las bestias” (p.147).

“Con su pequeña ola y sus remolinos sin salida, iba y venía, con precisión, un mono muerto, todavía completo y no descompuesto. El agua, ante el bosque, fue siempre una invitación al viaje, que él no hizo hasta no ser mono, sino cadáver de mono. El agua quería llevárselo y lo llevaba, pero se le enredó entre los palos del muelle decrépito y ahí estaba él, por irse y no, y ahí estabamos (…). Por irnos y no”( p.9)

La estructura de Zama es tan precisa como turbadora. En tramos que parecen en ocasiones las impresiones de un diario introspectivo, y en otras los asaltos a la conciencia que no sabe callar ni mentir, se levantan tres capítulos, con las elipsis de varios años entre medias. De esa forma, cada uno se adentra mejor que el anterior en el hundimiento, en un imparable descenso a los infiernos, y al mismo tiempo se dejan leer por separado. Otro acierto que cada capítulo comience con una imagen mental tan poderosa que de algún modo sobrevuele sobre todo su desarrollo. Incapaz de salir de su mente, tampoco los lectores podemos elidir la percepción distorsionante que se nos ofrece. No debe sorprendernos el final del libro, por tanto, estremecedor y audaz, que nos obliga a revisar la narración entera, a leerla en una clave oculta no por el narrador, sino por nuestras acomodadas costumbres lectoras. Un libro para enseñarnos a leer de nuevo y por ello a sentir el asombro del que lo desconoce todo.

En Zama habla una voz que, como se dice en alguna página, quiere reconstruir el mundo.

Zama (1956), Antonio di Benedetto, 2009, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires. En España, editada por El Aleph.

 

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