El alimento del narrador no son las palabras. Éstas buscan, tantean, obedecen a una pulsión por narrar en la que quedan en desventaja frente a unos hilos o  unas fuerzas que dirigen al narrador, le dicen por donde ir o por donde perderse. A veces estos hilos se vuelven un arrebato, y las palabras, una cuchara desgastada para intentar atrapar todo lo que el narrador está sintiendo o viendo y que, de algún modo, es incapaz de transmitir con el pobre, mísero lenguaje.“La palabra es el muro” escribía alguien en el fantástico prólogo de Mario González Suárez a los cuentos completos de Francisco Tario. Pues eso: que la narración no nace de un dominio del estilo. Es más, éste puede convertirse en un impedimento para lograr ir más allá de las palabras y saber qué nos esconden. Para ir hacia lo indecible o lo oculto detrás del lenguaje. “El don de lo imposible”, decía Valente refiriéndose a esa batalla falaz y perdida contra el silencio. Algo así.

Por esa razón, creo que es necesario enumerar algunas de las especias que despiertan las ganas de sopa. A veces enferman a su cocinero; otras, lo curan. En cualquier caso, es bueno saber qué suele echarle, para estar bien advertidos antes de probarla.

La imaginación: la madre de los ingredientes, la potencia plena, el sueño de los despiertos.  Usamos la imaginación para intentar descubrir algo que desconocemos, un hecho que intuimos.  Es lo que nos permite elucubrar, desmontar piezas, encajarlas arbitrariamente y ver el resultado. La imaginación es la utopía, pero también es la mente febril en mitad de la noche que no nos deja dormir, el miedo atroz ante una llamada telefónica a medianoche, el presentimiento del paisaje al final del trayecto. La imaginación no es una potencia exclusiva de la narración, vamos. Pero es que además la imaginación escasea entre muchos narradores, como si temieran que su sopa supiera demasiado a este chile fresco. O porque temen todo lo que puede despertar este sabor (¿adónde me llevará?), porque quieren añadir otros ingredientes (por las razones que sean),  o porque no saben, sencillamente, perderse en los caminos intrincados de lo imaginario. Por eso no existen dos sopas iguales: sus sabores y sus matices cambian. Aquellos narradores que se decantan por la imaginación, tienen hambre de sueños, de iluminaciones, de secretos impronunciables, de realidades más profundas e inasibles que las cotidianas. Suelen ser narradores que profundizan y exploran en el inconsciente (no encuentro ahora otra palabra más acertada) para sacar a la luz un malestar, individual o colectivo. Y para ello no valen medias tintas; hay que llegar hasta el final… Pienso, por ejemplo, en las narraciones de Kafka, en Mario Levrero, en las novelas de Philip K. Dick, en Solaris o Stalker, en la literatura gótica del siglo XIX, en Stevenson, en el terror más primigenio, en las narraciones orales que nos acompañan desde que nacimos…

La emoción: el otro ingrediente fundamental, el hermano arrogante de la imaginación, que a veces rivaliza con él como desencadenante o tapiz de muchas historias. Es la música que nos hace enmudecer, y nunca mejor dicho: detiene el flujo verbal. La emoción es, de hecho, mucho más que el asombro ante lo vivo. La emoción (otra vez Jung) aparece donde no entra el intelecto; es, por decirlo así, una reacción ante algo que no podemos dominar o razonar y que, incluso cuando lo hacemos, sigue estando. Al igual que pasaba con la imaginación, todos comprendemos que la emoción nos hace humanos, demasiado humanos, y es lo que permite que en la narración se produzca un reflejo, una ósmosis estética (en palabras de Duchamp) entre el narrador y el lector. La emoción es pasión, arrebato, catarsis; otras veces, sensiblería, melodrama, un tono que, de tan subido, nos deja indiferentes, como en la horrorosa película Detachment, con Adrien Brody como protagonista. Véanla para saber qué no hacer, cuándo un narrador la pifia  echando demasiada sal. Por otra parte, el narrador que siente no solo vive las emociones más universales (el amor, la violencia, el odio, la muerte), sino que transmite la emoción más sutil ante  hechos aparentemente anodinos. La emoción no como un tema, sino como una suerte de percepción.  Es el caso de la literatura de Truman Capote, El extranjero, Rulfo, Arreola, Shakespeare, Scott Fitzgerald, Mad Men, Cormac McCarthy, Céline, Lampedusa… Curiosamente, la emoción como ingrediente narrativo está en descrédito entre muchos intelectuales y académicos, quienes la consideran una veleidad menor, no suficientemente distinguida para su gusto. Acaso porque la emoción no se escribe con manos limpias, sino que viene del fango, las vísceras, la soledad y el dolor, esa palabra que repele al intelecto.

