El escritor Ray Bradbury murió el 6 de junio de 2012. Los homenajes, las reediciones y los artículos se sucederán estas semanas, y acaso sea una buena oportunidad para leer algunos de sus libros, tan hermosamente editados por Minotauro y Edhasa desde hace años.

La fama  le viene, curiosamente, por los títulos que publicó en los años 50: Crónicas marcianas, Farenheit 451, El hombre ilustrado, El país de octubre… Siguió toda su vida escribiendo y publicando colecciones de cuentos y novelas, pero creo que ninguno llegó a alcanzar la resonancia de sus primeros títulos. Hay un motivo: la literatura de Bradbury, sumamente lírica, convencional en sus planteamientos y en su estilo alambicado, es un epígono de los autores clásicos de la primera ciencia-ficción, como él mismo reconoció en varias ocasiones: Burroughs, los cuentos fantásticos de la pulp fiction, Robert E. Howard, los terrores primigenios de Poe y Lovecraft. Bradbury era, de algún modo, un autor del siglo XIX, un Dunsany cargado de imágenes poéticas y revelaciones, que desdeñaba la ciencia-ficción más hardboiled, como la de Philip K. Dick, Ballard o Gibson. Nada, absolutamente nada, tiene que ver Bradbury con estos autores: él entronca  con la literatura gótica del XIX y sus mejores continuadores, Stevenson o Doyle.

Bradbury tal vez sea recordado sobre todo como el autor de Fahrenheit 451. Aunque el tema sobre el que se levanta (la quema de libros) y la película de Truffaut le hayan conferido notoriedad, es una novela falta de aliento narrativo, de turbiedad y de estilo. Acaso porque  Bradbury sobresale en su territorio  natural, el cuento, Fahrenheit 451 adolece de los males de un relato estirado: imprecisión en los personajes, la emoción narrativa que se desdibuja con el paso de las páginas, la moraleja excesivamente obvia, machacona. La fábula deviene panfleto moralista y el relato pierde toda fuerza. A años luz, desde luego, de la gran novela de la distopía del siglo XX, 1984, y de su final aterrador.

De los libros suyos que he leído, recuerdo con admiración de niño Crónicas marcianas y El país de octubre,  dos grandes homenajes a la imaginación. El primero es acaso su cima narrativa, y al igual que sucede con El país de octubre, muchos relatos bien pueden catalogarse en el terror, la comedia o la fantasía. Bradbury usa la ciencia-ficción como una estrategia para dejar flotar la fantasía. No es un escritor político, a la manera de Ballard, ni le interesan particularmente las derivas de la tecnología. Su voz narrativa se alimenta ante todo del estado natural de lo imaginario, la infancia, como demostró en la hermosa novela El vino del estío.

Numerosas películas, cómics y series de televisión basados en sus cuentos le condujeron al éxito económico y a su conocimiento entre el gran público. Fue un genio bien comprendido.
Cuando hayamos olvidado esa categoría tan enfermiza y voluble llamada literatura, no recordaremos autores, ni escuelas literarias, ni prestigio de críticos; como mucho, un montón de relatos. Algunos de Bradbury aspiran a estar en esa memoria del entusiasmo infantil.

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