La experiencia: la propia y la ajena. Memoria de lo que hemos vivido en primera persona y de lo que hemos presenciado de cerca, que nos ha rozado y nos ha dejado huella. Es el ingrediente sin el cual muchos narradores no se atreven a empezar la sopa o, mejor dicho, la especia con la que lo empiezan. El narrador  se alimenta siempre de sus miedos infantiles, de los espectros familiares, del desencanto o de los hallazgos de sus años. No hay que perder de vista que la obra de arte debe superar lo sintomático y lo individual; de lo contrario, degenera en confesión o en terapia personal. Si lo logra, la experiencia puede ser una forma más de la imaginación.  Algunos creen que la imaginación y la experiencia están en conflicto. Creo que no es así. La experiencia da seguridad al autor, y de esa forma puede llegar a sentir mejor al narrador. Sin la experiencia, obras como Si esto es un hombre de Primo Levi no existirían. Pero, ¿entonces el autor no puede contar lo que no ha vivido? ¿No puede atreverse a escuchar experiencias solo imaginadas? Por supuesto que sí. Otra cosa es que muchos narradores se atrevan. Algunos, directamente, se vuelven fundamentalistas de la experiencia, y si no tienen este ingrediente, no tocan la sopa. Es el  desastre de tantas autobiografías que llenan los cajones de las editoriales, porque la confesión no garantiza la buena literatura, ya lo habíamos dicho. Pero también es el caso de Bruce Chatwin, Kerouac, Paul Bowles, Kapuscinsky, Michael Herr, The Wire, Conrad, Faulkner, Melville… Como ven, no estoy diciendo que no usen otros ingredientes (no hay ninguna sopa que tenga solo uno); digo que sus narradores se alimentan con voracidad de la experiencia, no siempre la vivida por el autor, faltaría más; también de las robadas.

El intelecto: el niño que se admira ante la forma de las ideas, ante las tramas de hierro que su mente ha heredado. El peso de la ideología. La tradición de lo que no sentimos ni vivimos y que, sin embargo, nos conduce y nos dirige, a menudo con farragosas explicaciones. El narrador que se preocupa del intelecto más que de ningún otro ingrediente cree manejar o dominar su relato y se obstina en el efecto estético, a partir del cual busca una narración que se ajuste. Opera de manera opuesta al dominado por el imaginario o la emoción: el autor pretende dominar sus intenciones y propósitos por encima de la voz del narrador, para que éste diga lo que él quiere que diga. De ese modo, aquellos narradores que se fían del intelecto más que de ninguna otra potencia, suelen venir del pensamiento o de una tradición impostada que juega a hacer literatura mirando solo la literatura, como esos narradores que anteponen el juego de los materiales y de la técnica por encima de cualquier otro ingrediente. Si se usa mal, este ingrediente deriva en una literatura esclava al servicio de las ideas (como una sopa avanzadísima y arriesgada en sus componentes, pero incomestible a la postre) o en una mera técnica artesana, como muchos bestsellers ramplones, pero también como mucha literatura supuestamente vanguardista. Si se hace bien, y el intelecto entra en equilibrio con otras potencias, nace un narrador que se sorprende y nos sorprende de su forma de narrar. Pienso en Borges, en Nabokov, en el Vargas Llosa de La Casa Verde o Conversación en la Catedral, en Joyce, en el a veces indescifrable Pynchon…

Al final, solo quedan narraciones, y en ocasiones es misterioso y extraño por qué algunas son escuchadas con gran atención y otras descuidadas, a veces olvidadas para siempre, unas pocas rescatas al cabo de los años cuando de pronto un lector iluminado descubre matices desconocidos. Así que, si esto sucede cuando llega la sopa, imagínense durante su preparación, tan poco precisa como una receta que dice  “una cucharada sopera”. Después de todo, el narrador prueba de su sopa mientras la va haciendo, pero, como dice el refranero, de la mano a la boca, se pierde la sopa…

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